II. Micción

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Cayó exhausta en el colchón cálido que había estado salvaguardando el ajetreo de dos cuerpos sudorosos que previamente se habían pegado con la finalidad de alcanzar la culminación más ferviente.

El pecho le latía a la vez que una sonrisa enorme se extendía por toda su cara, como cada vez que explotaban más de dos veces seguidas.

Olivia se estiró a su lado con un ronroneo y una mirada feroz al mismo tiempo que pícara, contagiándole esa índole serena y apasionada que siempre la había rodeado, desde el primer momento en que la vio.

-Cada vez me sorprendes más...— maulló contra su cuello al acercarse para mordisquear los labios de Natalia— Eres una diosa en la cama, Lacunza.

Esa declaración le arrancó una sonrisa, porque ella pensaba exactamente lo mismo sobre la morena de pelo largo que la acompañaba en su pulcro lecho. La había conocido hace casi el mismo tiempo que llevaban acostándose, conectaron en el segundo uno y poco tardó en explotar las chispas que la envolvieron.

Fue en su trabajo, en el de Natalia. Olivia tenía un 1% de batería en el teléfono y muy poca paciencia, así que acercarse a hablar con la guapísima camarera que atendía en la barra para pedirle un cargador le pareció tan buena opción como lo fue requerir su número de móvil y llamarla días más tarde.

Y ahí estaban, un año después.

La navarra consideraba a la catalana como una de sus más fieles confidentes, y es que no era para menos, porque lo mejor de su relación— a parte del sexo y la inexistencia de sentimientos que pudiesen generar problemas— eran las charlas post-polvo en la que se vaciaban y desinflaban de todo el peso que acarreaban a lo largo de la semana.

Era muy liberador, de las dos maneras.

-Tú no te quedas atrás, Liv— la apremió como le gustaba llamarla, y es que sólo ella lo hacía, por ello le agradaba tanto ese apodo cariñoso.

No estaba enamorada de Olivia ni de lejos, y nunca descartaba el hacerlo algún día, sólo que ese momento todavía no había parecido llegarle y su amante— aunque en parte era mucho más que eso— no era una candidata.

Siempre habían establecido unas normas:

1. En el momento en que alguna de las dos comenzara a sentir algo más allá de la atracción, debía decirlo.

Pero eso aún no había pasado y, spoiler: no pasaría.

2. A pesar de no tener algo más serio, tan sólo podrían acostarse única y exclusivamente entre ellas, nada de terceros.

Olivia era muy escrupulosa y no deseaba comerse las babas de nadie, además no sólo las de la boca.

3. En cuanto una de las dos quisiera terminar con ello, la otra no podría oponer resistencia y conservarían la amistad que tan buenamente habían creado.

Algo bastante maduro por parte de las dos, a pesar de que Natalia y Olivia sólo tenían veintiún y veintidós años respectivamente.

-¿Qué tal los exámenes?— se interesó la más mayor de las dos al mismo tiempo que se encendía un cigarro en mitad de una larga calada. La pregunta le hizo sonreír, lo atenta que era la otra le parecía de lo más bonito.

Se encogió de hombros sin borrar el gesto de su cara.

-Bien, no he suspendido nada— contestó la navarra con sumo alivio, y es que en sus tres años de carrera siempre había tenido que recuperar alguna en verano, pero esta vez sería la excepción y no podía sentirse más a gusto— ¿Y tú qué tal?

Olivia estudiaba tercero de derecho, a pesar de tener más edad que Natalia, a sus dieciocho años decidió tomarse un año sabático y por ello llevaba un curso retrasado.

Rapport // AlbaliaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora