Capítulo 2. El poema robado

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-Vamos, no te quedes ahí o te verá-le dijo el muchacho mientras la agarraba del brazo y la acercaba un poco más hacia donde estaba el timón:-Tranquila, ese hombre no te molestará más. Por cierto, mi nombre es Alejandro.  ¿Y tú cómo te llamas?

-Perséfone-contestó algo nerviosa y aún confundida-. Mire, yo mejor me...

-¿Perséfone? ¿En serio?-preguntó Alejandro extrañado-. Pobrecilla...te llamaré, Per.

-¿Qué?-se enfadó Perséfone a pesar de estar asustada- ¿Por qué? Me gusta mi nombre.

-¿Ah sí?-siguió sorprendiéndose Alejandro.

-Sí-enfadándose más. Ese tal Alejandro era muy idiota. Eso no le confirmaba que era un pirata, pero sí que era un hombre-. Es un nombre griego muy bonito. No es común. Es difícil encontrar a otra Perséfone. Al contrario que Alejandro que además es...feo.

-No es cierto, porque lo llevo yo-dijo Alejandro con altivez soltando una risotada y moviendo el timón. El barco ya empezaba a moverse y alejarse poco a poco del puerto.

-Pues a mí no me gusta. Por eso te llamaré...-miró a los lados en busca de inspiración y al bajar la mirada hacia su vestido dijo:-Nuez.

-¿Nuez? ¿Por qué me...?-pero se cortó al mirarla-. ¡Tienes mi nuez!

-¿Qué? ¡Au!- gritó Perséfone pues Alejandro le había arrancado de un tirón el colgante que se había atado al cuello.

-Por eso huías. Habías robado a alguien y ese guardia te pilló- reflexionó Alejandro y luego se indignó:- ¡Me robaste!

-No-negó Perséfone-. Yo sólo...

-Sí, claro- la cortó Alejandro-. Excusas y mentiras, las sé todas.

-Pero si no he dicho...

-Ya, ya, ya... ¡Ocho! ¡Amarillo!

-¿Qué?-se extrañó Perséfone.

Enseguida, a su lado aparecieron dos hombres. Uno era gordo con unos enormes monóculos redondos unidos entre sí que se mantenían sobre su nariz gracias a unas cuerdecillas enlazadas a sus orejas, y el otro era un muchacho vestido desde la cabeza a los pies con ropas de un destacado color amarillo.

-Llevad a esta ladrona al calabozo. Más tarde la tiraremos por la borda-ordenó Alejandro con una sonrisa.

-¡Genial! Hace mucho que no tiramos a nadie por la borda-se alegró Amarillo.

-¡Sí! Pero esta vez lo haremos algo alejado de tierra firme-dijo Ocho-. ¿Os acordáis del tipo aquel? Vaya cabezazo se dio.

Alejandro y Amarillo asintieron con pesar.

-Pero al menos salió a flote - recordó Alejandro-. Bueno, ¿a qué esperáis? Lleváosla

-¡No, espera...!-empezó a decir Perséfone.

Pero los hombres la cogieron por los brazos y se la llevaron entre risas a la fuerza hasta los calabozos.

Mientras tanto, Alejandro se ató la nuez al cuello y cogió el pergamino que había robado de aquel museo. El puerto ya no se veía, el barco estaba por fin en mar abierto.

-¡Marineros!-llamó Alejandro a su tripulación colocándose delante del timón para ver mejor. Como su tripulación lo miraba con mala cara, se corrigió y dijo:-¡Piratas! Lo tengo. Nuestro viaje no fue en vano.

Los piratas aplaudieron con entusiasmo, algunos silbaron y otros pegaron un buen trago de la botella que tenían en la mano.

-¡Vamos, capitán! Indícanos que rumbo tomar.-dijo uno con una gran barriga

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