El día que Laia se dio cuenta de aquello la plaza reflejaba, en los charcos de agua, los colores de un atardecer seminublado.
Quizá debió intuirlo desde el primer momento, porque todo parecía sacado de un cuadro: los colores, las texturas e incluso ella misma parecía hecha de acuarelas.
O tal vez debió sospecharlo por la lejanía que demostraba él aquella tarde. Sus movimientos, aunque de dibujo, no parecieron fuera de lugar mientras transitaban aquella plaza. Ella, visiblemente más alegre que él, hablaba sin parar con entusiasmo infantil, y recibía medias sonrisas de vez en cuando.
Y al llegar a la esquina todo había desaparecido. Los bancos, los charcos de agua e incluso el atardecer. Laia se encontraba en una inmensa oscuridad y se sentía desorientada. En esa negrura que la tenía atrapada, buscaba en vano la mano de su enamorado.
Un tirón en el estómago la devolvió a la realidad. Estaba de pie, pero en la vereda opuesta.
No entendía por qué (o cómo) había llegado hasta ahí, no entendía por qué estaba sola y tampoco entendía por qué de repente todo se movía en una velocidad diferente frente a ella.
Una cantidad indescriptible de imágenes se sucedían en esa esquina, imágenes de acuarela en días soleados y lluviosos, de gente caminando, bajando de sus autos, tomando fotos. Y una que casi pasó desapercibida si no fuera por lo familiar que le resultó: una plaza de pintura y dos siluetas caminando de la mano. Un boceto de ella misma momentos atrás.
Sin embargo tardó un momento en reconocerse, lo suficiente para que las siluetas llegaran hasta la esquina y Laia entendiera por qué todo se había oscurecido.
Dos autos acababan de chocar frente a sus ojos y alguien había quedado atrapado entre ellos. Primero vio un zapato volar en el aire y luego, el suelo pintándose de rojo. Buscó el paradero del zapato y lo descubrió justo a sus pies. Lo reconoció a la perfección: número treinta y siete, sin cordones.
Solo así supo lo que pasaba.
Laia estaba muerta.
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La casa encierra ecos
Short StoryEl encierro que trajo el 2020 fue la oportunidad perfecta para escuchar mejor a las historias que, tales como el eco, rebotaban en las paredes de mi casa, escapándose de mi mente. Historias que ahora están reunidas en este ¿libro? No son todas, clar...