Las aspas giratorias en el techo de losa me hacen recordar las manos de Héctor sobre el volante, nunca me había tomado el tiempo de prestar atención hasta el día de hoy que se ofreció a traerme al consultorio. Al salir de casa él estaba de pie en el jardín ignorando el camino de piedra que se colocó especialmente para que el césped no fuese pisado, llevaba un termo para café colgando sobre el cuello, una chaqueta marrón, el cabello despeinado y sus lentes a medio acomodar en el bolsillo delantero de los pantaloncillos. Sus manos son incluso más claras que su rostro y esa pequeña vena que inicia desde su muñeca y termina en su dedo ondular me ínsita a acariciarla, es una sensación incontrolable, tan parecida al ver un fila de lápices en perfecto orden excepto uno y solo no te puedes resistir a colocarlo en simetría con los demás. Estaba desesperada por sentir ese borde desde el inicio hasta su final, girar su mano y con mis dedos recorrer cada pliegue de su palma y para terminar, como cualquier obra de teatro exitosa en donde son inevitables los aplausos: entrelazar nuestros miedos, besarlo y apreciar a la audiencia de pie, recorrer su cuello con mis labios y sentir el calor que su piel no puede dar. Calor que dejo de mostrarme hace tanto tiempo, calor que necesitaba para sobrevivir. La medicina adecuada para mí.
— Siento la tardanza — entrando de puntillas con una carpeta de cuero sostenida por su mano y su pecho—. Puedes creer que esta mañana salí de mi casa con un saco de capucha, el viento me cortaba la cara. ¡Mira el sol! — señalándomelo a través de la ventana—. Me estaba asando dentro del coche, el tráfico es un espanto. Ocurrió un accidente en la carretera junto al puente, esa que siempre esta solitaria e inundada. Falleció una persona joven. Nadie debería morir antes de los 18.
— Maldito padecimiento. — respondo con indiferencia a la innecesaria explicación de su tardanza.
— Vi a Héctor en su coche, justo en la entrada del consultorio. Me alegra ver que de nuevo quedan juntos.
— No estamos juntos. Al menos no de la forma en la que usted cree.
— Bueno. Por algo se empieza.
— Sí. Él volverá a quedarse a esperar fuera durante dos horas sin nada que hacer, salvo jugar Candy Crush y beber el contenido de una botella de Perrier que esconde disimuladamente en su termo porque el vidrio le provoca recelo, ni siquiera sé por qué lo hace, no le gusta el agua de burbujas. ¡No!, siendo sincera si lo sé, le recuerda a ese pintor que murió de neumonía y utilizó a Lise Tréhot como su Mona Lisa.
— ¡Vaya!. Sí que lo conoces bien.
El día que fui detectada Héctor empezó a actuar como si el diagnóstico hubiese sido cáncer terminal. No me dejaba sola ni medio segundo, se aseguraba de que me alimentará correctamente y cambio su horario para estar conmigo en gimnasia. Investigaba en libros y asistía a conferencias sobre el tema, casi siempre corría a mi casa cuando no respondía sus mensajes y por las tardes me mostraba algunos ejercicios de psicoterapia (ejercicios que por su cuenta había analizado, comprendido y memorizado). Luego. Con el tiempo, resulto que no solo estaba triste, sino que también pensaba mucho en las cosas, él y mis padres se preocupaban más por la montaña rusa de mi ritmo cardiaco que por las ganas que tenía de morderme la lengua y sentirla sangrar. Héctor me aseguraba que se encontraba bien pero yo sabía que no era así, estaba segura de que no estaba durmiendo y que ya no salía con nadie, había dejado de pagar sus clases de acordeón y en su casa cada vez se le veía menos. Durante todo ese tiempo cumplía con mi tarea y la suya, se ofrecía a llevarme a todos lados y solo se quedaba esperando, me exigía una llamada cada dos horas los fines de semana y con el paso del tiempo sus ojos dejaron de brillar. Estaba enferma y mi enfermedad lo estaba enfermando.
— Enah. ¿Me estas escuchando?.
— No. Discúlpeme.
Fijó su mirada en mí sin decir palabra alguna, casi podía oír sus pensamientos. Estar distraída es una mala señal, tal vez una de las más preocupantes y la que más me cuesta disimular.
ESTÁS LEYENDO
INESTABLE
Teen Fiction- Te amo - dijo sin ningún aviso, como la explosión de una bomba. - ¿Qué?. - Te amo y no espero una respuesta semejante de tus labios. Ni siquiera espero que finjas que sientes lo mismo o que seas sincera y digas que es un sentimiento estúpido y vac...
