Capítulo 7 [Editado]

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—¡Eleanor! ¿Por qué no me dijiste que venías? —dice Ashley sorprendida al entrar a su casa y verme bajar las escaleras a alta velocidad— ¡Oye, espera! ¡¿Ya te vas?!

Atravieso la puerta para salir sin hacerle el más mínimo caso o tan siquiera dirigirle una palabra. Sí, Ashley puede que sea mi mejor amiga desde siempre, pero también es la hermana de Fred; y este momento no solo lo odio a él, sino también todo lo relacionado con su existencia.

Camino tan rápido por la acera de la urbanización, y estoy tan enojada, que me cuesta menos de tres segundos hacer detener un taxi. Cuando me monto en el carro amarillo, le digo al hombre mi dirección y suelto el llanto de furia que contenía. Abro la estúpida caja de muffins, y me introduzco a la boca uno tras otro, sin masticarlos bien.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —asiento sin dejar de comer y llorar al mismo tiempo—. Disculpe que me entrometa, pero se puede enfermar del estómago.

Ignoro el aviso y continúo. No me interesa si me enfermo; algo, aunque sea la comida tiene que llenar el vacío que siento, algo tiene que calmar mi ansiedad. Al menos, la sensación de tener el estómago lleno opaca un poco mis pensamientos.

Cuando llego a la casa, subo corriendo al baño dentro de mi habitación. De inmediato me arrodillo y vomito todo sin dejar de llorar.

El taxista tenía razón.

¡Juro por mi vida que Mary Gilbert me las va a pagar!

Una vez me repongo, tomo una ducha y me cambio el uniforme escolar por algo cómodo para andar en la casa.

Mi madre entra sin tocar y me ve salir del vestier.

—Mandy me dijo que llegaste. Iré al club de golf con mis amigas. Berenice Harvey llevará a una de sus hijas, ¿no quieres venir tú también?

—No, mamá, gracias —respondo mientras me hago una cola de caballo frente al espejo de la cómoda.

Espero que no se me note que estaba llorando.

—Tienes los ojos hinchados. ¿Estabas llorando?

Mierda.

Volteo hacia mamá.

—¿Qué te sucedió? —me pregunta, cruzando los brazos.

No pregunta por preocupación, como creo que se esperaría de cualquier madre común; sino para, en caso que le confiese que sí, regañarme y criticarme por no ser la chica frívola, astuta y para nada vulnerable que quiere que siempre sea.

—No estaba llorando, mamá. Solamente es esa maldita alergia que siempre me da —miento. De hecho, nunca nada me da alergia; esa es la mentira recurrente que le digo cuando por alguna razón no puedo evitar llorar.

—Mmm, bueno —parece convencida—. Ponte unas rodajas de pepino, tienes esa cara horrible.

Genial, justo lo que necesito escuchar.

Sí, así es mi mamá. Una madre fuera de serie. ¿Ojos de amor? Ella nunca me ha visto con ellos, todo lo contrario, siempre se encarga de darme su opinión objetiva sin compasión.

—Me voy. Si me tardo demasiado en llegar le dices a Mandy que prepare salmón ahumado para cenar. Sabes que tu padre siempre llega hambriento por la noche.

Asiento.

—Está bien, mamá. Que te vaya... bien —termino la oración susurrando la última palabra, o más bien diciéndola para mí misma, porque mamá se marcha antes de que acabe lo que le estaba diciendo.

Suspiro profundamente agotada y me acuesto en la cama dejando caer mi cabeza sobre una nube, que en realidad es solo una pila de almohadas esponjosas bien acomodadas.

La Mala del Cuento [Editada]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora