LEALTAD III +21... cap XIII

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🌑 Minutos de Agonía... y Condena 🌑
MINUTOS DESPUÉS...

El golpe fue un susurro, arrastrado, resonando con una lentitud casi sacrílega. No era la urgencia bruta de una amenaza inminente, sino la paciencia helada de una fatalidad predestinada.

Eso fue lo que rompió la coraza de Jin.

No era una visita desesperada que buscaba refugio. Era la sombra metódica de alguien que no solo conocía su ubicación exacta, sino el porqué de su aislamiento. La certeza de que había sido encontrado.

Jin se irguió de su asiento con una cautela animal, la respiración corta y superficial. Una punzada de pánico frío, desconocida para él, se clavó en su pecho. Al girar el pomo y abrir la puerta, el tiempo pareció disolverse en una niebla pesada y rojiza.

—¿Qué demonios haces acá...? —su voz salió contenida, como un hilo de alambre tenso, luchando contra el asombro más profundo.

Jhope estaba allí, inmóvil en el umbral. Su postura era de una calma absoluta, inquietantemente pulcra. Y esa sonrisa. No transmitía calidez, ni burla. Era una máscara de hueso y crueldad, algo que había abandonado todo vestigio de humanidad.

—Asesiné a todos tus hombres... ja, ja, ja —dijo Jhope. La risa fue un sonido seco, sin alegría, una afirmación de hecho, y sin siquiera elevar el tono, sentenció el mundo de Jin a muerte.

El aire se hizo denso, viciado, como si un gas tóxico se hubiera liberado.

—¿Qué...? —Jin dio un paso atrás, la incredulidad luchando contra el horror que comenzaba a ascender por su garganta.

—¿Por qué no llegaste a salvarlos?

—¿Salvarlos...? —repitió Jin, aturdido, sintiendo la ofensa subir como bilis. ¿Cómo se atrevía a culparlo?

Jhope ladeó la cabeza, sus ojos brillando con una luz fría y analítica. Lo observaba como el juez observa al réprobo, o el científico al espécimen fallido.

—¿De verdad pensaste que mis celos nublan mi juicio? —Su tono se había congelado, volviéndose acero pulido—. Sí, me vuelvo violento... pero Jungkook siempre protegió a sus hombres. A diferencia de lo que todos creen, no me cuidaba a mí... los cuidaba a ellos.

El rostro de Jin se contrajo, los músculos tensos, reconociendo la verdad ineludible en esa afirmación perversa.

—Eres un monstruo.

—Ja, ja, ja... sí —aceptó Jhope con una indiferencia brutal—. Pero dime... ¿qué hay de ti? ¿Qué eres tú, Jin?

—¿De qué hablas...?

Jhope avanzó un paso, cruzando el umbral. El olor de la habitación cambió. El aire se saturó con la colisión de sus esencias. Las feromonas de Jhope eran un veneno dulce, una amenaza envolvente.

—Otro omega —susurró, y la palabra se sintió como una maldición. Sus ojos se clavaron en Jin con conocimiento profano—. Sé quién eres. Sé de dónde vienes. Hijo de una prostituta de la calle. Seguro no sabes ni quién es tu padre, el perro que la montó. Por eso odias a los omegas. Porque te odias a ti mismo.

—Cuida tu boca —gruñó Jin, sus puños apretados, la sangre hirviéndole.

—¿Acaso no es verdad? —continuó Jhope con una burla devastadora—. Eres igual que tu madre... una puta barata y sin honor. Porque sé que eres igual que yo. Un omega. Por más que ocultes tu hedor con supresores de mierda. Te huelo.

—¡Maldito seas! —gritó Jin, sintiendo que el último vestigio de su control se hacía añicos.

—Ja, ja, ja... tú y yo jamás seremos iguales —dijo Jhope, el desprecio escupido con cada sílaba—. Tú eres hijo de una puta sin nombre que vendía su cuerpo en tugurios. Yo soy hijo de los Condes del Norte. Mi madre fue una princesa y heredera. ¿Entiendes la diferencia, basura?

MI REY Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora