Abrígate cuando salgas. Un día de diciembre puede venir con muchas sorpresas.

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Abrígate cuando salgas. Un día de diciembre puede venir con muchas sorpresas.

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24 de diciembre.

Que hermosas sonaban esas palabras dichas juntas en la misma oración.

Pero para Atsushi, quizás no tanto.

Venían acompañadas de muchas otras que eran capaces de alegrarte el día con solo pensarlas: luces, decoración, amigos; ¡Y como no! Los regalos.

Atsushi caminaba divertido por la acera en dirección a la Agencia. Se había levantado con más energías que nunca, y es que estaba ansioso por celebrar su primera Navidad.

No sería nada del otro mundo, simplemente un tazón de chazuke y la noche entre libros. Su mejor regalo.

En el orfanato era imposible realizar nada de eso. Ni luces, ni árbol, ni regalos... Solo un pedazo de pudin mal hecho después de la monótona cena.

«—Los niños sin padres no tienen derecho a celebrar ninguna festividad.»

Esas palabras.

Esas malditas palabras que lo perseguirían hasta el final de sus días o hasta el momento en que fuese lo suficientemente fuerte y se decidiera por sí mismo a olvidarlas.

Lo primero llegaría más rápido; eso es seguro.

Con palabras muy parecidas aprendió, no, le obligaron a aprender a que no podía llorar, bajo ningún concepto. Sin embargo, aquella noche lloró; pero de forma diferente.

Esta vez fue de alegría y emoción.

Sus ojos brillaban húmedos en lágrimas al igual que sus mejillas siendo recorridas por el caudal de agua salada que salía constantemente de sus lagrimales, pero no paraba de leer, feliz.

No se detuvo por más que sus globos oculares se lo pidieron, hasta que chocó con el punto final.

Esa noche del 24 de diciembre de sus nueve años se había encerrado en la biblioteca después de una de las palizas que ya eran cotidianas, esas que venían sin ningún porqué detrás pero que lo dejaban pensando en infinitos "¿Por qué?".

Los libros.

Ahí sumergía si mente en busca de ahogarla en palabras y frases que mataran esos sentimientos que le carcomían tanto física como mentalmente. Esa era su manera de olvidar que era un ser inservible y viajar a un mundo que —aunque fantástico— le hacía sentir más vivo que su propio corazón.

Y ahí lo encontró.

El causante de su llanto.

Había encontrado un libro viejo, lleno de polvo —como casi todos allí—, de tapa café y manchada de algo oscuro y pegajoso. Hablaba acerca de esa época del año en la que estaban, una antigua historia que se convirtió en tradición y las costumbres que actualmente se llevaban: decorar, realizar una cena y esperar a las 00:00.

Esa hora —según lo que leía— era mágica.

Después de todo un día de alegría y felicidad venía el momento más importante de todos: la llegada de Santa Claus; un viejo regordete, con incipiente barba blanca y vestido de un llamativo traje rojo, bajaba por la chimenea y dejaba regalos bajo el árbol a aquellos niños que se portaron bien durante todo el año, cumpliendo lo pedido por ellos en una carta dejada con anterioridad.

Pero había varios problemas, de los cuales no se percató hasta que finalizó con su lectura: no tenían ninguna chimenea, solo una pequeña estufa que servía para brindar un poco de calor en el frío corazón de ese lugar; no tenían árbol de Navidad, a duras penas conseguían alimentar a todos los niños para darse tal lujo; no había puesto ninguna carta, ya que recién y conocía del tema; y lo peor de todo, no era un niño bueno.

¿Por qué se convencía de ello?

Pues, no podía serlo si era golpeado y recriminado bajo las palabras «inútil», «monstruo», ¿verdad?

A los niños buenos no se les golpea ni dejan encadenados sin agua ni comida durante días enteros en una celda gélida y solitaria.

Los niños buenos no eran mirados con esa expresión de asco y odio con las que a él le servían de paraguas.

No.

No era un niño bueno.

Se hizo un ovillo bajo la si simple mesa de madera, abrazando sus pies, triste, decepcionado, al darse cuenta de que Santa no lo visitaría esa noche... ni ninguna otra.

Puesto no lo merecía.

No se lo había ganado.

Su regalo seguiría sin cumplirse porque él era «un niño malo».

El tiempo y demás, hizo que esa noche de sentimientos contraproducentes quedara excluida a algún lado de sus recuerdos; presente pero de manera secundaria.

Lo que no se imaginó ese Atsushi de 9 años, es que, irónicamente, nueve años después, su deseo se cumpliría; quizás no de la manera que esperaba, pero sí con un resultado mejor.

Caminaba, decidido, en dirección a él. Con una radiante sonrisa en su rostro que se asemejaba más al sol que a la luna, con un brillo propio que era imposible de igualar.

Momentos...

Recuerdos...

Peleas...

Risas...

Felicidad...

Todo eso venía acompañado de su regalo de Navidad atrasado.

No era un niño «tan» malo después de todo si Santa le había regalado eso.

Ese día subió las escaleras hasta el tercer piso de dos en dos, saltando y agarrando su bolsa. Se detuvo frente a la puerta, inspiró fuertemente, listo para comenzar un nuevo día.

Ya se había decidido.

Hoy, le devolvería el favor a Santa, por su regalo, por todo...

Terminaría rápido el trabajo que le dieran y volvería a casa, para preparar algo especial.

Sí, ese sería su regalo.

Sencillo, pero dentro cargaría todos sus sentimientos de gracias; de presente y de futuro.

—¡Bien! Allá vamos. —se palmeó el rostro con la palma de las manos.

Agarro el picaporte y abrió, dio un paso dentro de la Agencia Armada de Detectives.

Su regalo.

𝑴𝒆𝒓𝒓𝒚 𝑪𝒉𝒓𝒊𝒔𝒕𝒎𝒂𝒔 |❄︎| 𝐁𝐮𝐧𝐠𝐨 𝐒𝐭𝐫𝐚𝐲 𝐃𝐨𝐠𝐬 |❄︎| ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora