NADA ES LO QUE PARECE...I...cap VIII

18.4K 1.8K 59
                                        

—¿Crees que podamos sobrevivir...? —preguntó Jimin con la voz quebrada, una mezcla de cansancio y desesperanza. Sus ojos se notaban vidriosos, oscuros por las noches sin dormir, y sus labios resecos apenas podían articular aquellas palabras.

—Lo haremos... —respondió Jungkook con firmeza, acercándose a él para sostenerlo entre sus brazos—. Solo confía en mí... yo cuidaré de ustedes, aunque me cueste la vida.

Jimin bajó la mirada, apretando sus puños contra sus piernas temblorosas. La idea de confiar en Jungkook lo revolvía por dentro, pero al mismo tiempo no tenía a nadie más.

—¿Cuánto tiempo soportaremos comiendo solo verduras y frutas? —susurró, casi con odio—. Todos los días lo mismo... Perdón, pero últimamente mi estómago está demasiado sensible... odio la comida que preparas... odio todo esto.

Jungkook parpadeó, sintiendo el golpe de esas palabras como una daga. Forzó una sonrisa amarga.

—Lo siento... —murmuró—. Es que soy muy mal cocinero.

Jimin se giró hacia la ventana rota de la cabaña, donde entraban ráfagas de viento frío. Su vientre apenas empezaba a notarse, pero él lo sentía como una carga insoportable. Tenía dos meses de embarazo, un hecho imposible y cruel. Como alfa, su cuerpo no estaba diseñado para dar vida, y eso lo hacía cada vez más vulnerable. Pasaba sus días entre vómitos, mareos y un cansancio que lo obligaba a dormir más de lo que deseaba. Era un tormento constante, una tortura que no sabía cuánto resistiría.

Mientras tanto, Jungkook hacía lo imposible por buscar nuevas frutas, raíces y hierbas en el bosque, aunque cada día era más difícil. La sequía, los animales salvajes y la falta de experiencia lo ponían al límite. Sin embargo, lo único que lo mantenía en pie era ver a Jimin y saber que, aunque lo odiara, aún seguía vivo junto al hijo que crecía en su vientre.

—Jeon... sabes que te odio... —escupió Jimin con rabia contenida.

Jungkook lo miró en silencio. Sus ojos oscuros brillaban con un dejo de tristeza, pero aun así dejó escapar una sonrisa suave.

—Lo sé... pero ahora déjame ayudarte.

Jimin temblaba, débil, intentando ponerse de pie para ir al pequeño balde de agua en la esquina de la cabaña. Pero sus piernas lo traicionaron, y de no ser por Jungkook, habría caído de bruces al suelo.

—Odio no poder bañarme por mí mismo... —gruñó, con lágrimas de impotencia resbalando por sus mejillas—. Te odio, Jeon... te odio por lo que me hiciste.

—Lo sé... —repitió Jungkook con la voz rota.

Con extrema delicadeza, Jungkook lo despojó de sus ropas sudadas. Sus manos grandes, aunque torpes, se movían con un cuidado casi reverente. Con un paño húmedo limpió su piel febril, acariciando cada rincón de su cuerpo enfermo, intentando transmitirle calma. Lo sostuvo contra su pecho mientras lo enjuagaba con agua fría, susurrándole que resistiera, que no estaba solo. Cuando terminó, lo secó con suavidad y lo vistió nuevamente, como si fuera un cristal a punto de romperse.

Jimin, agotado, apenas pudo protestar antes de que sus ojos se cerraran. El cansancio lo venció y cayó en un sueño profundo.

Jungkook lo cargó hasta la cama improvisada en la cabaña, cubriéndolo con las mantas más gruesas que tenían. Luego, sin fuerzas, se dirigió a la pequeña fogata para preparar algo de comer, aunque sabía que Jimin rechazaría la mayor parte.

Mientras cortaba unas raíces duras y frutas silvestres, su mente era un caos. No sabía qué pensar de Jimin. Últimamente lo invadía una sensación de empatía, incluso de ternura hacia él. Pero también lo corroía la culpa. Había sido un monstruo, había tomado lo que no le pertenecía, había marcado a Jimin con un hijo que jamás pidió. Y, pese a todo, Jimin no había intentado matar a ese bebé... eso lo hacía sentirse agradecido y, al mismo tiempo, aún más condenado.

Y en medio de todo, su corazón no dejaba de clamar por Taehyung. Lo extrañaba con cada fibra de su ser, lo anhelaba al punto de la locura. Pensar que todo esto podría herirlo lo torturaba sin piedad. Nunca se lo dijo, nunca confesó que lo amaba, pero Taehyung siempre había sido la persona más importante en su vida. El miedo a lastimarlo lo desgarraba en silencio.

Por otro lado, Jimin vivía un infierno propio. Cada vez que despertaba y sentía el peso en su vientre, la culpa lo estrangulaba. Había traicionado a su esposo, a quien amaba más que a su propia vida. Como alfa, sabía que ser sometido al punto de concebir era humillante, denigrante, una mancha imposible de borrar. Sentía repulsión de sí mismo, odio por su debilidad.

En la historia de su mundo, los pocos casos de alfas embarazados habían terminado en tragedia. Los que lograban sobrevivir tomaban la decisión de acabar con el bebé en sus entrañas, incapaces de cargar con semejante vergüenza. Porque no había nada más humillante que un alfa vencido por otro alfa.

Era la misma lógica cruel que prohibía a dos omegas estar juntos: se decía que los omegas eran propiedad de los alfas, que solo ellos podían poseerlos. Dos omegas juntos no tenían sentido en los ojos de la sociedad, se decía que no podrían protegerse entre sí. Y, aún más, que la concepción entre ellos era casi imposible.

Ese mundo estaba regido por leyes de sangre, poder y sometimiento... y ahora Jimin era un ejemplo viviente de lo prohibido. Un alfa que cargaba el fruto de otro, un alfa que había caído en lo más bajo.

Y mientras el fuego chisporroteaba en la cabaña, Jungkook se preguntaba cuánto más resistirían... él, Jimin y aquel hijo que jamás debió existir.

CONTINUARÁ...

MI REY Donde viven las historias. Descúbrelo ahora