—¡Alois! ¿¡Estás bien!? ¿¡Dónde estás!? ¡Por favor, dime algo! ¡Hijo, por favor, dime dónde estás!
La voz de mi madre salía distorsionada del celular que yacía a unos metros de mí. Yo no podía responder. Ni siquiera podía mover los dedos.
Estaba tendido en la azotea de la escuela, medio cuerpo cubierto por esa sustancia púrpura espesa que me había atrapado como si fuera resina.
El olor era dulce y químico a la vez.
Me costaba respirar. Cada intento me llenaba los pulmones de un ardor lento.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí. Las luces de la ciudad parpadeaban abajo, lejanas, ajenas. En algún momento escuché sirenas, pero ya no estaba seguro de si eran reales o parte del delirio.
Pensé en mi madre. En cómo se le iba a romper la voz cuando le dijeran que me encontraron. En mi padre. En la casa. En todo lo que dejaba sin resolver.
Durante unos segundos deseé simplemente apagarme.
Dejar de ocupar espacio. Dejar de ser el problema que siempre fui. Pero la imagen de ella sola con él me golpeó el pecho con más fuerza que la propia Púrpura.
El cielo estaba despejado. Las estrellas se veían con una claridad absurda, como si alguien hubiera limpiado el aire solo para esa noche.
Un dolor seco, preciso, me atravesó el centro del pecho.
Cerré los ojos.
—Buenas noches… —alcanzé a murmurar.
Cuando volví a abrirlos, ya no estaba en la azotea.
El suelo bajo mis pies era liso y frío, como mármol negro. El cielo tenía un color púrpura profundo, atravesado por luces que se movían con lentitud, como medusas luminosas.
No había horizonte. Solo ese vacío elegante y silencioso.
Frente a mí había un trono. Y en él, una chica de cabello gris platino, vestida con ropas que parecían demasiado antiguas y demasiado perfectas a la vez. Me miraba con una expresión serena, casi aburrida.
—Alois Leonhart —dijo—. Bienvenido al más allá. Lamento informarte que has fallecido.
Me quedé quieto. La cabeza me daba vueltas.
—¿Qué clase de broma es esta?
—No es una broma. Falleciste por sobredosis de Púrpura. Tu cuerpo fue encontrado al día siguiente, en la azotea. Lo siento, pero estás muerto.
Las palabras cayeron con un peso tonto, absurdo. Me negué a aceptarlas.
—No. No puedo estar muerto. Mi mamá… ¿quién va a…? Ella no puede quedarse sola con él. Yo tengo que…
—Ese mundo ya no te pertenece —me interrumpió ella con suavidad, pero sin calidez—. No hay forma de regresar. Sin embargo, existe otra opción.
Me miró directamente a los ojos.
—Puedo enviarte a un mundo distinto. Uno donde tu única misión será derrotar al Rey Demonio. Si lo consigues, se te concederá un deseo. Sin límites. Cualquier cosa que quieras.
Un deseo sin límites.
La idea se me clavó de inmediato. Volver. Arreglar lo que dejé roto. Protegerla de una vez.
—¿Y si rechazo?
—Entonces te quedarás aquí. En el limbo. Por tiempo indefinido.
No había elección real. Solo la ilusión de ella.
—…De acuerdo. Acepto.
Iris —supe después que ese era su nombre— esbozó una sonrisa pequeña, practicada.
—Sabía que lo harías. Antes de enviarte puedes elegir un arma, una habilidad o una herramienta que te acompañe. O…
Se puso de pie. Bajó los escalones del trono con calma.
—Puedes llevarme a mí.
La miré con desconfianza.
—¿Tú?
—Soy una diosa. Puedo curar heridas, protegerte de maldiciones, purificar espíritus y enfrentarme a demonios menores. Conmigo, las probabilidades de que sobreviva el tiempo suficiente aumentan considerablemente.
—¿Y qué ganas tú?
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Es parte de mi deber. Ayudar a las almas que llegan hasta aquí.
La respuesta fue demasiado limpia. Demasiado ensayada. Pero yo estaba muerto, asustado y sin alternativas. Así que asentí.
—Te elijo a ti.
—Perfecto —dijo ella—. No te resistas.
Una luz blanca y silenciosa nos envolvió.
Cuando recuperé la vista, el olor a pan, estiércol y humo de leña me golpeó de lleno.
Estaba de pie en medio de una calle de tierra apisonada. Casas de madera y piedra se agolpaban a ambos lados.
Hombres con armaduras pasaban junto a mujeres que cargaban cestas. Alguien gritaba precios en una lengua que, milagrosamente, entendía.
Me giré buscando a Iris.
No estaba.
El pánico me subió rápido a la garganta. Empecé a caminar sin rumbo, mirando caras desconocidas, hasta que escuché una risa alta y despreocupada salir de una taberna con el letrero torcido.
Allí dentro, en una mesa llena de botellas vacías, Iris reía con la cabeza echada hacia atrás. Varios hombres la rodeaban, algunos ya bastante ebrios.
Cuando me vio, levantó una mano como si me hubiera estado esperando toda la vida.
—¡Alois! Llegaste tarde.
Me acerqué. La bolsa de tela que me lanzó aplastó contra mi pecho. Estaba completamente vacía.
—¿Qué es esto?
—Nuestro dinero —respondió ella con una sonrisa torcida—. O lo que quedaba de él.
—¿Te lo gastaste todo?
Se encogió de hombros y bebió directamente de una botella.
—Los dioses somos generosos… y a veces sedientos.
Me quedé de pie frente a ella, sintiendo por primera vez desde que morí una sensación clara y desagradable:
Esta mujer no estaba de mi lado.
Al menos, no de la forma en que yo necesitaba.
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Battlefox
FantasyEstaba muriendo solo, atrapado en su propio cuerpo. Despertó en un mundo que solo respeta la fuerza. Alois no busca ser héroe. Busca volverse tan peligroso que nadie vuelva a decidir por él. A su lado viaja Midna, un hada que lo sigue por voluntad p...
