La noche cubría la ciudad con un silencio espeso. Mis pasos resonaban demasiado en las calles vacías.
La gente que todavía andaba fuera se apartaba apenas me veía, como si llevara pegado el olor a fracaso.
No tenía dónde dormir. Tampoco ganas de buscar. Simplemente caminaba, arrastrando lo que quedaba de orgullo y el mango roto de la Espada de Raíz.
Al final el cuerpo me traicionó y terminé sentado en la acera frente a un restaurante que todavía tenía luces: Hijos de Charlotte.
Tenía algunas monedas. No muchas. Suficientes para no morirme de hambre esa noche, pero no para desperdiciarlas.
Estaba calculando si valía la pena entrar cuando un anciano encorvado se dejó caer a mi lado con un suspiro cansado.
—¿Qué te pasa, muchacho? —preguntó con voz rasposa—. Se te ve como si te hubieran escupido el mundo.
—No tengo dónde quedarme —respondí sin mirarlo.
Él asintió hacia el local.
—También es posada. Podrías preguntar.
Entonces le sonó el estómago, fuerte y claro. Bajó la mirada, avergonzado.
—Disculpa. No tengo para comer.
Lo observé un momento. Estaba igual de roto que yo, o al menos eso parecía. Al final me levanté.
—Ven. Yo invito.
Entramos. El lugar estaba lleno de aventureros hablando alto, riendo, contando hazañas. Nos sentamos en los banquillos frente a la cocina. Una chica joven se acercó, nos miró y de pronto gritó hacia atrás:
—¡Mamá! ¡Él está aquí!
Una mujer robusta salió como un toro, señalando al anciano con el dedo.
—¡Espero que no pienses irte sin pagar otra vez, bastardo! Y tú —me miró a mí—, no te dejes engañar por este holgazán.
Ignoré la advertencia y pedí lo mínimo. El anciano, en cambio, ordenó con total naturalidad. Mientras comía, me miraba de reojo.
—Tienes cara de alguien al que le acaban de arrancar algo —dijo al fin—. ¿Qué te hicieron?
Dudé. La respuesta salió más amarga de lo que pretendía:
—Me usaron. Me probaron. Y cuando vieron que no tenía lo que buscaban, me tiraron.
El anciano dejó el pan a un lado. Por un segundo el aire a su alrededor cambió. No fue una explosión de luz ni nada llamativo. Fue más bien como si alguien hubiera dejado de disimular el peso que cargaba.
Se enderezó despacio. La joroba se suavizó. Los años no desaparecieron del todo, pero de pronto se notaba que había mucha más fuerza contenida debajo de esa apariencia. Sus ojos, antes apagados, ahora tenían un brillo frío y cansado a la vez.
La conversación del restaurante bajó de volumen. Hasta la dueña se quedó callada.
—Que no te avergüence ser débil —dijo con voz más grave, más clara—. Avergüénzate solo si te quedas así.
Me sostuvo la mirada.
—¿Quieres volverte fuerte? ¿De verdad? No “un poco más fuerte”. Fuerte de verdad. Más que la gente que te usó. Más que los que te miraron mientras te partían.
La rabia que llevaba días acumulando se removió.
—Sí —respondí. No sonó esperanzado. Sonó a alguien que ya no tenía nada que perder.
Él extendió la mano. No había calidez en el gesto. Había decisión.
—Entonces a partir de ahora soy tu maestro. Y tú, mi responsabilidad.
La dueña cruzó los brazos y soltó una risa corta.
—Por fin se te aflojó el orgullo, terco.
Enzo (acababa de oír ese nombre por primera vez) volvió a sentarse como si nada. Me pidió la tarjeta de aventurero. La miró, suspiró y la devolvió.
—Nivel 8. Tiene sentido. La mayoría de los que llegan hasta aquí ya vienen rotos de alguna forma.
—¿Y tú qué nivel tienes?
—Dejé de contar hace tiempo. Además, los de mi gremio no jugamos del todo con las mismas reglas.
Terminamos de comer en silencio. Después me hizo seguirlo por callejones cada vez más oscuros hasta un edificio viejo que no llamaba la atención. Activó algo en la pared y una puerta se abrió donde antes solo había ladrillo.
—Bienvenido al Gremio de Asesinos. Aquí vas a aprender lo que realmente significa no volver a ser el que termina en el suelo.
Se inclinó un poco hacia mí. La voz le bajó hasta volverse casi un susurro:
—Si le abres la boca a alguien sobre este lugar… te mato yo mismo. ¿Quedó claro?
Asentí.
Por primera vez en días, la rabia que cargaba tenía hacia dónde ir.
Continuará.
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F U N F A C T
Enzo no mentía, el gremio de asesinos realmente es reconocido por ser la élite.
Mientras que el gremio original está destinado a cazar monstruos y cosas de ese estilo, el gremio de asesinos es empleado por nobles para realizar tareas especializadas como asesinatos, robos, rescates y en raros casos, acabar con monstruos de clase S.
Es por ello que la mayoría de sus pagos son el Valaks.
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F U N F A C T #2
El sistema monetario de el reino es bastante simple.
Las monedas de bronce no tienen nombre y son utilizadas por una pequeña parte de la población sumida en la pobreza, y por aventureros quienes generalmente las regalan.
Las Iris son monedas de plata y éstas equivalen a 100 monedas de bronce, nombradas en honor a la Diosa Iris quién es bastante venerada en ese reino.
Finalmente los Valaks son monedas de oro y equivalen a 100 Iris, nombradas así en honor a un antiguo héroe que venció al rey demonio anterior.
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Battlefox
FantasiEstaba muriendo solo, atrapado en su propio cuerpo. Despertó en un mundo que solo respeta la fuerza. Alois no busca ser héroe. Busca volverse tan peligroso que nadie vuelva a decidir por él. A su lado viaja Midna, un hada que lo sigue por voluntad p...
