Las personas de este mundo parecían no necesitar dormir realmente.
Antes de que el sol terminara de asomar, el campamento ya estaba en movimiento. Se oía el roce de piedras de afilar, el tintineo de hebillas y conversaciones bajas. El aire olía a rocío y a metal frío.
Ada nos despertó sin ninguna ceremonia. Sacudió mi hombro con más fuerza de la necesaria.
—Levántense. El sol no espera a nadie. Iris, ven conmigo al río. Alois, tú quédate aquí.
Iris se detuvo un segundo a mi lado antes de seguirla. Su voz salió baja, precisa y sin el menor rastro de broma:
—Si intentas espiarnos, haré que te salga humo por los oídos.
No esperó respuesta. Se fue tras Ada con paso tranquilo, como si la amenaza hubiera sido tan natural como desear buenos días.
Me quedé solo entre el heno y los ronquidos ajenos. El cuerpo todavía me pesaba por la noche anterior: los cortes de las hadas, la pérdida de maná, el quiebre en el bosque.
Me levanté despacio y empecé a caminar por el establo sin rumbo claro, solo para no quedarme quieto con los pensamientos.
Llegué al rincón donde habían dormido los dos rubios. La chica ya no estaba. Arthur seguía allí, profundamente dormido, con un brazo tapándole la cara. A un lado, sobre la paja, estaba el frasco.
El hada yacía recostada contra el vidrio, visiblemente débil. Al notarme, empezó a golpear con las manos pequeñas, cada vez con menos fuerza.
Recordé los cortes en la piel, la forma en que habían intentado arrastrarme, las voces dulces volviéndose amenazas. Aun así, verla así, encerrada y agotada, se sintió peor.
—Al diablo… —murmuré.
Abrí la tapa con cuidado, lo más silencioso que pude. El hada salió disparada tan rápido que apenas registré un destello. Sentí un leve cosquilleo en el centro del pecho, como si algo se hubiera hundido bajo la piel, y después nada.
—¿Saber?
La voz de Arthur me clavó en el sitio. Cerré el frasco de golpe y me giré demasiado rápido.
Él se estaba incorporando, todavía con restos de sueño en la cara, pero los ojos ya estaban despiertos. Me miró de arriba abajo.
—Oh… Arthuro, ¿cierto?
—Es Arthur —corrigió. Su tono no era abiertamente hostil, pero tampoco amable—. ¿Qué haces merodeando aquí?
—Nada. Solo… no podía dormir del todo.
Sus ojos bajaron hasta la Espada de Raíz que colgaba de mi cintura. Se quedaron ahí varios segundos. No era una mirada casual.
—Esa espada —dijo despacio—. Te la dieron las hadas anoche.
No era una pregunta. Era una confirmación.
—Sí.
—Cuídala. Es raro que un novato consiga algo así tan rápido. La mayoría termina con hierros mellados que otros ya descartaron.
Asentí, sin saber qué más decir. Arthur se pasó una mano por la cara, como si todavía estuviera acomodando pensamientos, y luego esbozó una sonrisa más ligera. Demasiado ligera después de la intensidad con la que había mirado el arma.
—Oye. Nosotros también estamos armando grupo. Llevamos poco tiempo en esta zona. Si buscas equipo, podemos hablarlo.
La invitación sonó casual. Casi generosa. Pero después de la forma en que había estudiado la espada, se sintió más a una decisión práctica que a un gesto amistoso.
—Nosotros… no somos exactamente buenos —respondí.
—No importa. Hablaré con mi hermana.
En ese momento regresaron Iris y Ada. El cabello de ambas estaba húmedo y olían a agua fría de río. Ada levantó una ceja al verme tan cerca de Arthur. Iris, en cambio, ni siquiera disimuló:
—Deja de mirar tanto. Es raro.
Me alejé antes de que la situación pudiera torcerse más y me dirigí al río.
El agua estaba helada. Me metí de todos modos.
Necesitaba que el frío me empujara fuera de la cabeza, aunque fuera solo unos minutos. Me sumergí hasta los hombros y dejé que el temblor me recorriera los brazos.
—Está fría…
La voz salió desde mi propio pecho. Me giré de golpe, salpicando. Una figura diminuta y luminosa flotaba frente a mí, sacudiéndose el agua imaginaria.
—Hola, humano. Me llamo Midna y—
La empujé con el dedo por reflejo.
—¿Qué demonios haces dentro de mí?
—¡Bruto! —se quejó, frotándose el lugar donde la había tocado—. Solo quería agradecerte que me sacaras del frasco. Me estaba muriendo ahí adentro. Casi no me quedaba maná.
Suspiré, pasando una mano por la cara.
—No tenía por qué hacerlo. Ustedes intentaron matarme anoche.
—Detalles —respondió ella con total naturalidad—. Además, no tenía más opciones cercanas. Tú eras el único que abrió la tapa.
—¿Y ahora qué? ¿Piensas quedarte?
—Somos amiguis —dijo como si fuera la cosa más obvia del mundo.
No tuve tiempo de discutir. Escuché pasos entre la maleza. Arthur apareció entre los árboles. Esta vez no venía con tono de broma ni despreocupado. Traía la camisa colgando de un hombro y una expresión más contenida.
—El hada se escapó —comentó, deteniéndose a unos metros—. Saber dice que desapareció justo después de que tú te acercaste al frasco.
El aire cambió. Ya no había sonrisa.
—Yo no sé nada de eso —respondí.
Arthur sostuvo la mirada. No parecía estar buscando una confesión abierta. Parecía estar midiendo microexpresiones, tiempos de respuesta, cualquier detalle que delatara algo más.
Al final, después de unos segundos que se sintieron largos, esbozó una sonrisa pequeña y controlada.
—Claro. Esas cosas son escurridizas.
Se dio media vuelta como si el tema hubiera terminado, pero se detuvo antes de alejarse del todo.
—Hablé con Saber. Si quieres, puedes venir con nosotros un tiempo. Ada también está de acuerdo.
No sonó a favor. Sonó a una decisión que ya habían tomado entre ellos.
Cuando sus pasos se perdieron entre los árboles, Midna asomó de nuevo desde mi pecho, esta vez en voz muy baja:
—Tienes unos amigos muy raros.
—No son mis amigos —respondí.
Y por primera vez desde que llegué a este mundo, la frase no sonó a simple rechazo. Sonó a una verdad que empezaba a acomodarse en el estómago.
Continuará.
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F U N F A C T
Cuando Arthur le dice a Alois que era raro que un aventurero tuviese un arma nueva no mentía, la mayoría de estos no podía costearse una espada nueva así que simplemente tomaban las que otros aventureros dejaban tiradas ya que para ellos ya eran obsoletas.
Por supuesto, éstas ya no tenían filo y sus hojas estaban llenas de muescas.
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Battlefox
FantasíaEstaba muriendo solo, atrapado en su propio cuerpo. Despertó en un mundo que solo respeta la fuerza. Alois no busca ser héroe. Busca volverse tan peligroso que nadie vuelva a decidir por él. A su lado viaja Midna, un hada que lo sigue por voluntad p...
