18. Un instinto animal

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El mundo se sentía distinto en ese instante, como si la muerte pusiese un peso extra en cada esquina. No le gustaba esa sensación, le hacía recordar a las personas que había visto morir.

También le recordaba a su propia muerte.

Conocía la manera en que la muerte entretejía sus hilos, silenciosa, con manos frías y huesudas que te acorralan como si fueses enterrado bajo nieve fría.

La muerte era escurridiza, una sombría aparición que llegaba sin antelación, otras veces era invitada a pasar, y también podía poner fecha a su visita. Una vez que se había ido, solo quedaban pruebas invisibles de que estuvo allí. Un corazón hueco, la más fehaciente de ellas.

Se detuvo frente al edificio de ladrillos. La única luz presente era la que venía de las farolas en la avenida. Apretó con fuerza el volante ocultando el rostro entre sus pálidos nudillos y dejando que el aire de la noche fría entrase por la ventanilla, aspiró hondo, casi marchitándose por dentro, percibiendo el aroma característico de la sangre fría.

Entonces prendió la pequeña lucecilla para observar la sangre seca entre sus dedos, enmarcaban una tragedia. Contuvo el impulso de gritar, sabía que no serviría de nada, nunca lo había hecho. Maldiciendo, sacó un viejo paño desde la guantera e intentó que la sangre desapareciese.

Estuvo unos segundos allí, con el ceño contraído y la mirada perdida en uno de los departamentos. Luego, bajó del auto y se metió en el edificio. El pasillo estaba en silencio cuando el ascensor se abrió y el aroma a desinfectante le envolvió. Caminó con prisa, antes de detenerse con el instinto prendiendo una luz roja en el fondo de su cerebro.

Entonces corrió.

Las luces del pasillo se encendieron a medida que él avanzó hacia la puerta cerrada. El aroma del chico aun presente le tranquilizó, sin embargo, cuando la puerta se abrió, lo que vio allí fue tan paralizante como el aviso de la muerte.

Sangre decoraba el picaporte y varias marcas en dirección irregulares estaban impresas en la madera, como si un animal hubiese arañado para escapar. El pánico le sacudió.

-¡Sun!- Llamó.

No recibió respuesta alguna, solo el silbido del viento llegando desde el ventanal abierto. Se adentró en el pequeño pasillo que daba a la habitación. Era extraño, el rastro de sangre en forma de dedos se detenía en el baño, mientras que la habitación estaba inmaculada, excepto por la sábana que se encontraba hecha jirones a un lado de la cama.

Mark trastabillo hacia atrás, mientras sacaba su teléfono y salía del lugar. No tuvo tiempo de esperar al ascensor. Él comenzó a bajar las escaleras y gruñó acompañando cada tono que le enviaba más cerca del buzón de voz.

-¿Sucedió algo?- La voz de Jeno sonó agotada al otro lado.

Mark empujó la puerta del edificio y salió al frío del exterior. Miró en ambas direcciones, expandiendo sus pulmones para captar cualquier rastro que un aroma pudiese dejar.

-Sun desapareció- dijo, dirigiéndose al auto. Empujó las llaves en la rendija y el motor rugió. -Debe faltar unos días para la luna llena, ¿Crees que eso le afectó?

Jeno masculló un debate consigo mismo.

-Dijiste que él no lo sabía... yo... no lo sé. Llamaré a Yukhei y preguntaré. Ve hacia la carretera, si huyó por la luna entonces buscará un lugar oscuro y silencioso.

-¿Crees que caminó hacia el bosque?

-Creo que puede ser una opción. Envíame la ubicación de su casa, lo buscaré alrededor mientras tanto.

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