Era una tarde tranquila, tan serena que incluso los leves murmullos de los pocos clientes en el restaurante parecían parte del aire. Sentado en una mesa de madera gastada por los años, contemplé el pequeño tazón frente a mí. Las hojuelas crujían en mi boca, y el líquido que las acompañaba—según me había dicho Charlotte—era leche de insecto. Decidí no pensar demasiado en eso. Mi mente, cansada por meses de entrenamiento, se mantenía en blanco mientras el aroma suave de especias y pan horneado llenaba el ambiente.
—¿Quieres más leche de insecto con tus hojuelas? —preguntó Charlotte, la dueña del restaurante, con una sonrisa amplia y burlona mientras secaba un vaso con un paño.
—Sí, por favor —dije, devolviéndole una sonrisa ligera, aunque mi entusiasmo era dudoso.
—¿De verdad pasaste tres meses entrenando en el bosque solo para terminar sentado aquí sin hacer nada? —la voz de Midna resonó en mi cabeza, cargada de sarcasmo.
—Acabo de volver del bosque, Midna. ¿Podría relajarme un poco...?
No terminé la frase. En ese instante, la puerta del restaurante se abrió de golpe con un estruendo que resonó por todo el lugar. Enzo entró apresurado, casi jadeando, sus botas dejando marcas de barro en el suelo de piedra desgastado.
—¡Tenemos que hacer una misión, Alois! ¡Es importante! —gritó, con los ojos brillando de emoción. Antes de que pudiera responder, me tomó del brazo y prácticamente me arrastró fuera del lugar.
—¡P-pero mi cereal! —protesté.
—¡Esto no puede esperar! —dijo mientras me guiaba a través de las calles estrechas y sombrías del pueblo, hasta que finalmente subimos a los tejados.
El aire frío de la noche golpeaba mi rostro mientras corríamos. Desde las alturas, el castillo de piedra se alzaba imponente frente a nosotros, sus muros oscuros reflejando la luz tenue de la luna. Las ventanas brillaban como ojos vigilantes.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, intentando recuperar el aliento.
—Vamos a robar una espada —dijo Enzo, con una sonrisa traviesa mientras observaba las ventanas del castillo a través de un hechizo de detección.
—¿Y por qué es tan importante?
—Porque vale 200 Valaks, Alois. ¡200 Valaks! Podríamos comer por meses con eso.
No había mucho tiempo para discutir. Nos deslizamos por la pared de una torre y entramos al castillo por una ventana abierta. El interior era majestuoso, pero también lúgubre; las paredes de piedra estaban decoradas con tapices antiguos y candelabros cuyos brillos oscilaban, proyectando sombras inquietantes.
Avanzamos con sigilo hasta que nos encontramos con los primeros guardias. Enzo, sin perder tiempo, silbó para llamar su atención. Los hombres voltearon, confundidos, y en un parpadeo ya los habíamos neutralizado. Con movimientos rápidos, les quitamos las armaduras y los amarramos con una cuerda que Enzo siempre llevaba consigo.
—Midna, ¿puedes hacer algo con el ruido metálico? —susurró Enzo.
—Ya voy, ya voy... —murmuró Midna antes de lanzar un hechizo que envolvió nuestras pisadas en un manto de silencio mágico.
Llegamos al dormitorio del noble. La habitación era grande y ostentosa, con muebles tallados y un gran candelabro apagado colgando del techo. Allí, un hombre gordo y calvo dormía plácidamente, abrazando la funda de una espada como si fuera su amante.
—Esto es... perturbador —susurré, frunciendo el ceño.
—Menos hablar, más actuar. Busca algo para el intercambio —respondió Enzo.
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Battlefox
FantasyEstaba muriendo solo, atrapado en su propio cuerpo. Despertó en un mundo que solo respeta la fuerza. Alois no busca ser héroe. Busca volverse tan peligroso que nadie vuelva a decidir por él. A su lado viaja Midna, un hada que lo sigue por voluntad p...
