Capítulo 12

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NAZET

Después de haber pasado en aquella burbuja más de medio día, conseguí canalizar mi energía mucho mejor. Feyra decía que aprendía rápido, no sabía si eso era así o no, lo único que sabía era que podía manejar aquella magia en cierta forma y eso me había puesto de muy buen humor. Después de comer decidimos mirar la bola de cristal, en busca de Keilan, habíamos avanzado mucho y yo ya quería salir a buscarlo. Sabía que se las podía apañar sólo, pero estaba desesperada por encontrar a Emma y Ethan, y no podía permitirme esperar más. Vega no quiso participar esta vez en la visión de la bola, y optó por seguir leyendo el grimorio, con mi permiso, por supuesto.
Feyra y yo nos sentamos en la mesa de madera de la cocina, cogí un par de galletitas de un tarro que tenía encima de la encimera y me senté con ella. Tenía ganas de ver a Keilan, quería saber cómo estaba, pero sobre todo... Quería verlo. Estos días separados y con tanta tensión entre nosotros después de los últimos besos... Me habían hecho pensar en él demasiado. Y sí, de esa forma más indecente que pudiera imaginar. Lo extrañaba, tenía ganas de tocarlo, besarlo... En fin, estaba claro que tendría que rendirme a lo que mi corazón sentía por él, a la mierda la puta llama negra de los cojones. Estaría con Keilan, sí o sí.
Feyra me tendió las manos rodeando la bola, mientras asentía con la cabeza.
- Sabes que podrías no ver lo que esperas... ¿Verdad?
- Lo sé, pero todo está bien... Ya verás.
Me miró con recelo y puse los ojos en blanco.
- Sí vale, lo sé. Estoy preparada para lo que sea.
- Bien, adelante.
Cerramos los ojos y ella comenzó a pronunciar aquellas palabras que yo aún no podía entender por muy familiares que me parecieran. Cuando terminó, abrí mis ojos.
La bola estaba completamente oscura, un humo negro como el tizón la envolvía. Miré a Feyra y en su cara pude ver que lo que estaba a punto de presenciar no me iba a gustar para nada. Tragué saliva. Había dicho que estaba preparada, pensando que tenía razón al pensar que todo estaba bien, pero ¿Cuándo había estado todo bien? Me cago en la puta. Realmente no estaba preparada para ver algo malo sobre Keilan... Joder.
La espesa bruma de la bola se fue disipando, dejando a la vista una criatura negra y alta, parecía de piel viscosa. Unos ojos rojos parecían mirarme directamente a mí.
- ¿Es un demonio? ¿Puede verme?
- Lo es. Y... No lo sé. Creo que no puede verte, pero quizás pueda percibir la energía...
La imagen se aclaró por completo, la criatura arrastraba algo tras de sí por los pies. El corazón me dio un vuelco... Por favor que no sea Keilan, por favor que no sea... ¡Puta mierda! ¡Era Keilan!
Estuve a punto de romper el vínculo y soltarme de las manos de Feyra pero esta me agarró con fuerza mientras negaba.
- Si cortas la conexión perderemos lo que estamos viendo, y no estoy segura de poder volver a hacerlo. Te dije que tenías que estar preparada...
El puto bicho asqueroso arrastraba el cuerpo de Keilan por los pies. No conseguía verle entero y no podía ver si... si... Dios no, no podía ni pensarlo. Estaba vivo. Seguro. El corazón se me encogió en el pecho... Y sentí unas chispas revoloteando en mi estómago. Estaba a punto de perder el poco control que había conseguido tener hasta ahora con este don.
- Espera, esa... ¿esa es...?
Una figura bajita y regordeta asomó detrás del demonio que portaba a Keilan. Tenía el cabello recogido en un moño, algo poco habitual en ella que siempre lo llevaba suelto... Pero no había duda, esa era Silvia, el perrito faldero de Vega.
- ¡Vega! ¡Vega! Ven ahora mismo.
Vega apareció por la puerta en seguida.
- ¿Sí su majestad...? - su tono era burlón.
- Déjate de gilipolleces. Esa es Silvia. ¿Lo es?
Su cara se ensombreció enseguida y se colocó tras de mí para observar la bola. La oí rechinar los dientes con fuerza.
- Sí. ¿Qué hace ahí con ese demonio? Y qué... ¿Ese es Keilan?
El chillido que dio me hizo dar un respingo en mi asiento.
- Espera - Feyra acerco la cara a la bola- mira.
Detrás de ellos otra criatura llevaba en el hombro a otra persona. No podíamos verle la cara, pero con esos tacones de aguja que llevaba casi tenía claro quién era. Vega chilló y me zarandeó haciendo que la conexión parpadeara.
- ¡Es Grazie! ¿Tienen a mí hermana? - la escuché dar una fuerte patada al taburete de mi izquierda. Intenté conservar la compostura porque sabía que lo que estaba viendo era muy malo, para mí y para ella... Y entendía como se sentía ahora mismo.
La vi pasear de arriba abajo por la estancia con las manos en la cabeza y las lágrimas derramándose por sus ojos.
- Calma, quiero ver dónde están. Si están vivos aún, si los tienen vivos, es por algo. Tenemos que ver dónde coño están e ir a por ellos.
- Parece una cueva ¿No? - dijo Feyra.
- No me jodas ¿En serio?
El tono de burla de Vega le hizo ganarse una mirada realmente furiosa de mi tía, pero sabía que ahora mismo poco le importaba.
- Siempre son cuevas, es imposible saber dónde coño están si solo podemos deducir que es una puta cueva.
Intenté sonar calmada al hablar.
- Tienes razón, ven, mira conmigo a ver si se me pasa algo por alto. Tenemos que encontrar algo más que nos sirva para poder encontrarlos.
En la imagen había aparecido una puerta negra y bastante robusta, no tenía nada significativo como para identificar dónde estaba, Silvia llamó a la puerta y una anciana abrió de inmediato.
Se me heló la sangre al reconocerla. Dyandra.
- La puta madre...
- Vieja de los cojones.
- ¡Silencio! - Feyra se estaba cansando, pero no podíamos no decir nada ante aquello que estábamos viendo.
La voz de Dyandra retumbó en mis oídos.
- Están aquí. La princesa lo ha conseguido.
Inclinó la cabeza ante Silvia y se apartó para que pasaran. Una voz que no reconocía habló desde dentro.
- Perfecto, hija mía.
Los ojos de Dyandra aparecieron de golpe reflejados en el cristal de la bola y juraría que me miraban directamente a mí, di un respingo en mi asiento y la conexión se rompió.
Me quedé en el sitio intentando encontrar el aire que acababa de perder en mis pulmones, mientras Vega maldecía y chillaba de un lado a otro de la cocina.
- Nos ha detectado. - dijo Feyra, mientras quitaba sus manos de encima de las mías. - Dyandra es poderosa, y antigua. Sabía que estábamos ahí y ha cortado la conexión. No podemos arriesgarnos a hacerlo otra vez, o podría encontrarnos ella mucho antes de que lo hagamos nosotras.
Tragué saliva e intenté recomponerme a pesar de que mi cuerpo estaba temblando descontroladamente.
- Naz, a la burbuja. Ahora.
A penas podía oírla. Pude sentir como la energía cálida que me recorría las venas estaba a punto de estallar en mil pedazos. Con el poco control que me quedaba conseguí meterme en la burbuja antes de estallar. La energía se liberó con un golpe de calor que me abrasó las mejillas, la electricidad rebotó por toda la cúpula invisible que me rodeaba y pude escuchar como esta se resquebrajaba a mi alrededor. Chillé, grité y pataleé con todas mis fuerzas. Las lágrimas caían a borbotones por mis mejillas ardiendo y la garganta se me estrechaba con cada grito. Grito de dolor, de dolor que venía de lo más profundo de mi corazón. De ira. Ahora sí que iban a conocerme bien. La elegida, la llama blanca, esa era yo, y pensaba recordárselo a todos y cada uno de ellos.
Cuando abrí los ojos de nuevo, estos dejaron de ser de su color habitual, dando paso a un blanco tan reluciente como las mechas que caían en cascadas rizadas por mí cara. Yo entera, era luz. Era la bruja blanca. Sonreí maquiavélicamente antes de decidir que iba a encontrarlos, ahora.

KEILAN

Cuando pude abrir los ojos tosí desesperadamente. Sentía el cuerpo húmedo y entumecido. Me miré el pecho instintivamente y vi que la herida ya estaba cicatrizando, pero cuando quise tocarla me percaté de que tenía ambas manos atadas con cadenas a una dura pared de piedra. Miré la manga de mi chaqueta en busca del bulto que me confirmara que el tirachinas seguía ahí, y ahí estaba. Perfecto. Punto para Keilan. Sonreí para mis adentros hasta que me fijé en mi alrededor.
Graciela estaba igual atada que yo a la roca, pero seguía inconsciente. Unas marcas moradas entrelazaban su cuello y me estremecí. Observé a mi alrededor, la estancia estaba vacía, sólo nosotros y un par de bombillas que colgaban sobre nuestras cabezas dándonos una pobre y triste luz amarillenta.
Me estiré todo lo que pude hacia Grazie y le di suavemente con el pie en el brazo.
- Shhht, Grazie. Graciela, despierta.
Ella hizo un gesto de dolor y entreabrió los ojos, su mirada estaba algo perdida e instintivamente se llevó las manos a la garganta. Me miró con los ojos muy abiertos mientras comenzaba a hiperventilar.
- Tranquila, eh, tranquila. Estás bien, respira. Respira y expira, vamos puedes hacerlo.
Su cara se contrajo de dolor cuando intentó dar una bocanada grande de aire, poco a poco comenzó a respirar con menos dificultad y se sentó contra la pared escondiendo su cara entre sus manos.
- Estás bien, vamos. Tú puedes con esto. Venga Grazie, tengo que pedirte un favor, te necesito al cien por cien ahora...
- ¡Basta!
La puerta de la celda se abrió con un gran chirrido, y Dyandra apareció tras ella. Llevaba consigo a alguien...
- ¿Emma? - intenté levantarme sin éxito por las cadenas que me sujetaban.
Emma me miró con disimulo, pero no dijo una palabra. Vestía de forma andrajosa con lo que parecía ser una especie de saco de patatas de una tela rugosa y áspera que había comenzado a sellarle las... La pierna. Sólo tenía una pierna. Estaba viva, pero parecía muerta en vida. Tenía el cuerpo lleno de magulladuras y arañazos, roces y rojeces. El pelo sucio y enredado pegado a pequeñas heridas secas que tenía en la cara. Me angustié de inmediato al verla en aquellas condiciones.
Dyandra la arrastró unos pasos más hacia dentro y la ató a unas cadenas al lado de Vega, pero algo más distanciada de lo que estábamos nosotros. Ni si quiera miró en mi dirección.
- Emma soy yo, soy Keilan. Estoy aquí...
La risa profunda de Dyandra me molestó en los oídos de inmediato. La muy bruja estaba riéndose de una forma totalmente fuera de lugar, no había dicho nada que me pareciera tan sumamente gracioso. Grazie había levantado la cabeza de entre las piernas y miraba a Emma de soslayo.
- No lo intentes, ella ya ha aprendido la lección. Y vosotros... Estáis a punto de hacerlo.
Cerró la puerta tras de sí y echó lo que parecieron un par de candados y algún conjuro. Cuando escuché los pasos alejarse me enderecé como pude y me acerqué todo lo que podía hasta Emma.
- ¿Emma? Por favor, háblame. No tengas miedo, estamos aquí para ayudarte.
Emma seguía mirando al suelo, no se había movido ni un milímetro del sitio donde Dyandra la había colocado. Debía de haber sido sumamente duro lo que le habían hecho para que no se atreviera a hablar si quiera.
- Hola Em... Tienes que hablarnos. Tienes que ayudarnos, tenemos que salir de aquí... Naz...
- ¿Naz?
Fue un sutil susurro, pero Emma había hablado. Ante el nombre de Naz. Por ahí debíamos atacar, era la única manera de que pudiera darnos algo de información para conseguir salir de aquí.
Asentí aún que ella no miraba y miré a Graciela intentado instarla a que continuara hablando de Nazet.
- Si, Naz, Nazet. Está buscándote, todos hemos estado buscándote a ti y a los demás. ¿Sabes dónde estamos? ¿Dónde están los demás? ¿Sabes cómo salir de aquí?
Emma se hecho las manos a la cabeza y comenzó a murmurar mientras se balanceaba de adelante hacia atrás. Verla así en aquellas condiciones y en esa situación, me hacían pensar realmente que la habíamos pedido por completo. No era solo lo físico que era realmente duro, sino psicológicamente. A saber, qué habrían estado usando con ella para sacarle información o cualquier cosa. No la culparía si hubiera hablado, tal y como la veía si había dicho algo, había aguantado bastantes torturas antes de hacerlo.
Graciela me miró encogiéndose de hombros.
- Mira lo que le han hecho.
- Es horrible.
- Terrible. No podemos permitir que hagan lo mismo con nosotros, seguramente ella ya les haya dado suficiente información, y en menos de lo que creemos el resto estará aquí... No la culpo, pero sí ha hablado, ahora mismo estarán atacando la orden...
Vi como Graciela se callaba de repente y sus ojos parecían mirar a la nada. Sabía bien qué significaba eso, estaba viendo algo y sólo rogué por qué nos fuera de utilidad para poder salir de aquí. Fueron escasos minutos, pero se me hicieron eternos, y mientras tanto Emma acababa de quedarse lo que parecía dormida hecha un ovillo en el suelo mugriento de la celda.
Grazie parpadeó varias veces antes de que sus ojos se encontraran con los míos.
- Es ella. - se tapó la boca con la mano - oh, Dios mío, es ella. Lo saben, ella lo sabe y ellos también. No puede ser...
- ¿Quién es ella? ¿Qué dices? Dime qué has visto...
- Nazet.
- ¿Nazet? ¿Está bien? - mis puños se cerraron tan fuerte que dolieron. Me tensé de inmediato.
- Es la bruja blanca. La... La... - tartamudeaba sin control - llama blanca. Es ella. Ha despertado.
Emma que parecía haberse quedado dormida nos miraba ahora con ojos intensos y muy abiertos mientras jugueteaba con las manos entrelazándolas entre sí nerviosamente.
- Lo sabía. - apuntó.
- ¿Pero ¿cómo sabes...? ¿Qué has visto Graciela?
- La he visto, no he podido ver nada más que su rostro mirando a la nada... Pero sus ojos eran de un blanco reluciente y en su cabello tenía mechones del mismo blanco plateado. No hay duda Keilan, ella es la elegida.
Todo mi cuerpo tembló. Sabía que ella era importante, no sabía bien porqué, pero lo supe desde el día que la conocí, pero jamás... Jamás pensé que ella sería la llama blanca, la chica de la profecía... ¿No lo pensé? Puede que alguna vez se me hubiera pasado por la cabeza, pero ante esta confirmación me quedé sin aliento.
- Está de camino. Viene a por nosotros.

NAZET

No sabía ni cómo ni cuándo, pero había salido de la cueva de Feyra y caminaba por la espesa nieve mientras el viento gélido me rozaba las mejillas. No sentía frío, todo lo contrario, la nieve parecía derretirse con el roce de mi piel aún que el viento me quemara. Vega y Feyra me seguían de cerca intentado sortear los socavones que dejaban mis huellas en el hielo.
Había salido y sin saber dónde iba... sabía dónde iba. No podía explicarlo con facilidad, pero algo tiraba de mí hacía donde caminaba, y enseguida supe que iba directa hacia él, Keilan.
Algo cálido se apoyó en mi espalda, Feyra me colocaba una gruesa capa por encima, ahora no sentía frío alguno, pero no la rechacé por si luego sentía todas las secuelas de ahora. Algo en mi había cambiado en este último momento, la explosión de poder que había recorrido mis venas se había sentido como un gran terremoto en mi interior. Me había... Transformado. Mis ojos y mi cabello se habían tornado blancos como la mismísima nieve que nos rodeaba, y algo palpitaba constantemente por mis venas. Podía sentir la magia recorriéndome como una corriente eléctrica y me sentía más segura y poderosa que nunca. No temía encontrarme con cualquiera de ellos, estaba segura de que les haría pedazos solo con pensarlo.
- Nazet, espera joder.
Oía a Vega hablar a mis espaldas maldiciendo, no me importaba. No iba a pararme, por nada ni por nadie. Estaba decidida a llegar dónde tenía que llegar y acabar con todo esto de una vez por todas. Comencé a oír un ligero pitido en mis oídos que se fue intensificando rápidamente, en seguida sentí una tremenda presión en la cabeza y mi visión se oscureció por completo, antes de que pudiera evitarlo me desplomé sobre la fría nieve a mis pies.
"Hacía calor. Abrí los ojos lentamente y miré a mi alrededor. Hacía mucho que no tenía ningún contacto con nadie del otro mundo, ni ningún sueño de estos... Me tensé enseguida. A mis hombros tenía la misma capa que me había puesto Feyra hacia tan solo unos minutos. Me la quité y la coloqué entre mis brazos para no perderla. A pesar del calor que sentía no sabía dónde estaba, esta vez estaba rodeada de luz, parecía que caminaba... ¿Sobre las nubes? Una niebla blanquecina y espesa lo rodeaba todo, y no me atrevía a caminar por miedo a caerme. Resoplé. Era el peor momento para tener un sueño, tenía cosas que hacer, importantes, además, sólo esperaba que al menos fuera mi madre y pudiera verla una vez más.
La niebla se fue difuminando poco a poco enfrente de mí, dejando ver lo que parecía ser...  ¿Mi reflejo? Había una especie de espejo, o eso parecía, me veía a mí misma... Pero, diferente. Mi piel relucía y mis ojos eran de un color blanco plateado, si no fuera porque la pupila se mantenía negro, daría muchísimo más miedo. Mi cabello caía en cascada por mi espalda, encrespado pero brillante, eché de menos mis largas trenzas de inmediato. Mi cabello se veía de color blanco también, y hacia contraste con mi piel oscura, en el fondo no me desagradaba. Entonces, mi reflejo, sonrió. SONRIÓ. Yo no, mí... ¿Pero qué narices? Levanté una mano, pero el reflejo no lo hizo, siguió con los dos brazos pegados a cada costado de mi cuerpo. Parpadeé varias veces. Sabía que esto no era real, era un sueño una visión o algo así, jamás acabaré de entenderlo del todo. Así que seguramente mi mente andaba jugando conmigo, suspiré y me senté en el suelo. Mi otra yo me imitó casi a la perfección.
- ¿Quién eres? ¿Está claro que yo, pero... Porqué?
- ¿No me reconoces?
- Bueno claro que te reconozco, en fin, eres yo, ¿No? Imagino que tienes un mensaje que darme sino no sé qué estoy haciendo aquí ahora mismo, tengo que rescatar a mis amigos y el tiempo apremia... No quiero ser mal educada vaya, pero...
- Te vi, cuando morí. Estabas allí, entre la gente, te vi. ¿No me recuerdas?
Mis ojos se ensancharon y la boca se me secó de repente. No podía... No podía ser. Una serie de imágenes aparecieron en mi cabeza dando bandazos. El cura calvo con aquella barba tan poblada, el gentío escupiendo y chillando a aquella mujer, el fuego... Y... Sus ojos. Sus ojos me miraron fijamente justo antes de que el fuego la consumiera por completo. Era ella, la mujer de la pira en la plaza. Realmente era... Como yo. Prácticamente idéntica, en la situación en la que la había visto por primera vez no pude ver el gran parecido que tenía conmigo, si es verdad que por un momento pensé que era yo misma aquella mujer maltratada y quemada... Pero esto era demasiado. Literalmente éramos dos gotas de agua. Tragué saliva.
- Si te recuerdo.
Ella volvió a sonreír y no podía creerme el parecido tan idéntico que tenía a mí, el vello se me puso de punta enseguida y un escalofrío me recorrió la espalda baja.
- Tengo algo qué decirte. Y es importante, escúchame con atención. Todas y cada una de nosotras, vivimos en ti. Contigo. Tienes un poder incalculable, uno heredado de cada una de tus antepasadas. Somos la llama blanca, que perdura por toda la eternidad y no tiene límites ni fin. Ha llegado tu hora, la hora de cambiar el destino de muchos y la vida de todos. Tienes una misión muy importante y he venido a ayudarte... Un poco.
Mucha información de nuevo. No acababa de acostumbrarme a esto.
- Espera... Quieres decir entonces... Que tú... ¿Eres yo? Vamos que yo... ¿Soy tú?
Ella sonrió ampliamente de nuevo, parece que esto era divertido, aún que a mí me hacía de todo menos gracia.
- Todas somos una, y una somos todas. Las portadoras de la llama, nunca... Mueren. Se reencarnan. Tú, eres la reencarnación de las antiguas brujas portadoras, tienes un pedazo de alma de cada una de nosotras, y con ello un pasado de poder de cada una. Tienes más de diez antecesoras, cada una más fuerte que la anterior, posees muchos poderes y dones que aún, deberás descubrir. Pero no te preocupes por eso, lo harás, sé que lo harás. Ahora ya has despertado, la llama no se esconde, reluce a través de ti, y vendrán a buscarla. Siempre lo hacen. Esta vez, la profecía dice algo muy importante y es que tú, la última portadora traerás la paz que tanto merecemos, nos devolverás el poder que tanto anhelamos, y acabarás con el peor de los monstruos que conocemos.
Es tu misión, y también será tu legado. No tengas miedo, nosotras estamos contigo.
- ¿Qué debo hacer?
- Sólo puedo decirte esto: Dentro de cien años, cuando la luna llena deje paso a la nueva luna menguante, la bruja Blanca despertará. Destruyendo el inframundo en cada uno de sus pasos, devolviendo así el poder que jamás debió ser arrebatado. Pero una nueva fuerza más poderosa que Belcebú y todos sus demonios se alzará también entonces, y sólo a través del amor verdadero, se sellará su destino. Y el del resto del mundo.
Mi cara debía de ser... Un mapa. No entendía nada de lo que acababa de decir. ¿Esa era la profecía de la que tanto hablaban? Pero... ¿En serio pretenden que yo acabe con el inframundo y tal y cual? A ver esto era demasiada responsabilidad. Yo sólo iba a hacer pedazos a los demonios que se cruzaran en mi camino y a rescatar a mi gente, pero ¿Esto? ¿Por qué yo?
- Yo lo siento, de verdad. Pero es demasiado, lo único que quiero es rescatar a mis amigos y vivir feliz en una casita en el campo. En serio, demasiado.
Mi otra yo me miró levantando una ceja.
- Te pareces tanto a nosotras... No sufras. Lo harás, aún que pienses que no puedes, o no debes o no quieres. Es tu destino. Es el destino que tejieron las moiras para ti, y es... Ineludible. Sólo así, conseguirás eso que deseas. La paz, no llegará sin antes ganar la guerra. Recuerda cada palabra de la profecía que acabo de citarte, en algún momento comenzarás a entenderlo todo...
La silueta de mi reflejo se estaba evaporando y yo comenzaba a notar como un cosquilleo tiraba de mí desde el interior. Sabía que iba a despertar y no me dio tiempo a nada más. "

KEILAN
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Graciela había hablado por última vez. Desde que nos había confirmado lo que muchos sospechaban y yo aún no podía creer del todo. Se hizo el silencio entre nosotros y lo único que se oía era el murmuro incesante de Emma mientras seguía balanceándose. No podía evitar mirar de vez en cuando el vacío donde antes había estado su pierna derecha. Me sentía realmente mal por ella, una parte de mí sabía que era culpable de todo esto, no debimos dejarla sola... Ni a ella ni a mí padre. Aquella decisión me perseguiría de por vida, igual que seguramente a Naz. Fue idea de mi padre involucrar a Dyandra en todo esto y yo lo había respaldado ¿Cómo íbamos a saber que nos traicionaría así? Ella había cuidado de mi en múltiples ocasiones antes de que mi madre llegara a nuestra vida, la quería, siempre la había respetado y siempre pensé que ella sentía lo mismo por nuestra familia. Ahora veía que no, Nazet tenía razón al no confiar en nadie, pues quedaba demostrado que no podíamos hacerlo, sólo nos quedaba confiar el uno en el otro y... Yo le había fallado. Le había escondido información y sabía que esa desconfianza que le generé había sido el motivo de su marcha y por consecuencia de todo lo demás. Siempre tenía en mente mi objetivo, un secreto bien guardado que pocos conocían y ahora que parecía que lo había perdido de vista.... Realmente yo era el verdadero culpable de todo... Por mí culpa ella se había marchado, Dyandra había matado a mí padre y mutilado a Emma, Grazie estaba atrapada aquí en estos calabozos y... Lo más probable es que muriéramos todos. Me eché las manos a la cabeza, exasperado. No podía evitar que Naz se presentara aquí, no era fácil, pero estaba convencido de que encontraría el camino hasta nosotros y luego... ¿Qué? También la tendrían a ella, y eso sí que iba a pesar en mi alma hasta después de muerto. Sentí el roce de la pierna de Graciela en la mía, levanté la cabeza. Me miraba con aquellos ojos tiernos de cuando éramos niños, estaba claro que me conocía y había sentido lo que estaba pesando en mí.
- No tienes la culpa Key.
Solté un resoplido de nuevo. ¿Qué iba a decirme? Tenía claro que era el culpable por mucho que intentara convencerme de lo contrario.
- En serio, sabes que hablo en serio. Cada uno tomamos nuestras propias decisiones, y no puedes echarte a los hombros todas ellas. No eres un héroe, métetelo en esa cabeza tuya.
Sonreía de medio lado, y aquella frase me hizo sonreír a mí también. Sabía que no era un héroe ni mucho menos, pero no podía evitar intentar proteger a los míos, aún que había fallado en el propósito estrepitosamente.
En seguida me di cuenta de que Emma había parado de murmurar, esta vez cuando la miré, ella me devolvió la mirada. A pesar del cansancio que se reflejaba en sus ojeras de color morado, sentí la intensidad de esa mirada. Sentí que ella estaba ahí, ahí dentro, de alguna forma. No sabía cómo, pero no me rendiría sin intentar ayudarla también.
- ¿Emma?
Susurré su nombre en busca de alguna reacción diferente. Ella siguió mirándome intensamente. Me daba la sensación de que quería decirme algo, pero me era imposible descubrir el qué. ¿Cómo podía averiguarlo? Esa fue la pregunta que me obsesionó durante el resto de lo que creía que era la noche ya.
Emma sólo dejó de mirarme y se colocó de espaldas a nosotros. Graciela me miró y se encogió de hombros.
Debí quedarme dormido en algún momento, porque el ruido de la puerta me sobresalto de golpe, intenté ponerme en guardia olvidando por completo las cadenas que me ataban y casi me disloco ambas muñecas. Supe quién era antes de poder verlo. Aquel olor a azufre y... Menta. Tan parecido al mío a la vez tan diferente. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron al unísono y pensé que podría explotar en aquel mismo instante. No estaba preparado para enfrentarlo ahora, no ahora, con la vida de tantos de los nuestros en peligro y expuestas. Esto debía ser entre él y yo, solos. No quería involucrar a nadie, pero no sabía si sería capaz de apaciguar el ardor de ira que comenzaba a hervir en mi sangre.
Apareció por la puerta con una sonrisa de lado a lado. Su cabello negro azabache le llegaba hasta los hombros, liso y perfectamente peinado. Los dientes perfectos e impolutos, era imposible no fijarse, pues era lo único brillante y blanco de su ensombrecida figura. La piel pálida de un tono oliváceo y aquellos ojos negros que eran como mirar al vacío, al mismísimo abismo. Intenté no hacer contacto visual con él por más de medio segundo, no sabía a ciencia cierta si a él le constaba que yo existía, pero prefería no darle la oportunidad de averiguarlo, aún que solo por el olor... Mierda. Se daría cuenta antes de que pudiera decir ni una sola palabra. Esperé mirando al suelo el azote que me esperaba, pero nunca llegó.
Le escuché carraspear desde la puerta, y comenzó a dar pequeños pasos en círculos mientras parecía que tenía algo que decir.
- Esperaba un recibimiento algo más... ¿Cómo diría? ¿Amable? ¿Formal?
Aquella voz me puso los pelos de punta. Era una voz grave y aterciopelada a la vez. Aquellos monstruos eran capaces de condicionar y manejar a su antojo a cualquier humano, y todo comenzaba con eso, con la voz. Tenía un poderoso efecto tranquilizante y adormecedor, algo que te instaba a confiar en él sin querer. De soslayo vi como Emma hacía el intento de arrodillarse en el suelo ante él.
Ya sabía cómo había podido conseguir todo lo que quisiera de ella, pero la tortura que le había infringido había sido entonces por mero y puro placer. El poco control que me quedaba se resquebrajaba en mi interior, podía sentir que mi visión comenzaba a oscurecerse y eso no eran buenas noticias. Debía pasar desapercibido si quería ayudar en algo.
- Mi dulce Emma, ella siempre tan predispuesta.
El hombre le pateó para apartarla como si fuera un perro y escuché como Graciela ahogaba un grito a mi lado, intenté levantar la vista para mirarla y advertirle de que se mantuviera callada pero no llegué a tiempo.
- Bastardo... ¡Déjala en paz! ¿No te basta con controlar su mente? Eres despreciable. - escuché como escupía a sus pies y lo vi venir antes de que sucediera.
Samael hizo un movimiento con la mano y en cuestión de segundos Graciela luchaba por volver a respirar de nuevo, la miré y podía ver como algo invisible le apretaba el cuello hasta prácticamente retorcerlo. Estaba seguro de que la mataría, así que no me lo pensé más y lo miré directamente a los ojos.
Cuando nuestras miradas se cruzaron vi como sus ojos centellearon ante la sorpresa. Graciela cayó de golpe al suelo, y por el sonido del crujido que oí, estaba prácticamente seguro de que se había roto algún hueso.
Samael se giró inmediatamente en mi dirección y me agarró por el mentón haciendo contacto visual directo conmigo. Fueron los segundos más intensos de mi vida. No fui capaz de apartar la mirada, sabía lo que estaba viendo, pero ya no importaba. Salvarlos a ellos era mucho más importante que mi venganza personal.
- Imposible.
Me soltó con fuerza y la mandíbula me crujió, si no hubiera sido algo más que un humano, estaba seguro de que me la hubiera roto en mil pedazos.
- Es imposible. ¿Quién eres?
Gritó. Vi en su semblante un pequeño destello de incertidumbre y... ¿Miedo? Tenía que aprovechar la oportunidad y la confusión para que se centrara en mí y solo en mí, y así dejara en paz a las chicas. Sonreí de medio lado, sabía que se lo podía tomar como un desafío... Pero no podía controlarlo más, eran demasiados años reprimiendo todos estos sentimientos y este dolor que me agarraba el estómago. Había llegado el momento.
- Hola padre.

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