A través de mis ojos puedo ignorar qué hora es, como puedo ignorar manos que no saben cómo acariciarme.
Mis pasos me llevan a una esquina oscura y solitaria. Me tomo mi tiempo para estirarme y mis sentidos me advierten de la presencia de alguien más.
Recostado sobre un muro enciende un cigarro. No puedo evitar acercarme. Su mano huesuda me acaricia, es un tacto sorprendentemente suave, poco humano: me gusta.
-Un irónico regalo de la vida -me dice.
Se termina su cigarrillo y estoy seguro de que va a fumarse otro pero se acerca al borde de la calle y lo sigo. Sin embargo me dedica una mirada imperativa para decirme que me quede en mi lugar.
Advierto el peligro y me quedo estático incluso cuando la moto pasa a toda velocidad y se estrella contra el asfalto.
-Es que no es tu hora -me explica-, es la de él -y señala al sujeto tendido en la calle.
Por supuesto que no es mi hora, los gatos tenemos siete vidas. Si no fuera así, jamás me habría dejado acariciar por la Muerte.
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La casa encierra ecos
Short StoryEl encierro que trajo el 2020 fue la oportunidad perfecta para escuchar mejor a las historias que, tales como el eco, rebotaban en las paredes de mi casa, escapándose de mi mente. Historias que ahora están reunidas en este ¿libro? No son todas, clar...