Descubrimiento

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NARRA HINATA

No suelo recibir mucho correo, sólo facturas y alguna que otra carta de mi hermana o de mi tía.

Pero desde hace unos días mi buzón ha estado lleno de cartas anónimas, de cartas llenas de amor.

Por eso, siempre que llega una, no puedo evitar emocionarme, cómo si fuera un adolescente al que le declaran su amor por primera vez.

Hay veces que no aparecen en mi buzón, si no en mi puerta, junto a algún pequeño regalo.

Antes de ayer fueron unas flores, ayer una carta, y hoy no sé, tengo que esperar a llegar a casa.

-Obrigado. Nos vemos amanhã (Gracias. Nos vemos mañana- me despido de la recepcionista y salgo de la academia.

La noche es fría y nublada. Un gélido viendo mueve las hojas de los árboles y también mi pelo débilmente. Me pongo la capucha de la sudadera y meto mis manos en los bolsillos. Hace frío, pero es parte del clima de Brasil: mañanas y noches cálidas, pero el tiempo puede ser impredecible, y he tenido la mala suerte de no coger el autobús hoy.

Son las nueve y cuarto, y a pesar de ser temprano puedo oír a lo lejos, en la costa, música. Supongo que será una fiesta, hacen muchas todos los días.

Por eso cogí un piso alejado de la costa, porque el ruido por la noche nunca me deja dormir.

Estas fiestas suelen ser inofensivas, suelen... Pero supongo que por el frío no durarán mucho ahí.

Por la avenida por la que estoy transitando todavía pasan niños. Es verano y los niños están de vacaciones, así que es normal verlos corretear por las calles, jugando a la rayuela, a la comba, o con un balón. Al lado hay bares donde están los padres que vigilan a sus hijos mientras disfrutan de alguna bebida y de una charla con sus amigos.

Según voy avanzando los sonidos de las risas, los niños y las luces van desapareciendo, dando a un lugar menos lujoso pero igual de confortable de ver. Es el barrio donde vivo, algo más pobre en cuanto a grandes edificios y gente de dinero, pero las personas de aquí son majas y no hay mucha delincuencia.

No tardo más que un par de minutos en divisar mi edificio.

Es blanco con algunos detalles-pintados por los mismos vecinos-en diversos colores. La puerta es de cristal, con el número 41 en blanco arriba del todo.

Miro el portero automático de reojo mientras saco las llaves y abro la puerta. Entro al portal y en lo que saco las llaves le echo un débil mirada a lo que ya estoy acostumbrado a ver.

El portal consta de un ascensor metálico en el centro, la escalera a la izquierda y la zona de los buzones a la derecha. A esa misma zona me dirijo. Los buzones son de madera y están adornados por un marco de plástico de color oro en el que está grabado el nombre de los propietarios.

Busco el mío rápidamente.

Cuándo lo encuentro cojo la llave correspondiente y lo abro. Hay algunas cartas colocadas desordenadamente.

Las cojo y las paso con emoción.

Facturas...publicidad...ahí está.

Un sobre blanco con mi nombre escrito en la cara principal. Después de contemplarlo unos segundos le doy la vuelta, tiene esa típica forma de v alargada que está sellada por un corazón rojo.

No puedo evitar sonreír por la emoción y subir corriendo las escaleras.

Paso el rellano rápidamente y, por última vez, cojo las llaves y abro la puerta del piso, la cierro tan rápido cómo la abrí y debido al espacio reducido del mismo llego rápido a mi habitación, me quito la chaqueta y la tiro a cualquier lado de esta mientras me tiro a la cama.

Bailando con el amor.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora