La noche ya había caído por completo cuando seguimos a Ada por calles cada vez más vacías y oscuras.
Las antorchas eran escasas y el frío se había vuelto más denso, como si se filtrara directo a los huesos.
Iris caminaba unos pasos detrás de mí, en silencio absoluto.
No se quejaba, no preguntaba, no ofrecía alternativas. Simplemente iba, como si el asunto de dónde dormir fuera un problema que solo a mí me concernía.
—¿Conoces algún sitio barato para pasar la noche? —pregunté, tratando de que el cansancio no se notara demasiado en la voz.
—Justo iba hacia uno —respondió Ada sin reducir la marcha—. Es simple, pero te cubre de la luna.
La frase me resultó extraña, pero no pregunté. El cuerpo me pesaba demasiado como para indagar en detalles.
La caminata se alargó más de lo que esperaba. El silencio entre los tres se volvía incómodo, así que intenté romperlo:
—Pareces tener experiencia en esto. ¿Por qué estabas sola cuando nos encontramos en el gremio?
Ada no respondió de inmediato. Sus pasos siguieron constantes sobre la tierra apisonada.
—Mi anterior grupo me dejó —dijo al fin, con un tono ligero que no terminaba de convencer—. Pasó. No es algo que merezca largas explicaciones.
Asentí y no insistí. Poco después ella levantó una mano y señaló una granja aislada, con un par de luces tenues en las ventanas.
—Ahí.
Entró sin invitarnos a seguirla. Escuché voces bajas, el intercambio de unas monedas (probablemente parte de la recompensa de las ratas) y al cabo de un rato salió de nuevo.
—Listo. Ya hablé con los dueños.
—¿Y las habitaciones? —pregunté, con un resto absurdo de esperanza.
Ada soltó una risa breve, casi suave.
—Dormimos en la caballeriza.
Me quedé mirándola. Iris, en cambio, no dijo absolutamente nada. Entró al establo, buscó el montón de heno más decente, se dejó caer sobre él y cerró los ojos como si estuviera en la mejor cama del reino.
En menos de un minuto su respiración se había vuelto profunda y regular. Como si nada de lo que estuviera pasando fuera con ella.
Yo me dirigí a la caballeriza contigua. Había otros aventureros durmiendo allí, envueltos en capas o simplemente tirados sobre el heno.
El olor a caballo, cuero y humedad era espeso. Intenté acomodarme lo mejor posible. El heno picaba a través de la ropa. Cada vez que me movía, crujía demasiado alto en el silencio.
Pasaron las horas. El cansancio era enorme, pero el sueño no llegaba. Cada vez que cerraba los ojos veía la esfera del gremio, los números mediocres, las miradas, la sangre de las ratas.
—Vaya. Este humano todavía está despierto.
La voz era aguda, melosa, juguetona. Me incorporé de golpe, el corazón disparado. Varias criaturas pequeñas y aladas revoloteaban a poca distancia de mi cara. Sus alas dejaban un rastro de luz tenue.
—Apestas a sangre y sudor —se burló una de ellas, tapándose la nariz con dramatismo.
—Ven a charlar un rato con nosotras, querido —dijo otra, posándose directamente sobre mi nariz.
No supe por qué las seguí. Quizá por agotamiento. Quizá porque cualquier cosa parecía mejor que quedarme ahí tirado sintiendo lástima de mí mismo. Me guiaron fuera del establo, atravesando la oscuridad hasta un árbol grande y viejo en el límite del bosque.
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Battlefox
FantasyEstaba muriendo solo, atrapado en su propio cuerpo. Despertó en un mundo que solo respeta la fuerza. Alois no busca ser héroe. Busca volverse tan peligroso que nadie vuelva a decidir por él. A su lado viaja Midna, un hada que lo sigue por voluntad p...
