Una semana es lo que tardaron en ocupar el pequeño chalet cercano a la playa de Malvarrosa que tenía el padre de Alba y que gustosamente les había cedido para mudarse juntas. Como lo único que debían hacer era empaquetar sus cosas en las cajas, el tiempo para hacerlo no fue demasiado largo.
Mil veces le repitió Natalia a su hermano que la llamara al menos dos veces al día para hacerle saber que todo estaba bien, a lo que el muchacho no pudo evitar rodar los ojos y llamarla pesada cada vez que se lo recordaba.
Por supuesto, no le había dicho a ninguno de los dos nada sobre el problema de Alba, simplemente se dedicó a resumirles el asunto: que la habían contratado para fingir ser la novia de alguien y por equis razones ahora tenía que mudarse.
Y ninguno de ellos había puesto ningún impedimento en cuanto les explicó que el dinero que ganaba en la cafetería empezaba a no ser suficiente para hacerle frente a los gastos de la casa.
Santi se había ofrecido a buscar un trabajo también, pero, como cada vez que se lo proponía a su hermana, esta se negó en rotundo, haciéndole sentir impotente aunque obligándolo a acatar sus órdenes.
-Coño, Albi, esto es enorme— fue lo primero que dijo por la impresión nada más entrar al chalet que el padre de la rubia les había cedido—. Dime que tenemos quien nos limpie esto— abrió los ojos en grande buscando la expresión gruñona de la otra.
Estaba acostumbrada a limpiar su piso, sí, pero es que era la mitad de pequeño que aquel lugar, el cual incluía piscina y jardín.
Por desgracia, la pequeña alzó las cejas con desdén en su dirección.
-Limpiamos nosotras, Nat— atajó de manera firme—. En mi casa siempre ha sido así, por muchos lujos que hayamos tenido y así seguirá siendo— ese último comentario la hizo suspirar y caer los hombros derrotada.
-¡Pero vamos a tardar cien años en limpiar todo esto!— se quejó abriendo los ojos en grande, adoptando esa mueca graciosa que siempre conseguía sacar unas risas a la valenciana, sin embargo, en esa situación no fue así.
Sabía que su expresión indignada y gruñona se debía a que, de nuevo, había vuelto a darle el gusto a su padre, al igual que también sabía que no se sentía bien con ello por lo que le había supuesto a ella: el dejar a sus hermanos viviendo solos.
Así que aprovechó para agarrar su mano y, de un tirón, acercarla hasta su torso para rodearla con sus brazos. Dejó un beso largo sobre la coronilla rubia de Alba en el que se impregnó del dulce olor a canela que toda ella desprendía.
Después subió las manos hasta su cara para acunarle las mejillas entre caricias tímidas con los pulgares de sus grandes manos.
-Eh, deja de darle vueltas, ¿vale?— susurró mirándola a los ojos y obligándola a que ella hiciera lo mismo.
La pequeña bufó antes de llevar sus propias manos hasta las de Natalia para apartarlas de su rostro, pero no contaba con la cabezonería de la morena, que volvió a llevarlas al mismo sitio afianzando esta vez el agarre.
-Alba, en serio, todo está bien ahora, ¿por qué estás con esa mala hostia?
-Porque sí.
-Alba...— su tono fue de advertencia.
-¡Porque estoy harta de que mi padre se salga con la suya!— acto seguido se cruzó de brazos, indignada— Y porque te he arrastrado a ti conmigo, por mi culpa has dejado viviendo solos a tus hermanos...— lo último lo dijo en voz baja, pero la más alta tenía el oído lo suficientemente agudo como para haberse enterado.
Con un suspiro volvió a rodearla con sus brazos.
-Por mí no te tienes que preocupar— le hizo ver apoyando la barbilla sobre la cabeza de la más baja y acariciándole la espalda con los pulgares—, Santi es mayor ya y no le va a venir mal esa nueva responsabilidad. Y en cuanto a lo de tu padre, míralo por el lado positivo, todo esto hará más creíble nuestra relación.
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Rapport // Albalia
Hayran KurguPROHIBIDA SU COPIA Y/O ADAPTACIÓN. «Rapport; en psicología, dícese de la relación existente entre paciente y terapeuta, generalmente, siendo necesario que sea positivo de cara a poder establecer una buena relación terapéutica.» Alba, tras una exper...
