Amenazas Implícitas

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La mansión Black, o Potter, o Lupin, ya nadie sabía cómo llamarla pues muchos residían allí y ninguno parecía ser familiar de sangre, seguía siendo tan mágica como Harry la recordaba en su primera visita. Sirvió como cuartel de la orden del fénix, y eso no era secreto para nadie, en especial para los mortífagos luego de que le dieran un recorrido cuando el trío de oro escapó del ministerio, cuando quedó comprometida y nunca más habían podido volver hasta que la victoria fue del elegido.
Los estragos que los encapuchados dejaron fueron grotescos, pero habían tenido solución para volver la casa funcional a los pocos meses. Después de todo, que el héroe fuese a mudarse ahí lo hacía una tarea primordial para el ministerio.
La dotaron de una cantidad incalculable de protecciones, pero el legítimo heredero de la vivienda sabía que la casa respondería solo a los suyos, así que Harry, con los pocos conocimientos que tenía puso su sello alrededor para evitar visitas inesperadas. Año tras año las mejoraba a medida que ganaba experiencia, y sabiendo que su ahijado viviría allí también, puso algunos pasadizos secretos, llevado por su paranoia, que solo podrían ser activados por los habitantes de la vivienda, y sería alertado por el ardor del anillo Black que parecía estar enlazado con la edificación.
Ahora mismo y desde hace un poco más de cuatro años, el único que residía allí permanentemente era Draco Malfoy, aunque eso era un secreto para todos, menos para lo allegados del dueño. Por eso, que el tenedor resbalara de la mano de Harry, se pusiese de pie y su capa levitara hacia él, diera un beso a su ahijado, diciéndole que lo amaba, y llamando a Ginny para que lo siguiera sin chistar antes de ponerse una capa de invisibilidad suplementaria y luego ambos desaparecer entre las llamas de la chimenea con varita en mano, puso a todos en alerta en la madriguera.
Cinco encapuchados merodeaban en la planta baja de la mansión, otros dos causaban estruendosas explosiones cuando pretendían abrir las puertas de cada habitación, tres más estaban haciendo lo mismo en la tercera planta, y un par más gozaban de los gritos que provenían de la biblioteca. Eran demasiados para tan solo dos Aurores, pero no podían demorar, pues si la alarma había sido activada al ser ocupado uno de los pasadizos secretos y Draco se encontraba en el piso siendo torturado, solo podía significar que había alguien más en la casa cuando fueron atacados, y Harry sabía que no había más opciones de que fuese Hermione. Y conociéndola, sabía que en cualquier momento encontraría la forma de salir de su escondite, seguramente obligada por el platinado, y se pusiera en riesgo para salvarlo.
- Cuando digas, Harry. – Susurró la pelirroja, invisible, pero seguramente pensando que no había más remedio que pelear contra varios a la vez, pero necia como toda su familia, estaba dispuesta a todo.
Parecía un duelo a muerte. Hechizos iban y venían, muchos no sabían de donde pues ambos se mantuvieron bajo la capa el mayor tiempo que se lo permitieron. Harry vio inconsciente a Draco, con cortadas no lo suficientemente profundas, y a una castaña saliendo desde lo bajo de una repisa, con varita en mano. Sin pensarlo, y sin moverse demasiado, la capa voló hasta Hermione para cubrirla mientras atendía entre lágrimas a Draco.
Descubierto al fin, varios hechizos volaron hacía el héroe para quedar estampillado contra la pared al no ser su Protego lo suficientemente fuerte para tantos. Sabiendo que estaba en desventaja, Ginevra se quitó su capa para llamar la atención con un bombarda en el piso, haciendo trastabillar a varios de sus oponentes cuando un agujero se abrió en el suelo.
Aun así, seguían ganándoles en número, al menos hasta que cinco siluetas de túnicas negras aparecieron de la nada para entablar un duelo con cada malviviente. Una mano con bellos colorados se extendió hacía Harry para ayudarlo a ponerse de pie mientras arrojaba un hechizo sobre Malfoy y la aparente figura de Hermione a su lado, formándose un domo alrededor de ambos, un Protego para evitar que otros hechizos los alcanzaran a propósito o por accidente.
- ¡Que no escape ninguno, Harry! – Alzó la voz Ronald entre tanto bullicio mientras se liaba a duelo con uno o con otro.
Un solo movimiento de varita y las protecciones de la mansión impedirían que nadie saliera sin su permiso del edificio, aunque ya todos estaban aturdidos y apresados. Tres de ellos Aurores del ministerio inglés, y Harry estaba con su sangre hirviendo al reconocerlos de su última reunión.
No le fue difícil saber el motivo por el que habían llegado allí. Aquel día dio a entender de que las mujeres rescataban estaban muy bien protegidas por él exclusivamente, así que no era difícil pensar que las tendría escondidas en su propia casa. Encontrarse con el presidiario quizás había sido un premio consuelo.
No iba a decir que por suerte no le había pasado nada a Draco pues un crucio no era cosa leve, pero sintió alivio de verlo recuperarse una vez que Ginny lo ayudó a sentarse en un sofá. Hermione curándole las heridas mientras hipaba al recomponerse.
- ¡Son dos incompetentes! – Gritó Ronald con severidad al platinado y a la castaña. Miles de veces ya le había advertido a Hermione que ese lugar no era para ella y que el caso tampoco, pero no había manera de decírselas por las buenas. – ¡Vas a callarte! ¡Porque no vas a poder negármelo! ¡Estás embarazada y estás metida en la casa de un prisionero! ¡Y en un caso donde el secuestro de mujeres a la orden del día! – Lo dijo sin pelos en la lengua por primera vez en años.
- Hermione estás fuera del caso. – Exclamó Harry con un exagerado suspiro al aplacar al pelirrojo con una palmada al hombro, advirtiéndole que estaba llegando al límite. Hermione los miró de reojo, con odio y con miedo al mismo tiempo. – Ronald tiene razón. Ginny por favor escóltala hasta su casa y que se calme. – La pelirroja suspiró resignada por la tarea encomendada y se llevó a la castaña sin queja alguna por parte de ninguna. – Gracias Draco. – Dijo por fin al platinado, que solo atina a negar con su cabeza mientras era atendido por uno de los hombres de Ronald.
- No. Lo lamento. Debí insistirle en que era tarde para estar aquí. – Se disculpó Draco, alejando cortésmente al auror para que lo dejara tranquilo.
- Descuida. Conocemos lo necia que puede llegar a ser. – Musitó Harry, viendo el asentimiento de los otros dos al concordar con él. – ¿Cómo supiste? – Preguntó a Ronald mientras veía a todos los hombres vistiendo el negro en sus túnicas acomodando a los culpables contra la pared, algunos inconscientes aún.
No iba a preguntar cómo había entrado, pues a pesar de las distancias, Ronald seguía siendo el único Fidelio de la mansión, en contra de la voluntad de Hermione. No es que no hubiese confiado en la castaña, pero a ninguno le había gustado verla sufrir al ser torturada en la mansión Malfoy y se juraron mantenerla lejos del peligro, y la medimagia había sido una buena manera de hacerlo, aunque a fin de cuentas no siempre funcionaba pues ahí la tenían refugiando mujeres atormentadas. Incluso había sido ella quien había unido patrones para armar el caso y llegar a creer en las locuras que Draco le había comentado cuando le pidió buscar a Pansy.
- Le puse un rastreo a Hermione antes de irme. – Murmuró Ronald por lo bajo, sabiendo lo que develar eso conllevaría pues no había pedido permiso para hacerlo.
- Va a matarte si se entera. – Declaró Harry, y ambos giraron a mirar a Draco acusadoramente pues los estaba escuchando con atención.
- Si pudiera le pondría otro, así que no me miren. No diré nada si eso me salva de otro crucio además… - Opinó el platinado alzando sus manos en son de paz, mientras se recostaba a lo largo del sofá, agotado.
- ¿En serio no necesitas atención? – Cuestionó Harry con preocupación.
- No, Potter. Solo fueron cosquilleos en comparación a otras veces. – Acotó Draco mientras se relajaba.
La tortura a Draco Malfoy quedó sepultada en el silencio, pues debían seguir manteniendo su locación en secreto o iría a Azkaban si no había otra casa de seguridad, así que solo se trató de un asalto contra la vida del héroe del mundo mágico al irrumpir en su vivienda. Además, la investigación posterior sonsacaría información sobre la corrupción en el ministerio al resaltar algunos nombres importantes, aunque los mantuvieron en secreto del público para no entorpecer el caso y sucumbir al pánico.
La participación del departamento de Aurores rusos quedó también resaltada ante todos para recalcar la colaboración internacional, aunque los créditos no se los llevó Ronald, pero si su jefe solo para que dejara pasar el inconveniente de haber dejado una misión para acudir al llamado del mismísimo Harry Potter, aunque algunos detalles fueron obviados para beneficio de todos. Kingsley por supuesto sabía un poco más de lo sucedido, pero Harry se encargó de avisarle que había salido mejor de lo esperado y que Malfoy seguía paseándose por la mansión Black con todas las protecciones.
Más allá de todo, Harry estaba furioso. No solo recibía reproches por algo que no había sido su culpa, sino que no podía confiar en ninguno. Que le nombraran a los Parkinson lo había hecho perder la poca cordura que le quedaba, pues al parecer sospechaban, con buena razón, de que ocultaba a su hija en algún refugio y lo querían acusar de ser uno de los Aurores implicados en los secuestros. Así que si lo estaban buscando, no tuvo decoro para presentarse en la mansión Parkinson con una orden de cateo de respaldo.
- ¿Encontraron algo? – Preguntó Lamont Parkinson, asustado de ver a Harry Potter bajar la escalera de su casa con cara de pocos amigos mientras varios resplandores que provenían de todos lados regresaban a él, un hechizo de rastreo muy efectivo.
- Nada interesante, lamentablemente. – Dijo Harry al pararse frente a él, quien estaba con Amira Parkinson a su lado, con n gesto altivo que de nada le recordaba a Pansy, para su gracia. Ginny los escoltaba durante la revisión, solo habían ido ellos dos. – Nos iremos ahora, pero tengo una última pregunta antes de que sigan haciéndome perder el tiempo con cada una de sus visitas en el ministerio. – Acotó con fastidio y prepotencia, sin bajarle la mirada. – Su hija está fuera de su testamento. ¿Por qué?
El hombre comenzó a sudar frío y Harry no se lo dejó pasar. Si podía hacer sufrir al hombre un poco, aprovecharía la oportunidad, en nombre de Pansy.
- Disculpe la abrupta interrogante, pero me tomé la molestia de investigar todas sus finanzas…
- Esas cosas no son de carácter público, señor Potter. – Habló Amira Parkinson con su voz temblorosa aunque su pose demostrara un patético intento de intimidación.
- Pidieron al héroe del mundo mágico para llevar el caso de secuestro de su hija. ¿Creyeron que no conseguiría permiso para entrar a donde quisiese? – Cuestionó Ginevra al salir a la defensiva, mostrando lo que era una verdadera mirada amenazante.
Ella misma había estado en varias oportunidades junto a Kingsley para escuchar a esa pareja exigiendo que el mismísimo Potter se encargara del caso con mucha insistencia y eso traía sus sospechas a Harry, hasta que le dio permiso al ministro de turno para que se los asignaran de una buena vez.
- Solo fue por precaución… - Musitó el patriarca de la familia a duras penas.
- Entiendo. Solo preguntaba pues me parecía sospechoso de que lo hicieran semanas antes de que Pansy fuese secuestrada, con el tiempo suficiente para que esos hombres supiesen que de nada valía secuestrarla si se tomaron el tiempo para investigarlos de la misma manera. – Aclaró Harry como si no hubiese problema, evaluando a su alrededor, no encontrando tantas fotografías de Pansy como le había contado en una ocasión. – Pero bueno. El hombre de negocios es usted, supongo que sabe lo que hace, como con ese negocio con las industrias Waller de Rusia. Espero que no tenga problema en que investigue por esos rumbos también. Como sabrá de sobra a estas alturas, tengo al grupo de Élite ruso a mi disposición. Así que puede quedarse tranquilo pues ellos son los mejores rastreadores dentro del mundo de los Aurores. Ronald Weasley se encarga especialmente de mantenerme informado de cualquier avance, como los arrestos que se llevaron a cabo en los montes Cárpatos. Desvalijaron todo un campamento de tráfico de drogas ilegalmente peligrosas.
- No olvides que tienen a sus propios infiltrados para llegar a cortar las cabezas de los altos mandos de esas organizaciones, Harry. – Agregó Ginevra, disfrutando de ver como el hombre se esforzaba para mantener su respiración tranquila, aunque el aleteo de sus fosas nasales dictara lo contrario.
- Siempre olvido la mejor parte, gracias por recordármelo. – Ironizó mientras se ponía sus guantes y se peinaba hacía atrás su cabello con toda la arrogancia del mundo. – Así que, le informaré de lo que logre recabar sobre su hija, señor Parkinson. Seguramente cuando la encuentre podrá explicarme con lujos de detalles todo lo que pasó. Alguien tan valiosa como su hija seguramente se encuentra en mucho mejores condiciones que cualquiera de las chicas que hemos encontrado, por eso puede estar tranquilo. – Dijo arrojando un puñado de polvos a las llamas mientras Ginevra ingresaba junto a él. – Por favor no vaya a asustarse si ve a alguno de mis hombres siguiéndole. Es para su seguridad. También estarán montando guardia alrededor de su mansión y tendremos su chimenea bajo nuestro control, pero no van a entorpecer su trabajo. Ni siquiera podrá notarlos que están allí. De hecho ya llevan un buen tiempo siguiéndolo. – Explicó con toda calma, sin dejarle lugar a replicar antes de pronunciar la dirección del ministerio y desaparecer.
El gesto de dicha en el rostro de Harry no iba a poder arrebatárselo nadie, ni siquiera tener que tomarse unos días lejos para revisar todos los puestos de vigilancia que tenía con su grupo de Aurores, ni tener que pasar unos días en el refugio con esas mujeres, tratando de convencer mínimamente a una para que le contara algo que pudiese ser determinante, pero para evitar frustrarse al escuchar de que nunca habían podido ver el rostro de sus perpetradores, se encargó de que todas sus necesidades estuviesen cubiertas al poner nuevos cadetes de la academia de Aurores y residentes de medimagia al cuidado de esa institución, todos ellos con un juramento inquebrantable de silencio.
Volver a la madriguera nunca fue tan glorioso para Harry como esa mañana en que fue recibido como siempre por los brazos de su ahijado, quien había estado bajando recién las escaleras, adormilado y vistiendo su uniforme del colegio, aunque Harry lo haría faltar a clase por ese día solo por querer monopolizarlo un poco.
Saludó a los demás, que estaban apenas sentándose en la mesa para disfrutar de su desayuno, para luego encontrarse con la figura de Pansy, terminando de bajar la escalera mientras ataba su cabello en una coleta, y vistiendo una camisa leñadora roja, tan fresca y natural que lo dejó atontado.
- Ey. ¿Todo en orden? – Preguntó Harry sin poder esconder su sonrisa genuina de emoción. Pansy le correspondió y asintió.
- Te extrañó demasiado. – Exclamó Pansy al atorrante que cargaba en brazos y que al parecer fingía estar dormido de pronto. – ¿Has desayunado?
- Acabo de llegar. – Dijo ofreciéndole una cajita muy adornada de galletas.
Pansy pudo reconocer que eran de aquella tienda que durante su infancia solía comer y que según le había comentado al azabache, le traían buenos recuerdos, quizás cuando sus padres aún no revelaban sus verdaderas personalidades abusivas.
- Es una lástima que Teddy esté dormido. Tendré que comerme toda la caja yo sola… - Comentó Pansy con picardía al notar como Teddy espiaba al entreabrir sus ojos nada disimuladamente.
- ¡No lo estoy! – Exclamó Teddy al enderezarse y sacudirse de entre los brazos de Harry para perseguir a la azabache que bordeaba la mesa hasta sus lugares.
- Te convidaría pequitas, pero me caes mal. – Bromeó al cruzarse con Ginevra en el camino, ofreciéndole aun así la caja.
- Soy alérgica a todo lo que venga de ti, querida. – Respondió Ginny con falsa arrogancia pues no demoró en tomar un par de galletas.
- ¡No! ¡Son mías, Pansy! – Exclamó Teddy abrazándose a la cadera de Pansy por detrás. – ¡Tía Ginny siempre nos pelea! ¡Yo te quiero más que ella! – dijo subiéndose a una silla, delante de Pansy quien repartía las galletas con los gemelos, ignorándolo a propósito, para luego aferrarse a su cuello para llamar más su atención.
- Eso es muy poco. – Comentó Hermione, quien se había sumado nuevamente a los desayunos al dejar de lado los rencores contra Harry, gracias a la persuasión de Ginny.
Ante sus palabras, Teddy la observó, pensando en que podía tener razón, así que comenzó a observar a cada uno a su alrededor, hasta que llegó a los ojos verdes de su padrino y sonrió astutamente antes de volver a ver a Pansy.
- ¡Entonces más que papá! – Exclamó Teddy orgullosamente, sintiéndose victorioso por su respuesta al escuchar a todos atragantarse repentinamente, cada uno poniéndose más rojo de lo que sus cabellos pintaban, aunque algunos por tratar de contener la risa.
- ¡Eso te pasa por meterte bocados grandes, Ginevra Weasley! – Recriminó Hermione a su amiga mientras le daba golpes no muy amistosos en su espalda para que la otra pudiese respirar.
La osadía de Teddy a veces deslumbraba a todos, Pansy por su parte solo se limitó a dejarle lo que quedaba del paquete de galletas mientras lo veía sonreír en demasía, para luego voltear hacía su derecha y presumirle su premio a su padrino, quien le guiñó un ojo con picardía y sacaba de su túnica otra bolsa más grande con los mismos paquetes de galletas, para dejarla sobre la mesa y poder compartirlas con el resto, pero dándole a escondidas otra casi del mismo tamaño.
Sabiendo lo que eso significaba, Teddy la tomó lo más disimuladamente que pudo, antes de correr escaleras arriba y ocultarlas de los demás dentro de su habitación. Ignorando la mirada inquisitiva de Molly Weasley por la travesura de esos dos.
- Se las quitaré luego, señora Weasley. – Dijo Pansy, tratando de ocultar su diversión antes de sentarse en su lugar, al lado de Harry, pues éste le había usurpado el lugar de su ahijado, para aceptar las galletas que le ofrecía Harry. – Gracias. – Musitó para ganarse el gruñido de Harry al tener su boca repleta de las mismas.
Pansy no pudo contener mucho más su carcajada al ver lo infantil que podía llegar a ser. Desde hace tiempo venía preguntándose quién era en realidad quién copiaba la actitud y modales del otro, pues nadie que los conociese podía adivinar que eso dos no tenían ni una pizca de sangre en común.
Mientras tanto, Harry ignoraba las miradas de los demás. Sí estaban esperando que negase algo, sencillamente no podía hacerlo. Después de todo, no iba a conseguir inventarse ninguna excusa para haber ido hasta Rusia por unas simples galletas, que en su opinión, no eran mejores que las que Pansy le hacía casi a diario. Un regalito de San Valentín con unos días de adelanto para que nadie malinterpretara sus intenciones, aunque no era más que el deseo de consentirla. No necesitaba pedirle permiso a nadie, Ginevra lo había dicho, era el maldito héroe del mundo mágico. Pansy misma se lo había dicho esa noche en el balcón, que a veces podía presumir con todo el orgullo que ese honorífico implicaba, porque a fin de cuentas, ella si lo creía un héroe.
Aunque quizás ella cambiase de opinión cuando se enterase del ataque a Draco, pero no había visto la necesidad, y todos estuvieron de acuerdo en guardar silencio, alegando que solo había sido un robo en su antiguo departamento.




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By Sy[You]

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