Sicheng caminaba por las calles del centro de su ciudad, el sol ya había caído desde hace horas y él apenas caminaba de regreso a casa después de la universidad. Había sido un día duro, la carrera cada día era más pesada y Sicheng sentía que no podía más.
Las brillantes luces de los edificios y de las pantallas alumbraban las calles repletas de gente, las personas iban y venían, tan preocupadas o despreocupadas que siempre. El chino se detuvo al borde de la acera para esperar a que el semáforo cambiara de color.Se puso a pensar en todas las personas que tenía a la vista, en todas las que conocía y las que lo conocían a él. Vivían cada día como uno más, como algo que deben hacer y ya, sin preguntarse realmente qué es lo que los motiva a salir de la cama cada mañana... El mundo se estaba muriendo y nadie hacía nada para solucionarlo, aunque dudaba que hubiera algo que hacer.
Sicheng suspiró y caminó detrás de todo el montón de gente, convirtiéndose una vez más en una oveja que siempre sigue al rebaño, sin chistar, sin buscar nada diferente. Se detuvo al llegar a la otra acera, las personas pasaban a su lado rodeándolo o empujándolo, restándole importancia a su existencia entre millones de personas en aquel inmenso país.
Los pensamientos le carcomían la esperanza, se sintió pequeño y débil. Pensó en su hermana, en todo lo que ambos tuvieron que pasar para poder vivir tranquilos como lo hacían en ese momento. Tuvieron que aceptar la muerte de su padre y la enfermedad incurable de su madre; la esquizofrenia. No le hacía bien quedarse quieto, sin algo qué hacer o sin algo que lo distrajera, la mayoría de las veces terminaba siendo víctima de sus propios pensamientos. Sentía que el tiempo se le acababa.
-¡Sicheng! -escuchó que alguien lo llamaba por sobre el barullo de la ciudad-. Hermano ¿cómo estás?
Era Mark, un chico que conocía de la plaza de la tecnología de uno de los barrios chinos. Le sonrió y saludó como a un viejo amigo, aunque no eran demasiado cercanos habían conversado varias veces. La cabellera negra del canadiense revoloteaba por la brisa nocturna, vestía unos jeans ajustados con una chaqueta encima y lucía una bonita sonrisa. Caminaron juntos hasta el edificio en donde vivía Sicheng, había invitado a cenar a Mark porque no quería hacerlo solo. Su hermana Mina le avisó que dormiría con una de sus amigas. Entraron al ascensor y conversaron de temas triviales, a pesar de no conocerse a fondo, se entendían y la pasaban bien juntos. Las puertas se abrieron y salieron comentando temas sin mucho significado, pero ambos se dieron cuenta que algo andaba mal.
Mark enarcó las cejas y observó su alrededor, jamás en su vida había visto un lugar tan feo y sin vida. Sicheng por el otro lado reconoció aquel lugar de inmediato. Había viajado mil años adelante en compañía de Mark.
¿Por qué?
¿Cómo le explicaría eso a este chico?
Yuta los observaba con una media sonrisa a unos dos metros de distancia, Mark se dio cuenta y advirtió a Sicheng. El chino se acercó al rubio, dejando al canadiense atrás, aún más confundido y asustado.
-Yuta -le llamó-. ¿Qué pasa?
-Te he llamado con la esperanza que vinieras con alguien -sonrió, de repente le pareció amigable-. Síganme.
Sicheng caminó por el pasillo tras Yuta, Mark corrió hasta alcanzarlos y caminar a la par. Bajaron dos pisos y entraron por una puerta de metal que tenía una contraseña de cifras, los tres entraron y siguieron al misterioso rubio con las puntas azul celeste.
Yuta entró la habitación y les dejó pasar. Era un laboratorio, de eso no había duda. Tenía toda la pinta; mesas de ensayo, sillas, aparatos que Sicheng desconocía, pero que había visto en la preparatoria durante sus clases de química. Allí dentro no había nadie más.
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Piso Catorce. ((yuwin))
Fanfic-Sicheng ¿dónde has estado? -En el piso 14. -¿De qué hablas? Nuestro edificio solo tiene trece pisos. -Exactamente. Ambos hermanos se miraron, ninguno podía decir qué acababa de pasar. Sicheng sube al elevador de su edificio y sin querer viaja más d...