El verano pasado fue el más emocionante y la vez el mas duro de mi vida. Pero nada comparado con lo que sería este invierno...
Ahora me doy cuenta de que igual, yo no era tan fuerte como creía.
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Abby💜
Los mechones de mi cabello caían sobre el lavabo del baño de mi habitación. Las lágrimas empapaban mi cara. Los labios me temblaban y es que, en realidad, no quería hacerlo, pero si no lo hacía, René lo seguiría haciendo, cada vez que tuviese ocasión tiraría de mi pelo. Lo tenía muy largo y a ella le facilitaba el trabajo.
Me miraba en el espejo y me odiaba, me odiaba por no tener fuerzas para defenderme. Por tenerle miedo. Por deshacerme de mi pelo, siempre me había gustado llevarlo largo porque mi padre lo adoraba y siempre le decía a mamá que no me lo cortase, le encantaba cepillarlo, entonces digamos que es algo que me recordaba a mi padre y ahora ya no estaba...
-¿A qué esperas? -preguntó Josephine moviendo la pierna derecha nerviosa.
El pelo crece Abby.
Me dije a mi misma, para que aquello no me resultase tan difícil de hacer. Cerré las tijeras y los mechones de mi cabello comenzaron a caer sobre mis pies. Después de hacerlo dejé caer las tijeras al suelo y con voz triste le dije:
-¿Te vale...?
-Sí, estoy conforme. Ahora recoge este desastre. Me vuelvo a la fiesta. Y prepárate porque esto no ha hecho más que empezar. Harás todo lo que yo te diga. Te dejaré descansar por esta noche.
Al pasar me golpeó con su hombro y cerró la puerta tras ella.
Despacio y con miedo fui hasta el baño para poder mirarme al espejo, mi reflejo se fue asomando y cuando me vi, mis ojos se cristalizaron. Me acaricié las puntas corticheadas y cerré los ojos para dejar escapar las lágrimas. Lo dejé justo por debajo de mis hombros, no fue igual que la última vez porque en aquel momento me lo corté dejándolo por debajo de las orejas. Lo más corto que pude para evitar que pudiesen tirar de él. De todas formas, esa malnacida me había dado donde más me dolía.
Volví a la habitación, recogí el pelo y lo metí en una bolsa. Cuando acabé me senté al filo de mi cama, me quedé mirando a la nada, estaba cansada de todo y de todos.
¿Por qué tenía que sufrir así? Yo no le había hecho daño a nadie. Sin embargo, no paraban de pasarme cosas horribles.
¿De verdad iba a aguantar que esa tía me chantajease? ¿Qué me controlase?
Las palabras que Aaron me dijo el día que me contó que sabía la verdad, se me vinieron a la cabeza:
-Nunca vuelvas a ocultarme nada. Nunca vuelvas a cargar con algo así tu sola. Tu y yo somos uno, y los dos afrontamos las cosas ¿Cómo?
-Siempre fuertes.
Aaron y yo habíamos pasado demasiado dolor como para dejar que una niñata nos controlase. Tenía que contárselo y juntos lo arreglaríamos.