Muerte y Resurrección

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—No puedes quedarte más tiempo con nosotros, Alois.

Las palabras de Ada cayeron como un martillo. No me miró al decirlo, sino que mantuvo su mirada fija en el bastón que limpiaba, como si aquella decisión no fuera más pesada que quitarse el polvo de los hombros.

Yo, en cambio, me quedé congelado, con las manos apretadas en los costados. Mi cabeza todavía daba vueltas por el golpe que me habían dado hacía apenas unas horas, pero lo que ella acababa de decir era peor que cualquier herida.

—¿Qué...? ¿Qué significa eso?

Mi voz tembló. Lo sentí en mi garganta, un nudo que no podía tragar. Ada suspiró, y ese suspiro lo dijo todo. No había vacilación en ella. Ya había tomado la decisión.

—Significa que eres un peso muerto. No puedes quedarte más.

La sangre me hervió en las venas. Sentí el impulso de gritarle, de decirle que estaba equivocada, pero... ¿lo estaba?

Ese día habíamos terminado temprano, así que decidí quedarme a compartir unos tragos con ellos antes de marcharme.

Ellos estaban sentados mientras yo ordenaba las bebidas.

—¿Y bien? ¿Qué necesitas, aventurero? —preguntó la encargada del gremio al atenderme.

—Umhh... necesito un barril y un par de vasos.

—Enseguida —respondió.

Un sujeto dejó la orden frente a mí, un barril lleno y bien sellado. Tomé la carga con ambas manos y caminé hacia nuestra mesa. Mientras lo dejaba en el centro, regresé a traer los vasos.

Fue entonces cuando sucedió. Un tipo fornido, de vestimenta oscura y mirada burlona, chocó conmigo de manera deliberada mientras cargaba los vasos.

—¿¡Qué carajos te pasa, amigo!? —gritó con una sonrisa socarrona en el rostro.

—Fue mi error, disculpa —respondí en voz baja, intentando calmar el ambiente. No me sentía con el nivel necesario para enfrentarme a nadie todavía.

Intenté alejarme rápido y volver a mi mesa, pero el sujeto tomó mi hombro con fuerza.

—No creas que puedes escapar tan fácil después de lo que me hiciste.

—No quiero problemas, amigo —repetí, manteniendo la calma mientras intentaba zafarme de su agarre.

—¿Qué pasa? ¿Me tienes miedo? Olvídalo, no peleo con cobardes.

De pronto, el gremio entero estalló en abucheos. Podía sentir las miradas clavadas en mí, cargadas de burla y expectativa.

Desde nuestra mesa, mi equipo también tenía algo que decir.

—Oh, parece que va a pelear con alguien —dijo Arthur, como siempre, con su tono jocoso.

—Realmente no tienes muchas oportunidades, ¿o sí? —añadió Saber.

—Tal vez deberíamos detenerlo —propuso Ada.

—Nah, yo puedo revivirlo si lo matan —bromeó Iris, riendo entre dientes.

—No sean así con él. Creo que realmente podría hacer algo interesante —agregó Ada, con su tono característicamente ambiguo.

Suspiré y busqué una salida digna.

—Midna —murmuré apenas para que ella escuchara.

—Lo sé —respondió sin dudar.

—En ese caso, salgamos de aquí. Odiaría destruir el lugar —dije con una sonrisa falsa, mirando al tipo frente a mí.

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