Las Invitaciones

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En mi sueño reinaba una oscuridad muy densa, y aquella luz mortecina parecía proceder de la piel de Louis. No podía verle el rostro, sólo la espalda, mientras se alejaba de mí lado, dejándome sumido en la negrura. No lograba alcanzarlo por más que corría; no volteaba por muy fuerte que lo llamara. Triste, me desperté en medio de la noche y no pude volver a conciliar el sueño durante un tiempo se me hizo eterno. Después de aquello, estuvo en mis sueños casi todas las noches, pero siempre en la distancia, nunca a mi alcance.

El mes siguiente al accidente fue lento, tenso y, al menos al principio, embarazoso.

Para mi desgracia, me convertí en el centro de atención durante el resto de la semana. Tyler Crowley se puso insoportable: me seguía a todas partes, obsesionado con compensarme de algún modo.

Intenté convencerlo de que lo único que quería era que olvidara lo ocurrido, sobre todo porque no me había sucedido nada, pero continuó insistiendo. Me seguía entre clase y clase y en el almuerzo se sentaba en nuestra mesa, ahora muy concurrida. Taylor y Eric se comportaban con él de forma bastante más hostil que entre ellos mismos, lo cual me llevó a considerar la posibilidad de haber conseguido otro admirador no deseado.

Nadie pareció preocuparse por Louis, aunque expliqué una y otra vez que el héroe era él, que me había apartado de la trayectoria de la camioneta y que había estado a punto de resultar aplastado.

Intenté ser convincente. Tom, Taylor, Eric y todos los demás comentaban siempre que no lo había visto hasta que retiraron la camioneta.

Me preguntaba por qué nadie más había visto lo lejos que estaba antes de que me salvara la vida de un modo tan repentino como imposible. Con disgusto, comprendí que la causa más probable era que nadie estaba al pendiente de Louis como yo. Nadie más lo miraba de la forma en que yo lo hacía. ¡Lamentablemente!

Louis jamás se vio rodeado de espectadores curiosos que deseara oír la historia de primera mano. La gente lo evita como se costumbre. Los Tomlinson y los Horan se sentaban en la misma mesa, como siempre, sin comer, hablando sólo entre sí. Ninguno de ellos, y él menos, me miró ni una sola vez.

Cuando se sentaba a mí lado en clase, tan lejos de mí como se lo permitía la mesa, no parecía estar consciente de mi presencia. Sólo de formal ocasional, cuando cerraba los puños de repente, con la piel tensa sobre los nudillos aún más blanca, me preguntaba si realmente me ignoraba tanto como aparentaba.

Deseaba no haberme apartado del camino de la camioneta de Tyler. Ésa era la única conclusión a la que podía llegar.

Tenía mucho interés en hablar con él, y lo intenté al día siguiente del accidente. La última vez que lo vi, afuera de la sala de emergencias, los dos estábamos demasiado furiosos. Yo seguía enfadado porque no me confiaba la verdad a pesar de que había cumplido al pie de la letra mi parte del trato. Pero lo cierto es que me salvo la vida, sin importar cómo lo hizo, y de noche el calor de ira se desvaneció para convertirse en una respetuosa gratitud.

Ya estaba sentado cuando entré en Biología, mirando al frente.

Me senté, esperando que volteara. No dio señales de haberse percatado de mi presencia.

—Hola, Louis—dije en tono agradable para demostrarle que iba a comportarme.

Ladeó la cabeza levemente hacia mí sin mirarme, asintió una vez y miró en dirección opuesta.

Y ése fue el último contacto que había tenido con él, aunque todos los días estuviera ahí, a treinta centímetros. A veces, incapaz de contenerme, lo miraba a cierta distancia, en la cafetería o en el estacionamiento. Contemplaba cómo sus ojos dorados se oscurecían de forma evidente día a día, pero en clase no daba muestras de saber de su existencia que las que él me daba a mí. Me sentía miserable. Y los sueños continuaron.

crepúsculo /l.sDonde viven las historias. Descúbrelo ahora