Amigos desde que tienen memoria, hermanos con distinta sangre en sus venas. Compañeros, confidentes, guardianes de sus mutuos secretos pero cuando uno de los dos da un paso en contra de la amistad y en favor del verdadero sentimiento, algo cambia, a...
Ni en un millón de años podría superar el nivel de nervios que tengo ahora, es casi inhumano el temblor de mis manos, de mis labios, de mi cuerpo entero. Él se encuentra rígido bajo mi cuerpo, inmóvil, casi pareciera que todo se detuvo y una vergüenza infinita comienza a aflorar en mi piel. Debo lucir realmente ridículo ahora mismo, casi rogando por un gesto suyo, por una muestra de ese amor que dice tenerme sin embargo no pasa nada, no hace absolutamente nada y yo no tengo más que esperar.
Sonrío con una amargura que me llega hasta el alma y deslizo mis tontas manos de sus hombros, las siento torpes y pesadas, están haciendo un papel tan ridículo que quisiera arrancarlas de mí. Él permanece quieto, ni siquiera me devuelve la mirada y entonces es cuando me doy cuenta de que tal vez estar enamorado de mí no es cosa de hoy, tal vez fue en tiempo pasado y soy solo yo quien sigue cargando con sentimientos culpables y absurdos. Me levanto de sus piernas y camino a la puerta, necesito que se vaya porque no puedo soportar su rechazo, no si lo hace de manera verbal.
-Por favor, Joel...déjame solo. -No responde, no me mira, luce como un completo muñeco de trapo en el sofá. -Joel...por favor. -Escucho mi voz a punto de quebrarse y él sigue sin reaccionar, mi límite cuelga de un hilo y no quiero explotar delante de él. -Cierra cuando salgas.
Hablo por última vez sabiendo que no va a responder y casi corro a mi habitación, saber que está en el apartamento no me alivia en nada pero como ni siquiera me respondió, lo mejor es dejarlo solo y encerrarme lo más lejos que pueda. Podría salir, ir al bar y beberme todo lo que mi cuerpo admita con tal de olvidar la ridiculez que acabo de hacer pero me tiemblan las piernas y mi corazón está destrozado, si creía que lo que pasó la semana anterior dolía, es porque no tenía idea de lo mal que me iba a hacer sentir ahora.
Mi cuerpo cae como peso muerto en la cama, temblando de impotencia y de dolor, de un dolor que se manifiesta en una cascada de lágrimas impetuosas y descontroladas. Pasé toda mi vida ocultando lo que siento, derivando mis deseos hacia otros cuerpos, ignorando cada latido errático de mi corazón que pedía a gritos por él, obligándome a callar lo que quema mi garganta porque mi amor por él no era prudente, no era sano, no era normal. Pasé años trabajando en controlar los impulsos de gritarle que lo amo, de besarlo hasta desfallecer, de recorrer su cuerpo con mis manos, siendo el mejor amigo incondicional porque puse su ignorancia sobre mis verdaderos sentimientos para su propio beneficio por encima de mi propia satisfacción personal, porque él merecía estar ajeno a mis impuros deseos por ser suyo, él debía simplemente ser feliz y tener un amigo en quien confiar.
Cada vez que sus ojos me miraron, cada una de las miles y miles de veces que nos miramos a los ojos, yo moría por dentro porque lo miraba con tanto amor que me quemaba vivo y a su vez, era real, siempre mi amor como amigos fue real aunque debajo de la superficie mi alma caminara al infierno por el hecho de anhelar ser algo más para él. Joel es el único hombre que me ha gustado, el único hombre con quien quiero estar, por eso aquella noche, hace cuatro largos años, me llené de valor y caminé a su puerta con la convicción necesaria para decirle, para dejar todos mis sentimientos en sus manos, porque yo no podía más con el peso del amor que le tenía sin embargo, al abrir la puerta, el mundo perdió su color, él estaba con alguien más y todo se volvió negro.
Me emborraché llorando mis penas, sintiéndome un traidor de la amistad, juzgándome a mí mismo por haber estado a punto de cometer un error y entonces, lo ví a él, ese hombre que se llevó mi virginidad de manera dolorosa y cruel, ese hombre del cual no volví a saber pero que fingí era Joel para poder entregarme. Fue una noche horrible, doy gracias por no haber tenido que verlo otra vez pero después de ese día, juré que enterraría lo que sentía por mi mejor amigo. Fui un iluso, un tonto e ingenuo iluso, mi amor por él solo creció y día tras día lloraba en silencio por la realidad de no tenerlo, de ser su mejor amigo y saber que jamás iba a mirarme de otro modo.
Cuatro años pasaron, muchas camas, muchos cuerpos, muchos momentos fingidos porque era lo correcto, era correcto que estuviera con mujeres, era correcto que él solo fuera mi mejor amigo, era correcto que diera lo mejor de mí para brindarle todo lo que merecía, todo menos lo real de mi devoción por él. Cuatro años llenos de realidades tan falsas que dolían, de abrazos tan sinceros que eran una ironía, de besos tan deseados que no eran más que la mínima parte de los que quería darle pero ya la suerte estaba echada, la vida había hablado y la dura realidad me había golpeado la cara de la mano de la persona que más amaba. No le hizo falta hablar para destruirme, no le hizo falta nada para terminar de romper el cascarón vacío que envolvía a mi ya muerto corazón. Solo quedaba la esperanza de que el dolor de un amor eterno, eterno y prohibido, pasara más rápido que lo que costó amarlo porque si demoraba lo mismo, yo simplemente no tendría absolutamente nada que me asegurara que no iba a morir en vida.
Los minutos pasaron, las horas tal vez, no tenía idea de cuanto tiempo estuve llorando sobre el colchón, no sabía si Joel se había ido aunque rezaba que si, no tenía idea de quien era yo en este momento porque la tristeza era tan densa que la sentía como un intruso en la habitación. Me aferré a mi propio cuerpo frío debajo de las mantas y me quedé helado cuando sentí la puerta, él había entrado y yo no tenía fuerzas para escucharlo hacer oficial su rechazo.
-Yo te he amado desde la primera vez que vi tus ojos, siempre lo supe pero nunca lo dije. Todos estos años han sido un maldito infierno para mí porque he sido tu amigo con sinceridad y al mismo tiempo un hipócrita que solo quería besarte cuando te veía. Eres todo lo que he anhelado en mi vida, amarte ha sido tal vez lo más doloroso que he sentido porque tenía que respetar nuestra relación y tú felicidad estaba por encima de la mía propia. Estoy enamorado de tí, Erick, siempre fuiste tú la persona que tenía mi corazón en sus manos.
Decir que estaba sorprendido, era faltarle el respeto a los latidos inhumanos de mi corazón, mi pecho se encontraba tan fuertemente apretado que no sabía distinguir si realmente estaba muriendo o era tan solo un efecto de los deseos de llorar que me apresaban el alma. No pude responder, no pude articular la más simple de las palabras porque mi mente estaba bloqueada y solo podía sentir el calor de sus brazos abrazándome por la esplada debajo de las mantas. Me volteé sin mirarlo y dejé que me arrullara como a un niño en su pecho, besó mi frente y supe que era cierto, que su amor era cierto, supe que no quería salir de ahí jamás y en esa cama, en esa noche fría de dolores y corazones rotos, un latido renovó al músculo que me trajo de vuelta a la vida.
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