NAZET
Me desperté encima de lo que parecía ser una manta amarillenta. Estaba toda húmeda pero no sentía frío, a pesar de estar rodeada de nieve. Intenté incorporarme. Estábamos en una especie de cueva natural en las montañas. Feyra y Vega se calentaban cerca de un pequeño fuego improvisado, ambas me miraron con los ojos abiertos como platos.
- ¿Estás bien?
Me incorporé apartando una mata de pelo blanco que me cubría la cara, genial, ahora parecía que todo mi cabello era de ese color. Las últimas veces que había tenido una visión de este tipo, me había dado dolor de cabeza y era exactamente lo que tenía ahora mismo. Chasquee la lengua. Era lo que menos necesitaba ahora.
- Estoy bien... Sólo... La cabeza
Feyra asintió y la vi rebuscar en una pequeña mochila morada algo desgastada.
- Tengo remedio para eso, ven al fuego, te vas a congelar.
- No tengo frío, no... No siento frío.
Vega me miró con curiosidad y algo me decía que volvía a tenerme algo de miedo. No podía culparla, en un brote había salido disparada de la cueva de Feyra -ni siquiera recordaba cómo- y había estado andando por la nieve arrastrándolas conmigo sin un rumbo fijo, sin mediar palabra y con toda mi magia retumbando a mi alrededor. Debí verme realmente espeluznante.
- Lo siento. - le dije. No es que lo sintiera demasiado, pero lo dije. Supongo que es lo que debía decir, sólo quise romper un poco el hielo.
Ella se limitó a asentir y me hizo un gesto con la mano para que me uniera a ellas. Feyra había sacado un cuenco de madera con un mortero y machacaba algún tipo de hoja. Me levanté y me senté cerca de Vega, parecía que nuestra inadversión estaba empezando a resquebrajarse.
Feyra puso un recipiente pequeño cerca del fuego y metió en él un pedazo de hielo y las hojas que había machacado, en cuando comenzó a hervir me lo tendió con cuidado.
- Quema, ten cuidado. Esto te ayudará con ese dolor de cabeza.
Le agradecí y comencé a tomármelo mientras soplaba y bebía a pequeños sorbitos. Ambas estaban muy calladas y por la forma en la que me observaban deduje que esperaban que dijera algo. Así que les conté por encima lo que había vivido en aquel "sueño".
Vega ahogaba pequeños chillidos mientras Feyra me escuchaba con atención.
- Ya sabías eso, ¿no? - le pregunté.
Ella me tendió una barrita energética que había sacado de la mochila antes de contestar. La acepté sin rechistar.
- Bueno, podría decirse que sí. Te dije que eras muy poderosa, más de lo que tú crees... pero está claro que no acabarás de creerlo hasta que lo veas con tus propios ojos.
- ¿Qué más necesitas? - Vega sonaba realmente desesperada. - Hace dos días no sabías que las brujas existían si quiera, y ahora, te has transformado. Literalmente. Has lanzado rayos de lo que sea que los lanzas y estoy segura de que puedes notar esa energía que tienes, como nosotras la notamos desde aquí. No entiendo...
- No es fácil ¿Vale? - la interrumpí algo agobiada. - no es que no me lo crea... Es que es... complicado. Quizás tú estés acostumbrada a todo esto, pero como bien dices en cuestión de dos días he perdido a mi abuela, a mis mejores amigos, mi vida y todo lo que siempre creí cierto, es mentira. ¿Podrías darme un poco de tiempo?
Vega resopló.
- Tiempo, tiempo es lo que no tenemos. Y te dedicas a salir por ahí disparada haciendo el numerito. Después te desmayas y tenemos que recogerte como podemos heladas de frío y buscar cobijo. - se levantó y su rostro comenzó a tornarse rojizo - Me da igual que creas en ti o no, joder, pero estoy harta de ir detrás de ti como una idiota. Compórtate, asimílalo ya, ¡y madura!
Golpeó mi taza vacía contra la pared de roca de la cueva y desapareció en el fondo de ella. Las palabras que había dicho retumbaban en mi cabeza, algo me decía que realmente tenía razón, en este caso había estado siendo egoísta con ellas. Sobre todo, con ella. También había perdido a una hermana, y no sabía cómo había sido su vida antes como para juzgar que ella no supiera lo que era la pérdida. Me había precipitado y claramente, estaba siendo una imbécil. Me arropé un poco más con la manta y aparté la vista de Feyra que recogía la taza sin decir nada. Me hice un ovillo en el suelo, no sabía si lo que sentía ahora era vergüenza o impotencia, pero no tenía el suficiente valor para enfrentar ahora aquellas palabras. Dolía, escocían... Y lo peor, era que jamás me había visto reflejada en ellas hasta ahora
KEILAN
Samael se había quedado paralizado. Sentí una breve sensación de victoria al ver qué realmente él no tenía ni idea de mi existencia. Victoria que se esfumó justo en el momento en el que me vi flotando en volandas en medio de la estancia. Las cadenas de mis muñecas se habían partido de forma inmediata y ahora colgaba prácticamente del techo mientras nuestras miradas seguían en contacto. Sabía que era él, y temí por un momento que me matara sin ni siquiera haber tenido la oportunidad de cobrarme mi venganza. Sería demasiado fácil. Su cara comenzó a cobrar forma, no sabía decir qué era lo que estaba sintiendo o expresando, pero la sorpresa había pasado a un segundo plano.
- Fascinante. - con un gesto de su mano me dejó ahí flotando y volvió a caminar en círculos.
Vi como Grazie me miraba con la cara desencajada, sabía que ella intuía algo en mí, pero nadie sabía que yo era hijo de ese ser.
- ¿Quién es tu madre? - me preguntó sin dejar de pasearse. - Ah, no me digas... ¿La puta esa de la calle diecinueve? Ah, no, no, a esa la maté. - comenzó a reírse.
Sabía que iba a jugar con eso, sabía que iba a atacarme por ahí y para eso sí estaba preparado, no iba a caer. Podía decir lo que le diera la gana de mi madre, porque pronto le haría tragarse su propia lengua. Apreté los puños instintivamente.
- Pensemos... ¿Sabes? Son tantas las mujeres que han pasado por... Bueno, por mí entrepierna, que ahora mismo no tengo idea. Imagino que no me lo vas a decir, pero no me importa lo más mínimo. En realidad... - paró en seco y volvió a mirarme a los ojos- es un regalo que estés aquí ahora mismo.
Se dirigió a Emma y con un gesto de cabeza sus grilletes se soltaron.
- Tú, prepara el altar. Vamos.
Emma agacho la cabeza asintiendo y sin atreverse a hacer contacto visual con él, salió arrastrándose por la puerta de la celda. La sangre me hirvió al verla así, de aquella manera tan injusta. Dios, tenía que poder controlarme o haber revelado mi secreto antes de tiempo no iba a servir de nada.
Samael se dirigió a Graciela.
- Espero que no comas mucho, porque tardaré en venir a por ti.
Sonrió ampliamente y con el gesto de un dedo salió por la puerta mientras yo flotaba tras él sin poder evitarlo. La puerta se cerró detrás de nosotros, sentí algo de alivio al pensar que por lo menos ahora Grazie tenía la oportunidad de jugar la carta de su don, y mientras se entretuviera conmigo ella conseguiría tiempo y no la dañarían. O al menos, eso esperaba.
El pasillo por el que caminábamos, bueno flotaba, a decir verdad, era ancho y estaba muy bien iluminado. Las paredes seguían siendo de piedra, pero en todas habían ancladas antorchas encendidas. Intenté fijarme en cualquier detalle con la esperanza de poder volver allí a por Graciela si se me daba la oportunidad, así que me quedé con todo lo que pude para desandar los pasos más tarde. Mi intención no era morir allí, y mucho menos que lo hiciera ninguno de ellos.
Cruzamos una intersección de pasillos y seguimos adelante, el camino era bastante fácil, al final... Todo recto. Samael rompió el silencio.
- Ni lo intentes, estos pasillos cambian cada dos por tres. No tendrás la oportunidad de volver a por ella y si la tienes, permíteme que lo dude, no encontrarás la celda.
Maldito arrogante y estúpido. Lo había subestimado. Aun así, me quedé con el recorrido por si acaso. Era obvio que él también me estaba subestimando a mí. Me estaba poniendo tenso, no sabía dónde me llevaba ni qué pretendía, pero la orden que le había dado a Emma involucraba un altar, y eso nunca era nada bueno viniendo de un demonio como él.
Los pasillos estaban desiertos, y apenas se escuchaban los rasguños y pasos de algunas ratas que los recorrían. Pensé en usar mis poderes, pero tenía prácticamente claro que no iban a funcionar contra él, así que deseché la idea. Un par de portones enormes de madera cobriza aparecieron justo delante de nosotros, no le hizo falta abrirlos, pues ambas puertas se abrieron solas ante su mera presencia. Me asqueaba soberanamente la forma en la que andaba y los gestos soberbios y fríos que veía en él. Aunque no quisiera, tenía rastros muy parecidos a mí, tanto en el color del cabello como en los ojos. Me parecía a él, y se me revolvió el estómago solo de pensarlo.
Ante mí apareció una de las escenas más horribles que había visto hasta ahora en toda mi vida, y no habían sido pocas. La estancia era como un gran salón del típico castillo medieval, era enorme, una gran alfombra de color rojo se extendía a lo largo por donde él pasaba hasta llegar a un enorme y ostentoso trono que parecía relucir de oro y diamantes. Distinguí a Emma a la derecha de este, agachada y cabizbaja ante la presencia del demonio. Al otro lado... ¡Mierda! Era Ethan. Estaba postrado en el suelo con la cabeza gacha en forma de genuflexión, mostrando respeto ante aquel miserable ser. Supe que era él porqué me echó una rápida mirada antes de seguir mirando el suelo. No parecía estar en las mismas condiciones que Emma, estaba entero, mucho más delgado si eso era posible pero prácticamente se conservaba como lo recordaba. Tampoco vestía andrajoso ni sucio... Al contrario, se le veía... ¿Bien? Algo no me cuadraba. Cuando me atreví a apartar la mirada de aquella desagradable estampa supe que aún no había visto nada. Detrás, justo detrás de dónde estaban ellos en el trono, lo que vi me revolvió el estómago de tal manera que tuve que tragar toda la saliva que se me acumuló de repente en la boca.
Maik y las gemelas colgaban en forma de cruz invertida en la pared. La sangre se me heló ante aquella imagen que sabía que no iba a poder borrar de mi memoria jamás. Yacían colgando boca abajo y habían perdido el color en el rostro. Todo mi cuerpo dio una sacudida en respuesta, estaban muertos, y los tenía ahí como trofeos colgando de aquella pared de forma humillante. Sentí como la ira me rodeaba por completo y todas mis extremidades comenzaban a temblar, recordé el tirachinas que llevaba escondido en la manga e intenté llegar a él con todas mis fuerzas. Me daba igual ya lo que pasara, no podía pensar con claridad, lo único que veía era aquellos rostros conocidos y que amaba, colgando así, tan asquerosamente delante de aquella basura.
La voz de Samael impactó en mi cabeza más fuerte y estridente de lo que me hubiera gustado.
- Calma fiera, no están muertos. Aunque les queda poco si te atreves a hacer algo.
Temblé. No están muertos. No están muertos. Aún puedo salvarlos, los salvaré, lo haré. Lo mataré, de las mil y una formas más horribles que pudiera imaginar.
NAZET
Perdimos más tiempo del que me hubiera gustado en aquella cueva provisional. Al parecer me quedé dormida y ellas aprovecharon también para descansar. A la mañana siguiente nos pusimos en marcha, seguía sin saber dónde iba, pero sabía por dónde ir, y no podía explicarlo. Comimos un par de barritas más y seguimos caminando. Vega no volvió a sacar el tema de la noche anterior, y yo tampoco. Tenía razón, y es verdad que la brecha entre nosotras parecía un poco más estrecha ahora, pero no iba a pedirle más disculpas. Tampoco era idiota y no iba a rebajarme más, algo que se llama orgullo no me dejaba hacerlo.
Caminamos largo rato por la nieve, me supo mal por ellas, yo no sentía frío alguno, no sabía por qué, pero en sus rostros podía ver como el hielo y el viento hacían mella. Cedí mi manta a Feyra, cuando Vega se negó a aceptarla. Después de caminar lo que sería aproximadamente una hora llegamos a un pequeño pueblo. Era más bien una aldea pequeña, habría como mucho cinco o seis casitas de roca grisácea y desde ahí se veía desierto. Seguramente fuera una aldea abandonada hacía años, ya que creía prácticamente imposible vivir allí sin morir congelado. Nos adentramos en ella. Había algo que me instaba a mirar en aquellas casitas abandonadas.
- Es por aquí, lo sé.
Escuché de fondo el resoplido de Vega, pero lo ignoré por completo. Ya se le pasaría la dichosa rabieta.
- ¿Quieres decir dentro de una de las casas?
Me paré en seco delante de la puerta de una de ellas, se mantenía entera a pesar del tiempo que llevara aquí dejada y del temporal. Acerqué mi mano al pomo y lo giré con la esperanza de que estuviera abierta, y así fue. Las miré sorprendida antes de entrar.
- Espera, iré primera. - Dijo Feyra mientras se sacaba los guantes de cuero negro que llevaba puestos.
- No, iré yo.
- He dicho que iré primera, déjame pasar. Si hay algo ahí que no está... Bien, lo sabré antes que tú.
Seguramente tenía razón, pero me costó ceder, yo las había guiado hasta allí por una mera corazonada y si algo no salía bien, no quería que le pasara nada, ni a ella ni a Vega en realidad. La dejé pasar primera, pero me mantuve bien pegada a su espalda con el fin de poder ayudar de inmediato si algo no salía bien.
El interior de la casa olía a humedad, las ventanas de madera se mantenían en pie, pero debido a lo cerrada que estaba y el agua que se filtraba, había aparecido moho por todas partes. Aquello era completamente insalubre. Feyra también lo supo y me hizo un gesto con las manos para que subiera mi bufanda hasta tapar mi nariz y mi boca, hice exactamente eso y le pasé la orden a Vega que obedeció inmediatamente. Las tres entramos en silencio intentando ver con claridad que había ahí y porqué mi intuición o lo que sea nos había guiado hasta allí.
Lo supe enseguida, creo que antes que ellas mismas. Un cuadro antiguo y viejo aún colgaba de la pared al lado de una pequeña chimenea de piedra que también se mantenía en pie. El símbolo de una luna y un sol entrelazados en la esquina inferior del cuadro llamó mi atención de inmediato. Era el mismo símbolo que había dibujado en primer cuadro por el que llegué a la orden cuando todo esto comenzó. Feyra y Vega lo vieron también.
- No puede ser.
Feyra se acercó al cuadro rápidamente y se agachó para ver más de cerca el símbolo grabado en él.
- Es el símbolo de la orden ¿Verdad?
Vega hablaba por primera vez desde que habíamos partido aquella mañana.
- Sí. - contesté. - por eso algo me ha traído hasta aquí. Tenemos que cruzarlo.
Feyra negó con la cabeza desesperadamente y me puso una mano en el pecho para pararme.
- Ni hablar. Conozco todos y cada uno de los portales que hay a la orden y este, no es uno de ellos Nazet. Es una trampa. No sé qué es, pero no es un portal hacía la orden. Desde luego que no.
Me ofusque enseguida con ella.
- Me da igual si nos lleva a la orden o no. Tenemos que cruzarlo, sé que tenemos que hacerlo. Es más... - me aparté de su mano y me hice a un lado - voy a cruzarlo yo sola.
Vega se adelantó rápidamente y se puso frente a mí, entre Feyra y yo.
- De eso ni hablar. Pienso cruzar ese puto cuadro yo también, se te olvida que también estamos buscando a mí hermana.
Se cruzó de brazos y vi la indignación en su cara. Después de lo que me dijo ayer, sabía que tenía razón, además... ¿Quién era yo para impedirle nada a nadie? ¿No era de eso de lo que precisamente me quejaba yo? No me quedó más remedio que asentir.
- Tienes razón. - me dirigí a Feyra - puedes venir con nosotras también, si es lo que quieres.
Algo se cruzó en aquel momento por delante de mis ojos, una figura algo borrosa y sin color. Era... ¿Era mi madre? Imaginé que mis ojos se habían abierto como platos y mi cara había perdido color de golpe por la forma en que Feyra me miraba sin pestañear.
"No lo hagas"
La voz de mi madre retumbó en mi cabeza como si saliera de dentro de mí. Parpadeé con la boca abierta. Su imagen desapareció de inmediato. Por un momento pensé que estaba alucinando, el frío, el cansancio... Todo me estaba jugando una mala pasada. Me fregué los ojos con esmero.
- ¿Estás bien? Parece que has visto un fantasma.
Genial. No había otra cosa que decir.
- A decir verdad... Creo que lo he visto.
- No jodas. - la voz de Vega a mis espaldas chirrió en mi oído. Estaba acostumbrándome a aquel tono de voz tan estridente, pero estaba claro que aún no lo había conseguido del todo. Me toqué el oído, incómoda.
- Acabo de ver a mi madre, ha sido un segundo, pero juraría que la he visto, incluso me ha hablado.
Feyra dio un paso adelante y me cogió de la mano de forma cariñosa. Agradecí su calor de inmediato, no lo sabía, pero me hacía falta, aquel gesto me reconfortó más de lo que esperaba.
- El velo entre todas ellas y tú, es cada vez más fino. No puedo decirte mucho más, pero Kliopa, una de tus otras... Yo, podríamos decir. - siguió acariciando mi mano con las suyas - tenía ese mismo don. Cuando lo controles, podrás ver aquel mundo tan real como eres capaz de ver este ahora.
- ¿Qué te ha dicho? - Vega se colocó a mi lado.
- ¿Cómo? - aún intentaba ubicarme y no esperaba esa pregunta ahora mismo.
- Has dicho que te había hablado... ¿Es algo sobre el portal? Si es así no deberías ocultarnos esa información.
La miré prácticamente sin verla, pues detrás de ella la figura de mi madre volvió a aparecer intermitentemente mientras en mi cabeza seguía escuchando una y otra vez "no lo hagas, no entres" comencé a sentir dolor y me eché las manos a la cabeza, en un absurdo intento de calmarlo.
- ¿La cabeza de nuevo? - preguntó Feyra.
Asentí cómo pude y cuando estaba a punto de chillar de dolor, se esfumó. Tal y como vino. Ni rastro del dolor de cabeza, de la figura de mi madre o de su voz.
- Dice que no entre. Me advierte, no quiere... No quiere que avancemos por el portal.
Feyra se removió incómoda.
- Entonces, deberíamos hacerle caso ¿No crees?
- Yo voy a por mí hermana.
Vega se adelantó de un salto y se coló en la imagen de aquel cuadro antiguo sin que pudiéramos evitarlo, estiré mi brazo hacia ella enganchando el final de su chaqueta, el empujón me hizo trastabillar y caí inevitablemente detrás de ella, engullida también por la oscuridad y el remolino de luces que me advertían de que acababa de cruzar el portal.
Odiaba aquella sensación, parecía que todas las extremidades de mi cuerpo luchaban con ellas mismas para mantenerse unidas a mí. No conseguía abrir los ojos y cuando lo hacía solo podía ver destellos de luz y fogonazos que me dejaban casi ciega. El estómago se me revolvía y sentía ganas de vomitar. Era algo parecido a subir a una atracción de feria, con los ojos tapados y sin dejar de dar vueltas a toda leche.
Aterricé de rodillas en suelo firme, lo supe al momento por el dolor que me recorrió las piernas al golpear el duro suelo. Eché hacia atrás lo más rápido que pude e intenté ponerme a la defensiva. No sabía dónde estábamos y donde nos habría llevado aquel portal, pero por la advertencia de mi madre estaba segura de que no nos esperaba nada bueno.
Cuando levanté la vista vi como un ¿Hombre? Parecía un hombre, pero por aquellos ojos negros y vacíos sin fondo estaba claro que no era sólo eso. Dos figuras negras de ojos rojos tenían a Vega cogida por las axilas a un palmo del suelo, ella a penas se movía, pero me miraba con los ojos muy abiertos.
El hombre avanzó dos pasos y yo retrocedí inmediatamente, no sabía qué o quién era, pero tenía claro que contra más lejos de él, mejor.
Su sonrisa dejó entre ver unos dientes blancos y relucientes, con un acabado extraño, eran... Como colmillos, como los de aquellas criaturas que ahora sujetaban a Vega.
- Bienvenida - dijo mientras aplaudía - llevo tiempo esperándote mi amor.
Abrí la boca de par en par para cerrarla seguidamente.
- ¿Mi amor? ¿Quién te crees que eres? Suéltala, ahora. - exigí.
El hombre se movió de forma sutil y fluida, tenía unos aires aristocráticos y algo antiguos. No se podía negar que era hermoso, aún con esa dentadura. Había algo en él que me recordaba a alguien, algo que me sonaba familiar.
Su risa resonó por toda la habitación.
- Mujer con carácter, desde luego. No esperaba menos de mi futura esposa.
KEILAN
La vuelta a una celda fue lo mejor que me había pasado estas últimas horas. En esta ocasión la celda era algo más pequeña pero más agradable. Disponía de una pequeña cama, si podía llamar cama a un colchón algo mohoso en el suelo.
Todo había pasado demasiado rápido, un demonio le había dicho algo al oído a mi padre, y este ordenó que me encerraran rápidamente. No sabía qué había pasado, pero tenía claro que debía ser importante como para posponer lo que quiera que tenía pensado hacer conmigo. En cierto modo me alivió, no me había quitado las esposas mágicas, pero podría sacarme el tirachinas y escapar de allí, encontraría a Graciela y juntos tendríamos que apañárnoslas para sacar a los demás. No tenía claro cómo íbamos a hacerlo, pero si había una oportunidad de salir de aquí, la iba a aprovechar, y me llevaría a mis amigos conmigo.
La imagen de todos ellos colgados en el gran salón aún me revolvía el estómago. Había dicho que no estaban muertos, pero en mi interior casi deseaba que, si lo hubieran estado, aquello era realmente una tortura horrible para cualquier ser vivo. Algo denso y espeso hervía en mi interior y palpitaba en mis venas. Estaba sumamente cabreado, y en mi cabeza no paraba de imaginar las mil y una maneras con las que deseaba darle muerte a aquel miserable.
Me senté en una esquina, con la intención de que ningún guardia pudiera ver lo que estaba a punto de sacarme de la manga, pero antes de que lo intentará siquiera, una sensación extraña me recorrió desde la punta de los pies hasta la raíz de la cabeza. Era... Como un escalofrío. Y eso... Eso solo lo había sentido cuando Nazet había estado cerca de mí. En aquella casa cuando la salvé de morir la primera vez, ese mismo escalofrío fue el que me llevo hasta allí. Cuando derrumbó el techo del comedor de la orden... Mierda, no podía ser, pero encajaba. Esa prisa por esconderme y dejar todo a medias... La cara del traidor de Ethan mientras salía acompañado de mi padre... Nazet, Naz estaba aquí. Y ellos, lo sabían.
Golpeé la pared tan fuerte que los cimientos de toda la celda temblaron. El grito que salió de mi garganta fue tan desgarrador que casi me parte por la mitad.
Un sudor frío me recorría la frente y comencé a temblar. No iba a permitir que le tocaran un solo pelo, ni hablar. La cabeza comenzó a darme vueltas, y tenía los dientes tan apretados que amenazaban con estallar en mi boca. Comencé a dar vueltas por la celda, pensando en cómo iba a hacer para salir de aquí y llegar hasta ella. No sabía si era cierto o no, pero lo sentía... Era extraño, pero algo en mí sabía que era ella, no podía ser otra cosa. Desde el día que la conocí había sentido esos escalofríos y esa electricidad cada vez que ella estaba cerca, no lo había sentido nunca antes, y algo en mi interior sabía perfectamente que estaba aquí. Dijo que vendría, Grazie lo vio, y ella cumplió su palabra. Vendría a buscarme, estuviera donde estuviese.
Mi corazón se encogió, y sentí una fuerte opresión en mi pecho. Volvía a sentirme culpable, ella estaba aquí por mí... Por todos nosotros. Ella no debía estar aquí, no siendo quien era... Él... La haría pedazos. Lo sabía.
Escuché un cerrojo al fondo del pasillo y paré en seco. El corazón comenzó a bombear en mi pecho con fuerza, agudicé el oído en un intento de prever si era ella la que traían aquí o porque se había abierto la puerta, pero lo que vi me dejó más perplejo de lo esperado.
Ethan llevaba a Vega arrastrando de un par de cadenas en sus manos, custodiados por un par de demonios. Vega ni si quiera levantó la vista, mientras que Ethan si lo hizo sonriéndome. Me dieron ganas de arrancarle la cabeza.
Me agarré a los barrotes y la llamé.
- ¡Vega! ¡Vega! ¿Estás bien? ¡Suéltala traidor!
Zarandee los barrotes con fuerza, pero no se movieron si quiera. Vega siguió caminando sin mirarme. La llevaron a una celda más alejada, imagino que para que no pudiéramos tener contacto. Joder, esto era chungo de verdad. No podía preguntarle por Nazet, no sabía a ciencia cierta si estaba aquí y no quería mencionarla por si acaso. La encerraron un par de celdas más allá. Ethan se paró delante de la mía.
- ¿Qué quieres? Maldito traidor, no sé cómo has podido hacernos esto, sobre todo a Naz, a Emma... - juraría que sus ojos relucieron cuando nombré a esta última - ¿Qué te ha ofrecido? Dime. Qué es lo que tanto anhelas para traicionar así a tus amigos... Maldito...
Ethan no abrió la boca, pero me hizo un gesto con la cabeza y me siguió mirando fijamente. Sus labios se movieron, pero de ellos no salió nada. Levanté una ceja y suspiró. Volvió a hablarme sin voz y esta vez, sí lo entendí. "Hazlo" ¿Hazlo? ¿Qué mierda?
- No te irrites tanto, ya sabes... El tiempo pone a cada uno en su lugar.
Su mirada se dirigió ligeramente hacia su bolsillo derecho y creí entenderlo al momento.
- Vamos. - les dijo a los demonios que lo custodiaban, y estos se giraron para seguir su camino.
En aquel mismo instante intenté hacer uso de mis poderes, no sabía si era eso lo que quería decir o si en realidad podría hacerlo aquí abajo. Pero contaba con el factor sorpresa, no creía que mi padre supiera de mi poder de parar el tiempo. Y así lo hice. El mundo se congeló excepto Ethan y yo.
Cuando se dio cuenta de que había funcionado se acercó a mi celda y abrió la puerta, estuve a punto de saltar encima de él y soltarle un puñetazo bien merecido. Pero en cuanto lo tuve debajo vi la expresión de su cara.
- Hazlo, lo merezco, lo sé.
- No soy como tú.
Me lo saqué de encima y me sacudí el polvo que me llegaba hasta las pestañas.
- No tenemos mucho tiempo, ahora liberaré a Vega también, pero tienes que escucharme.
- No me fío de ti una mierda.
- No te pido que lo hagas, solo que me escuches.
Se apartó el flequillo a un lado en un gesto que había sido familiar para mí durante algunas semanas. Me crucé de brazos.
- Tengo mis razones para hacer lo que hago. Y como he dicho, no te pido que me creas. Lo de... - tragó saliva - lo de Emma fue inevitable, yo no tuve nada que ver con eso, y sólo intento mantenerla con vida.
- He dicho que tenemos poco tiempo. - me acerqué a la celda de Vega y la abrí, ella también se había quedado congelada en el tiempo de pie en medio de la habitación, un par de lágrimas recorrían sus mejillas.
La cogí y la senté en el suelo en la posición más cómoda que pude, Ethan entró detrás de mí.
- Nazet está aquí.
Todo mi cuerpo dio una sacudida, y estaba seguro de que cuando me mirara a los ojos, el color que iba a ver en ellos no iba a ser agradable. Pero no se inmutó.
- ¿Dónde? ¿Qué están haciendo con ella?
- Nada, no lo sé. Es largo de explicar Key... Keilan. Creo que trama algo, porque lo que debía ser un enfrentamiento entre Samael y ella, es todo lo contrario. No sé si la ha hechizado o que mierdas pasa, pero él es muy poderoso... Ahora mismo los he dejado sentados a la mesa teniendo una conversación de lo más normal y agradable.
La sangre se me congeló en las venas, incluso me costaba respirar, parecía que una gran losa se hubiera instalado en mi pecho y no me dejara expandir los pulmones en busca de aire. Me apoyé a los barrotes.
- Mientes. No dices la verdad, no te creo.
- Te digo lo que vi, lo que sé. Pero... No dudo de ella, conociéndola seguramente tiene algún plan. Quizás Vega pueda contártelo. Pero ahora escúchame bien, nadie debe saber que os he ayudado y no puedes actuar ahora mismo. Manteneros en vuestras celdas, dejaré la llave sin echar, y podréis salir después. Necesito tiempo para prepararlo todo, después, cogeremos a nuestros amigos y nos iremos.
- ¿Nuestros amigos? Tú no vas a ir a ningún parte maldito cobarde.
Puso los ojos en blanco y eso me molestó profundamente.
- Siempre puedo dejar entonces que os tengan a vosotros y encargarme yo solo del resto, si eso es lo que quieres.
Levantó una ceja y no pude evitarlo, le golpeé con fuerza en el lado izquierdo de la cara. Me tenía hasta las narices, no me lo estaba poniendo fácil y me estaba vacilando. Justificadísimo.
Cayó apoyado a los barrotes de la celda de enfrente, por un momento pensé que le había golpeado demasiado fuerte, pero levantó la mano acariciando la zona dolorida mientras un hilo de sangre le caía por la boca. Sonrió de medio lado.
- Bien, ya era hora, me lo merecía.
Resoplé. No era lo que estaba buscando, es más, casi deseaba que se devolviera.
Se incorporó y me miró a los ojos.
- Ahora que te has relajado, lo mejor sería que me escucharas. - se cruzó de brazos - esta noche Samael ha organizado un "baile", sí, no me mires así, es lo que hay.
Me estaba poniendo nervioso.
- Algo parecido a un banquete con los señores del inframundo, no todos, presumo, pero sí algunos de los más poderosos. No será un buen momento para atacar.
- Ni hablar, no voy a quedarme aquí esperando a qué le hagan daño a Naz ni a ninguno más. Te has vuelto loco si crees que me quedaré aquí de brazos cruzados.
Ethan negó con la cabeza.
- Eres demasiado testarudo. - caminó hacia mí mientras miraba el final del pasillo - estoy intentando que esto salga bien, y tienes que poner de tu parte. Ahora mismo, soy el único que puede ayudar desde fuera, y lo más inteligente sería que me escucharas.
Tenía razón. Al final, él era el único contacto que teníamos fuera de estas celdas, y si era realista, yo sólo no podría con todos ellos. Haría que nos mataran más pronto que tarde, así que no me quedaba más remedio que confiar en el traidor de Ethan. Me revolví incómodo.
- Bueno, al grano entonces.
- Bien - me miró fijamente - el plan es este. Está noche recaudaré toda la información que me sea posible y que nos beneficie. Samael estará muy ocupado con Naz y las visitas, y no estará para nada pendiente de mí. Eso me dará una ventaja, liberaré a Graciela en cuanto se despiste. Entonces ya seréis tres libres y yo. Intentaré ponerme en contacto con Naz con la intención de saber qué pretende y hacerle saber que soy uno de los vuestros aún que pueda no parecerlo.
- ¿Eso es ir al grano? - apoyé el peso en mi otra pierna, y volví a usar mi poder por miedo a que los guardias se descongelaran antes de que nos diéramos cuenta.
Ethan resopló y volvió a colocarse el flequillo.
- Bien, cuando Graciela sea libre te lo haré saber. Aún no sé cómo... Pero te lo haré saber. Es entonces cuando tú y Vega tendréis que salir de aquí y encontrarla.
- Me parece bien, y ¿Los demás? Los que tiene colgados de la pared...
Se me revolvió el estómago al recordar la imagen tan macabra que había presenciado en el gran salón.
- Ya no están allí. No sé dónde los tiene ahora, intentaré averiguarlo, pero si no puedo, esa será vuestra tarea. Intentaré mantener la atención en mí cuando vosotros estéis juntos. De esa forma ganaremos algo de tiempo... Para que puedas encontrarlos. Una vez todos juntos, sólo nos quedará rezar. Y luchar, lo mejor que sepamos.
Asentí.
- Me parece un plan bastante básico... La verdad.
Ethan alzó una ceja.
- ¿Siempre eres así? ¿O te lo ha pegado Naz?
Estaba a punto de contestar cuando uno de los guardias movió un pie ligeramente. Fue sutil, pero lo vi. Cerré la celda de Vega y me retiré a la mía inmediatamente cerrando la puerta. Ethan pasó las llaves por un barrote y las cogí rápidamente mientras las escondía dentro de la bota.
Para cuando los guardias siguieron caminando, Ethan ya estaba colocado tras ellos siguiendo el mismo camino. Los sollozos de Vega volvían a escucharse y me estremecí. Sentí lástima... Por ella, y por todos nosotros. No sabía si seríamos capaces de salir de aquí con vida, pero había que intentarlo.
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La profecía
Teen FictionCuando Naz conoce a Keilan toda su vida cambia por completo. Después de un trágico suceso que marcará un antes y un después en su vida para siempre, Naz descubre por primera vez quién es y a qué se enfrenta. Con una misión que cumplir y un libro que...
