Cacerías

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Cuando me imaginé como aventurero, pensé en dragones, en mazmorras antiguas, en algo que al menos tuviera un mínimo de dignidad.

Nunca, en ningún momento, imaginé terminar en una plaza cubierta de caca de ganso del tamaño de un perro grande.

El pueblo no estaba vacío por casualidad. Nadie en su sano juicio quiere vivir rodeado de aves territoriales con la fuerza de un boxeador profesional y el carácter de algo que odia profundamente a los humanos.

—¿Quién carajos encarga una misión para matar gansos? —pregunté, mirando el papel que Ada había arrancado del tablón de misiones—. ¿No pueden simplemente… evitarlos? ¿Rodear el pueblo? ¿Cualquier cosa?

—No cuando te rompen las costillas con un aletazo —respondió Saber.

Ya estaba caminando hacia la plaza como si el hedor no existiera y el peligro fuera un detalle menor.

La plaza central estaba destrozada. Puestos volcados, madera rota, y el suelo era una capa irregular de excremento seco y fresco que se pegaba a las botas. El olor era tan espeso que se sentía en la garganta.

En cuanto cruzamos el límite de la plaza, las bestias nos vieron. Al menos una docena. Plumaje gris sucio, cuellos largos, ojos pequeños y negros llenos de una mala intención que no necesitaba traducción.

No eran animales asustados. Eran animales que habían aprendido que podían ganar.

Saber fue la primera en avanzar. Un ganso salió al encuentro y le propinó un aletazo tan limpio y brutal que la mandó varios metros atrás, rodando entre la basura.

—¡Son duros de verdad! —gritó, incorporándose con el escudo levantado.

Intenté cortar al más cercano. La Espada de Raíz, que había parecido tan impresionante contra las hadas, apenas le abrió un surco en el plumaje.

El animal giró la cabeza hacia mí. Estoy seguro de que vi algo parecido a burla en esos ojos antes de lanzarse.

El aletazo me llegó de costado. El aire se me salió de los pulmones de golpe y caí de rodillas. Un picotazo posterior partió una piedra del suelo exactamente donde había estado mi cabeza un segundo antes.

—¡Iris!

Ni siquiera giró la cara. Seguía observando la pelea con la misma expresión con la que miraba una botella vacía.

Ada lanzó un hechizo de energía que solo logró enfurecer a los tres gansos más cercanos.

Arthur intentó contener a dos al mismo tiempo y apenas podía mantener el equilibrio. Aquellas aves no atacaban como animales sueltos. Se movían con una coordinación sucia, empujándonos, separándonos, rodeando al que se quedaba más atrás.

Y ese, inevitablemente, fui yo.

—¡Novato! —escuché gritar a Arthur.

Ya no importaba. Los aletazos empezaron a caer como mazos. Cada impacto resonaba en las costillas y me robaba un poco más de aire. Los picotazos buscaban la cara, el cuello, las manos.

El mundo se redujo a plumas grises, dolor seco y graznidos que taladraban los oídos hasta hacer doler la cabeza.

—¡Midna!

—¿Y qué quieres que haga exactamente? —respondió desde dentro, todavía con esa calma exasperante—. Si salgo me parten a mí también. No soy una tanque.

Corrí. No hubo técnica, ni orgullo, ni plan. Solo corrí hasta que mis pulmones ardió y llegué a un puente viejo que cruzaba sobre un río seco.

Me escondí temblando detrás de uno de los pilares de piedra, el corazón latiéndome en la garganta.
Creí haberlos perdido.

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