XXIII. Vamos avanzando

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Desde que se había abierto a Natalia, se sentía extrañamente mejor, como más ligera y depurada, por describirlo de alguna manera.

Abrir aquel viejo diario, en donde hacía doce años había escrito con una letra tan maltrecha como lo que guardaba dentro, fue como volver a sus miedos de cuando sólo era una pequeña niña de diez años.

Supo que nada más abrirlo, el daño volvería. Sin embargo, esa vetusta libreta era como un imán del que no pudo escapar. Leer de nuevo con sus ojos todo el dolor y tristeza que salvaguardaban aquellas marchitadas páginas que algún día escribió con la mirada rebosante del más puro calvario había sido destructivo.

Pero sólo necesitó el calor de los brazos de la pelinegra para que todos esos demonios regresaran al interior de una caja de Pandora que había albergado de todo menos esperanza.

Porque la esperanza sólo podía brindársela ella.

Como justo en ese momento, cuando estaba casi delirando del malestar que recorría sus entrañas y ella cruzó la puerta de entrada con una sonrisa sólo para Alba. La misma que le contagió pero con una longitud mucho más pequeña.

-Hola, peque— la saludó todavía sin percatarse del estado de la mayor—. He traído algo que te va a gustar— le comunicó tras cerrar la puerta y dejar las llaves encima del plato.

Se acercó para enseñarle lo que traía, pero al verla con una mueca de dolor y tumbada a lo largo del sofá con la misma energía que poseería un saco de patatas cualquiera su sonrisa se borró de un plumazo, soltó la bolsa de cualquier manera y se arrodilló a su lado.

-Albi, ¿qué te pasi?— le  preguntó preocupada con las cejas fruncidas.

-Que me duele mucho la barriga— contó con voz lastimera.

-¿Sí? ¿Quieres que te haga sopita?— sonrió con dulzura en cuanto la vio sonreír— ¿Te has puesto con la regla?

La rubia tardó en responder debido a los calambrazos que estaba sufriendo en su bajo vientre.

-Sí— gimoteó con dolor—, siempre lo paso muy mal cuando estoy mala— confesó cerrando los ojos y dándose la vuelta con desesperación para quedar boca-abajo en un nuevo intento por hacer desaparecer esos dolores.

-¿No te has tomado algo?

La valenciana negó.

-Que va, ni siquiera tengo fuerzas para andar, estoy muy floja.

-Espera aquí— le comunicó la navarra antes de desaparecer por detrás del sofá.

Alba bufó en mitad de una sonrisa por las ocurrencias de su novia falsa, ¿a dónde se iba a ir con semejantes golpes de dolor, si ni siquiera era capaz de permanecer sentada?

No tardó más de un minuto en volver con un vaso de lo que podía ver era agua y una pastilla de un color azul celeste entre los dedos. Natalia, en cuanto llegó a su lado, la ayudó a incorporarse y le tendió el agua junto a la pastilla, la cual se tragó en poco tiempo.

Por suerte nunca había tenido problemas para tragar pastillas ni medicamentos, por lo que la medicina se deslizó grácilmente por su garganta.

-Es, literalmente, la mejor pastilla para combatir el dolor de regla— le explicó de camino a la cocina para dejar el vaso en el fregadero—. A mí me sirve, y antes de ella había ocasiones en las que llegaba a vomitar del dolor tan fuerte— hizo una mueca al sentarse junto a ella en el sofá, recordando sus cólicos horripilantes.

-Gracias— murmuró en un hilo de voz, sin ser capaz de articular más palabras hasta que no pasaron un rato envueltas en un agradable silencio—. ¿Qué has traído en la bolsa?— preguntó al cabo de unos minutos sin siquiera abrir los ojos.

Rapport // AlbaliaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora