KEILAN
Esto era una completa locura... Los ojos se me incendiaron de ira. Dyandra, había confiado en aquella mujer ciegamente y mira ahora. Naz me había avisado, y yo sólo la hice callar jurando que podía confiar en ella. ¿En qué momento había perdido la intuición? Estaba dando un bajón, y no podía permitirme esto ahora. Si lo hubiera visto venir... Si sólo hubiera estado un poco más atento a las señales... Por qué estoy seguro de que las hubo. Ella si supo verlas, pero yo... Últimamente solo podía tener una cosa en la cabeza: Naz.
No estaba bien, me había costado la vida de mi padre y quien sabe si de todos los demás. Tenía que centrarme, aún que mi mente solo pudiera pensar y pensar en dónde estaría ella y como iba a llegar hasta mí. Sabía que era lista... Y capaz. Tenía que confiar en ella y confiar en que me encontraría. Le había prometido que iba a ir en busca de Emma, y eso era exactamente lo que iba a hacer. Algo dentro de mí sabía que, si conseguía dar con ellas, Dyandra podría guiarme hasta donde estuvieran los demás. Así que sí, iba a hacerlo, y no pensaba fallar.
El ruido del motor de un coche acercándose a la casa me sacó de mis pensamientos. Graciella había llegado. Me asomé por la puerta y vi que no venía sola, debí imaginarme que traería consigo los refuerzos de la otra orden, pues para algo habían venido. Bien pensado. Estaría bien no hacer este viaje solo, había que ser precavido y aún que sabía que era perfectamente capaz de arreglármelas por mí mismo, no iba a ser tan imbécil de rechazar cualquier ayuda. Sería bienvenida.
Bajó del coche apresuradamente y se lanzó a mis brazos tan rápido que no tuve tiempo de asimilarlo. Tardé un poco en reaccionar, pero la abracé de vuelta. Sabía que mi padre también había sido importante para ella, así que entendía su dolor tan bien como creo que ella entendía el mío en este momento.
El abrazo fue breve, pues sabía bien lo que ella sentía por mí y no tenía intención de darle una sensación equivocada. Mi corazón estaba completamente ocupado, aunque aún no fuera capaz de admitirlo. Lo sabía.
- Hemos venido tan rápido como hemos podido. Utilicé el portal hasta la casa abandonada de la antigua orden... Yo... Sé que no debía, pero no podía tardar tanto... Brayan... Yo... Joder.
Las lágrimas salieron de sus ojos a borbotones, no sabía cómo actuar, pero estaba claro que estaba sufriendo también. Así que dejé de lado el hecho de que mi corazón estuviera ocupado, y la volví a abrazar. No tenía que comportarme como un auténtico insensible y un capullo ahora mismo.
- No debías usar ese portal, sabes que es peligroso...
- Lo sé... Pero...
- Gracias.
Me miró con los ojos negros por la pintura corrida de su rímel. Creo que no la veía llorar así desde que teníamos ambos escasos años, cuando se torció el tobillo bajando de un árbol. Me enterneció. Nos conocíamos hacía muchos años. A pesar de lo que ella pareciera o aparentaba, no había tenido una vida fácil.
Graciela había huido de su hogar con tan sólo trece años, aún que para nosotros fueran el doble, seguía siendo una niña. Para la gente como nosotros, cada año humano equivale a dos. Había escapado de sus padres, dejando tras de sí a una hermana pequeña y sin rumbo. Mi padre la encontró, y la trajo a la orden con nosotros. Le salvó la vida y le dio algo en lo que creer y por lo que luchar. Así que la entendía perfectamente. Sabía que toda esa soberbia era nada más que una fachada, y yo había sido bastante duro con ella en demasiadas ocasiones. Merecía una tregua, sabía que, para ella, también había muerto un padre.
Un chico y una chica bajaron del coche en aquel momento.
- ¿Dónde...?
Me giré hacia el sofá donde descansaba el cuerpo de mi padre. Ella miró en aquella dirección y salió corriendo hacia él. Se arrodilló y comenzó a llorar.
Pensé que lo mejor era dejarla sola... Merecía un poco de intimidad.
Me dirigí hacia el coche, dónde una pareja reposaba apoyados encima del capó en silencio y observándome.
El chico era alto y rubio, con varias cicatrices visibles en cara y cuello. Sus ojos eran negros como la noche y su cabello era tan corto que parecía calvo. Por lo contrario, la mujer era una chica bajita y fuerte, podía ver sus bíceps a través de la camiseta negra oscura y ceñida que llevaba puesta. Tenía el cabello rubio también y corto, rapado a los lados, y sus ojos eran dos pozos negros también. En seguida deduje que eran hermanos, y si no, ese parecido era demasiada coincidencia.
El chico se levantó y me tendió la mano.
- Caleb, encantado. Debes de ser... ¿Keilan no?
Asentí y le devolví el apretón de manos.
- Hola - la chica saludo con la mano - soy Vicky.
La saludé de vuelta.
- Gracias por venir, y por acompañarla. Es un momento bastante... Duro.
Entrecerré los ojos por el dolor agudo que se clavó en mi pecho al recordar la cara de mi padre.
- ¿Cuándo salimos?
La chica se había adelantado un par de pasos y me miraba fijamente.
- Hemos venido a por la acción y llevamos días encerrados en esa cueva. - chasqueó la lengua - Queremos matar demonios ¿No? A eso hemos venido.
Parpadee varias veces mientras analizaba sus gestos y palabras. Era una tía dura, se le veía. Pero era impertinente, y eso no me gustaba un pelo.
- ¿Sois hermanos?
Ambos me miraron y asintieron.
- Bien - sacudí mis manos - lo primero que debes saber, Vicky, es que aquí tratamos con respeto a todos los miembros. Si esa va a ser tú forma de hablar... O de dirigirte a un superior, en este caso, yo. Puedes volver a tu orden. No necesitamos tus servicios. Gracias.
La chica me miró sorprendida y el hermano enseguida le dio un codazo. Lo hizo de mala gana, pero se disculpó.
- Lo siento.
Sonreí sobradamente. Mi idea no era tenerlos como si yo fuera un superior, pero estaba claro que, si no nos conocíamos y no había un respeto desde el inicio, iba a ser imposible generar una confianza. Y desde luego, hoy por hoy, no confiaba en prácticamente nadie. Visto lo visto, más me valía cubrirme las espaldas y parecer un auténtico capullo, a que me clavaran un puñal por detrás.
La chica rodeó el coche y volvió a meterse en el interior. El hermano intervino enseguida.
- Discúlpala... Tiene temperamento. Pero es buena, en serio. Sobre todo, cazando a esos hijos de puta. Te respeta, te respetamos, y estamos aquí para ayudar, al final todos luchamos contra lo mismo.
Asentí. No quería darle más vueltas al tema. Pensé que había quedado claro por mi parte así que no iba a darle más bombo.
Graciela salió de la casa y se unió a nosotros, aún con los ojos hinchados y rojos de haber estado llorando.
- Lo llevaré a la orden enseguida.
- Bien, confío en que le darás un último adiós como se merece.
- Me gustaría, créeme. Nada me gustaría más, pero no voy a estar.
La miré con las cejas levantadas, no entendí a qué se refería con aquello.
- No voy a ir a la orden, irán ellos.
Señaló a los hermanos, habría jurado escuchar improperios provenientes del interior del vehículo donde estaba Vicky.
- ¿Cómo?
- Ya lo habéis oído - Graciela se puso sería y firme en un momento y su voz sonó demasiado autoritaria. - Vais a llevar a Brayan a la orden, con su mujer.
La miré, espera. ¿Mi madre?
- Sí, Keilan. Tú madre está allí esperando.
- Lo... ¿Lo sabe?
Asintió. El pecho me dio una sacudida. Mi madre se había mantenido siempre al margen de todo esto, rara vez participaba o se enteraba de nada. No es como si no supiera lo que hacíamos o quiénes éramos, pero era una simple mortal, tenía miedo... Y nunca quiso involucrarse.
- Se presentó de madrugada, no tuve más remedio.
- ¿A qué fue? Ella nunca ha estado allí ni ha querido... Saber nada. Como es posible que justo se presentara ¿Ahora?
- No lo sé, lo único que dijo es que quería ver a tu padre. Así que ya ves... No creo en las coincidencias, creo que de una forma u otra... Lo supo.
Trague saliva. Ella había llegado hacia apenas quince años a mí vida, se casó con mi padre entonces, al cabo de unos años él le contó todo esto y ella... Bueno, le costó encajarlo, pero no salió corriendo. Se mantuvo a nuestro lado aún que no se involucrara, y nosotros preferimos que fuera así. Ahora de una forma u otra se había implicado, y conociéndola, después de saber que su marido había sido asesinado, iba a estar más presente que nunca. A pesar de ser una simple mortal, una humana, tenía un carácter fuerte y valiente. Sabía que no iba a dejarlo estar. Sólo esperaba que fueran capaces de vigilarla para que no hiciera ninguna locura. Intentaba mantener la cabeza fría y centrada, ahora más que nunca con la misión que teníamos entre manos, pero las cosas cada vez se ponían más difíciles.
- Se empeñó en acompañarnos, pero pude convencerla de que no lo hiciera. - se aclaró la garganta antes de continuar - hay algo más que debo decirte.
Más. Dios mío. ¿Qué más podría estar pasando?
- No me mires así, son... Buenas noticias creo. - sonrió levemente - Hemos podido reactivar los chips de rastreo que llevabais incorporados. Los GPS por alguna razón no funcionan, pero sí lo hacen los signos vitales...
Me enderecé de inmediato ante aquella afirmación. Entonces sabrían si estaban vivos...
- ¿Están vivos? ¿Todos?
- Sí, bueno... No todos. No podemos confirmar lo contrario pero el único que no funciona es el chip de Maik, quizás se haya averiado o alguna otra cosa, no sabemos más. Pero el resto están vivos Keilan... Vivos.
El corazón me bombeaba acelerado. Eso eran grandes noticias. Pero enseguida bajé tan rápido como había subido.
- Es una gran noticia... Pero...
- Exactamente... Si están vivos, es por algún motivo. Cualquier demonio los habría destripado al momento.
La piel se me puso de gallina ante la imagen de todos sus cuerpos desmembrados y ensangrentados en el suelo. Sacudí la cabeza en un esfuerzo por borrar aquello de mi mente tan rápido como fuera posible.
- Los están usando como cebo.
Afirmé de inmediato. Estaba claro. Era el único motivo factible para dejarlos con vida, esos monstruos hijos de puta disfrutaban cada asesinato de los nuestros como nosotros de los suyos.
El chico intervino en la conversación por primera vez.
- Entonces... Necesitaréis nuestra ayuda.
Graciela y yo lo miramos inmediatamente, puede que tuviera razón, pero no sabía que motivos tenía ella para decir lo contrario.
- Vuestra ayuda puede llegar en múltiples formas, y ahora mismo, lo que necesitamos es que trasladéis el cuerpo de mi... de Brayan a la orden dónde lo espera su mujer. Darle un final justo y digno como se merece, y quedaros allí, para salvaguardar a cualquiera de ellos.
- ¿Y tú? - contesté.
- ¿Yo? Yo iré contigo.
Comencé a negar con la cabeza.
- Ah, sí, ya te digo yo que sí.
Se plantó delante de mí con la mirada firme y penetrante. Casi intimidatoria.
- Me necesitas, puedo ayudarte con mi don y sabes que puedo luchar también. No me subestimes, o me infravalores. No te atrevas.
La verdad es que el don de Graciela podía darnos algo de ventaja, sería más fácil localizar a Dyandra y Emma, y llegar hasta ellas. No tenía intención de subestimarla... Sabía de lo que era capaz, era solo que no quería ponerla en peligro. Pero ¿Quién era yo para decidir por ella? Naz me había dicho lo mismo, y tenía razón.
- Estoy de acuerdo.
Graciela me miró sorprendida, seguramente esperaba que rechistara y me negara, el hecho de que no fuera así la pilló desprevenida.
- Gracias.
- A ti.
Sonrió ampliamente, está vez su sonrisa llegó hasta sus ojos y sentí algo de alivio. Si esto la mantenía entretenida como a mí, sería mucho más fácil soportar el peso de la pérdida. Además, ambos teníamos derecho a darle esa venganza a mí padre, esa justicia que tanto se merecía.
Ayudamos al chico a meter el cuerpo de mi padre en el coche, Vicky se limitó a dar vueltas de un lado para otro refunfuñando, pero no teníamos tiempo para niñerías así que nos limitamos a pasar de ella completamente.
Colocamos el cuerpo en la parte trasera y lo tapamos con unas mantas. Fue un momento verdaderamente horrible. Nunca pensé verme en aquella situación y por las lágrimas de Graciela sabía que ella tampoco. Era muy doloroso y aún que no fuera capaz de expresarme, por dentro el pecho me dolía amargamente. Sentía pesar y pena, pero había algo mucho más fuerte en mi interior. La ira. Una ira inmensurable, que intentaba mantener bajo control, porque si estallaba, no sabía si sería capaz de pararla. Y necesitaba mantenerme frío y calculador. Teníamos mucho por hacer, y a muchos a los que ayudar. No había podido proteger a mi padre, pero iba a proteger a los demás. Costará lo que costase.
Ambos se pusieron en marcha enseguida, Graciela les dio unas cuantas indicaciones y órdenes antes de partir y al fin nos quedamos solos.
- Tenemos que pensar en cómo vamos a hacerlo.
- Si, necesitaremos transporte.
- Bueno, por eso no deberíamos preocuparnos.
Graciela sonrió y yo solté un bufido.
- No me gustan las sorpresas. - me crucé de brazos y apoyé el peso del cuerpo en mi pierna izquierda.
- Está te va a gustar.
NAZET
Comimos algo rápidamente, era una especie de sopa hecha de ramas y hortalizas que nunca había visto. El color no era muy agradable y me hizo dudar, pero mi estómago rugía de mala manera, así que me aventuré. Estaba buena, más de lo que imaginé. Era un sabor nuevo que no podía comparar con nada que hubiera probado antes, pero no estaba mal.
Una vez terminamos Feyra nos dejó el libro a ambas.
- Echadle un vistazo, leedlo. Estudiadlo. Es lo único que os puede ayudar. Tengo que salir un momento a por material para enseñaros algunas cosas... Podéis ir haciendo eso mientras.
Ambas estuvimos de acuerdo, y durante un largo rato estuvimos dándole vueltas a la información que había en él. Estaba en un idioma que yo no conocía, pero Vega si supo descifrarlo enseguida. Dijo algo de un idioma antiguo de la capital, pero ni me enteré, no lo había escuchado nunca y me servía si ella podía leerlo. Estaba claro que tenía que aprender a hacerlo yo misma, pero ahora no tenía tiempo.
El libro explicaba ciertos ritos y rituales, algunos muy sencillos pero interesantes. Leímos uno con el que podíamos hacer que alguien dijera la verdad, fuera cual fuera. Anoté mentalmente que ese era importante y seguramente nos sería de ayuda en un futuro. Feyra nos había dejado papel y boli, así que mientras Vega leía yo iba tomando notas de todo lo que podía.
Era una situación algo surrealista, ella y yo aquí juntas sin insultarnos o saltarnos a la yugular en cualquier momento. De todas formas, lo prefería, nunca sentí animadversión por ella hasta que ella focalizó toda su mierda contra mí. No sabía el motivo, y realmente... Qué coño, realmente sí que me importaba.
Dejé el boli encima de la mesita de madera del centro.
- ¿Por qué me has odiado siempre, Vega?
Ella se enderezó en el sillón y dejó de leer. No me miró a los ojos cuando contestó.
- No te odio.
- Bueno, no has sido lo que se dice... Amigable. Nunca. Jamás. En estos años.
Esta vez sí me miró.
- No tiene nada qué ver contigo, no te odio. No me caes bien, eso ya lo sabes. ¿Motivos? Bueno... Creo que tampoco los tengo. Pero es así.
Se encogió de hombros y siguió leyendo como si nada. No entendí ni mierda, la verdad.
- No tiene sentido.
- No lo tiene.
- Ummm...
Estaba claro que iba a ser una conversación de besugos y que no íbamos a llegar a nada, así que lo di por perdido. De todas formas, tenía claro que le cayera bien o no, su relación conmigo iba a ser muy diferente ahora. Era la llama, la bruja blanca... Y ella lo sabía. De una forma u otra, tendría que tragarme le gustara o no.
Feyra apareció por el túnel con una cesta de mimbre colgando de su brazo. Alcancé a ver algunos hierbajos y hojas que se desparraman por los costados de la cesta.
- ¿Cómo vais? - dejó la cesta en la cocina mientras sacaba lo que había en su interior.
- Lentas.
Estaba desesperada, leer el libro y todo eso estaba muy bien, si tenía tiempo, pero no lo tenía. Quería ponerme en marcha ya. Dos días, dos días le había dicho a Keilan, e iba a cumplir mi palabra. Tenía que reunirme con él y encontrar a Emma y los demás.
Feyra se asomó por la puerta de cocina
- Despejadme el salón. Vamos a probar algo... Y no quiero destrozar nada.
Vega y yo nos miramos extrañadas, pero nos pusimos a ello de inmediato mientras ella comenzaba a picotear hierbas en la encimera. Colocamos los muebles y la alfombra en el túnel por el he habíamos llegado hasta aquí, una vez acabamos esperamos cerca de la lumbre de la chimenea.
Feyra entró en el salón con algunas velas y un par de cacharros donde guardaba a saber qué. Se arrodilló en el suelo frente a nosotras y comenzó a dibujar en él con una especie de ungüento negro. A decir verdad, olía horriblemente mal, tuve que disimular una arcada en toda regla. Tardó varios minutos en dibujar lo que parecía ser una especie de círculo, en el centro había un símbolo que reconocí rápidamente. Un sol y una luna entrelazados, lo había visto en el cuadro de entrada a la orden cuando llegué. No quise interrumpir a Feyra así que me giré hacia Vega.
- ¿Sabes qué es ese símbolo? - le susurré.
- Es... Como el Gin y el Jan. ¿Lo conoces?
Asentí.
- Te simboliza a ti, y a tu alter ego, tú otro yo. El bien y el mal, la noche y el día, el blanco y el negro... Ya sabes.
- Bueno... Sé a qué te refieres con los contrarios, pero... ¿Mí otro yo?
No entendía nada, como de costumbre. Me daba coraje que siempre me faltara información.
Feyra contestó antes de que Vega pudiera hacerlo.
- Es el símbolo de las llamas. Conocido como vita et mors, vida y muerte. - se aclaró la garganta y continuó mientras depositaba velas blancas y negras alrededor del círculo a nuestros pies - Se dice que nuestra raza comenzó cuando la primera portadora de la llama blanca y el primer portador de la llama oscura, se enamoraron. Aquella unión dio lugar a la magia que conocíamos antaño, a las brujas en sí. Es... Nuestro origen. El tuyo.
- Pero... A ver si he entendido bien, ¿hay una llama contraria a mí por ahí ahora mismo?
Feyra se rio.
- Desde luego, una no puede existir sin la otra. Y estás destinada a encontrarla... Y... Bueno, a repetir la historia imagino.
- ¿Cómo? - me enderecé en el sitio - ¿Me estás diciendo que tengo que enamorarme de la persona portadora?
- Bueno, no es que tengas qué enamorarte como tal, es que... Creo que no lo podrás evitar. No será algo forzado, surge. Es así, es inevitable. Estáis destinados a estar juntos y devolver la magia al mundo terrenal.
Estaba flipando. Pero vamos... Flipando mucho. ¿Qué iba a enamorarme de alguien que llevara la llama? Ni hablar... A menos que esa llama estuviera dentro de Keilan, no iba a enamorarme de nadie... Más. Sabía que había intentado reprimir mis sentimientos, pero tenía claro lo que sentía, y quería a Keilan. Desde luego me importaba una mierda quién tuviera esa llama de las narices, no iba a separarme de él. A lo mejor todo lo que tenía eran pájaros en la cabeza, y al final sería él quién no me quisiera o no me amara y luego encontraría a otra persona... Y... Basta. Demasiado por ahora. No iba a hacer públicas mis dudas y menos mis sentimientos hacia Keilan ahora. Eran míos y solo me pertenecían a mí, no iba a compartirlos con nadie, pero mucho menos con Vega.
Mientras mi cabeza zumbaba con aquellos pensamientos la oí hablar.
- No. Keilan no tiene la llama, por si te lo estás preguntando...
Me giré de golpe hacia ella, Dios... Tuve que reprimirme muchísimo para no darle de nuevo un buen puñetazo en aquella bocaza que tenía. Estaba segura de que me había sonrojado porque las manos comenzaron a sudar.
- Vía libre entonces para ti ¿No?
Ella me miró sorprendida.
- No sabes de lo que estás hablando.
- Bien, tú tampoco.
Feyra tosió desde el otro lado del círculo.
- Está listo. Nazet, necesito que te pongas en el medio y no pises las líneas que he creado alrededor por favor.
- ¿Qué vamos a hacer exactamente?
- He tenido una idea, creo que dentro del círculo podrás usar tus poderes sin problema. No estoy cien por cien segura de sí servirá contra todo lo que tienes dentro, pero creo que bastará para comenzar.
Dudé un momento, en realidad no me veía capaz de usarlos si es que los tenía. Pero me daba miedo no saber controlarlo y que alguien saliera herido. Aún qué bueno, si le hacía unos rasguños a Vega en la cara no me iba a dar ninguna pena.
- ¿No tenemos sólo dos días?
Vega me miraba con intensidad, se acababa de quitar los zapatos y los había dejado a un lado. Parecía que se estaba poniendo cómoda para verme hacer el ridículo.
Asentí para mí misma e hice exactamente lo que Feyra me había dicho que hiciera. Accedí al círculo saltando las rayas dibujadas a su alrededor con cuidado hasta que me coloqué en su centro. Algo parecido a la electricidad me subió por la espalda y me revolvió el estómago de inmediato. Había una sensación extraña en la punta de mis dedos, las manos parecían chisporrotear cuando los dedos se rozaban entre sí. El cabello se me estaba encrespando considerablemente, estaba claro que había algún tipo de energía en aquel lugar o... ¿Dentro de mí?
Pude ver cómo mi tía sonreía desde el otro lado.
- Lo sientes... ¿Verdad?
- Sí, es como... Como una corriente estática, como unas chispas... No sé explicarlo, pero me está revolviendo el estómago. - no toqué mi barriga por miedo a que me diera un calambrazo.
- Es la magia, la energía que desprendes. La puedo sentir aquí ahora, en toda la sala, y eso que aún no es ni un tercio de lo que realmente es. Debes acostumbrarte a la sensación, e intentar dominarla o podrías herirte a ti misma.
- ¿No habría sido mejor que me lo explicaras antes de entrar al puñetero círculo? - estaba realmente ansiosa, y por qué no decirlo, asustada. Aquello me estaba poniendo los vellos de punta y la sensación del estómago revuelto no hacía por apaciguar mis nervios. No sabía qué era aquello, no sabía cómo dominarlo, ¡si ni si quiera sabía qué era la magia hasta hacia apenas unos meses! La electricidad de mis manos se intensificó de repente, tanto que me subía por el brazo y saba la sensación de que iba a explotar en mil pedazos.
- Si no te tranquilizas, vas a estallar. Y la verdad... No tengo ganas de salir de aquí despeinada.
Vega sonreía desde el otro lado. La muy perra estaba disfrutando con todo esto. Le devolví una media sonrisa de lado mientras intentaba liberar un poco de aquella corriente a través de mi dedo índice, no sabía cómo se hacía, pero tenía claro el objetivo, así que esperaba que funcionara. Su mirada se oscureció de golpe cuando un rayo blanco e intenso estalló a pocos centímetros de su cara absorbido por una barrera invisible. El susto la hizo retroceder tan rápidamente que tropezó con sus zapatos y casi cae de espaldas si no fuera porque se sujetó rápidamente a la esquina de piedra de la chimenea.
- Perra.
- Muy perra - contesté.
Unos aplausos resonaron al otro lado. Feyra sonreía de oreja a oreja mientras hacía sonar sus palmas y asentía con la cabeza.
- Increíble. Creo que deberías controlar esos sentimientos, pero increíble. La rabia que has sentido ante la burla de Vega ha hecho que instintivamente utilizaras tu poder en tu propio beneficio. No he tenido que explicarte absolutamente nada. ¿Sabes lo que se tarda en hacer eso que has hecho? Parece una tontería... Pero en mi época era un curso completo, para conseguir controlar algo así. Al menos que obedeciera. Pensaste en tu objetivo, canalizaste parte de esa energía y la liberaste dando en el blanco. - la mujer miró a Vega - truco sucio, pero bueno.
Vega guiñó un ojo y se enderezó de inmediato.
- No debería ser tan fácil de todas formas, sacarte de quicio, digo. - me miró con las cejas levantadas- cualquier enemigo se dará cuenta de inmediato y atacará por ahí. Si no controlas esa ira, o lo que sea que sientes en el momento, estás perdida.
Suspiré. Sabía que tenía razón, pero también era consciente de lo temperamental que era. Controlar aquello iba a ser realmente difícil, pero tenía que intentarlo. Inmediatamente pensé en Keilan y Emma... En todos los que estaban corriendo peligro por mí culpa. Algo se arremolino de golpe en mi estómago y la electricidad estática que me envolvía comenzó a chisporrotear por todo mi cuerpo.
- Calma.
Feyra levantaba las manos y me miraba con los ojos abiertos. Acababan de decirme que tenía que controlar mis sentimientos y mis emociones y al segundo, había fallado. Intenté pensar en otra cosa, en algo agradable... Y en mi mente una imagen cobró vida instintivamente. Keilan me agarraba por la espalda baja, en la cama de la habitación de la orden, con la otra mano enredada en mi pelo y esos labios carnosos mordisqueaban los míos sin timidez. Aquella imagen calmó mis ánimos, pero humedeció mi entre pierna. Pensé que me estaba sonrojado, y creo que conseguí totalmente el efecto contrario al que buscaba. Rayos de luz blanco-azulada salían disparados de todas las partes de mi cuerpo estrellándose en la barrera protectora que había creado Feyra. Cerré los ojos, intentado buscar algo de paz en mi interior, algo que pudiera calmar todas aquellas emociones que tenía literalmente a flor de piel. Recordé el puerto de GreenIsland, estaba sentada en el borde de madera del puente y mis dedos jugueteaban con el agua del mar. El sol se estaba poniendo y el cielo cobró un tono anaranjado rosado precioso, sentí el cosquilleo del agua en mis pies e incluso el olor a sal en mi nariz. Calma. Añoranza. Eso sentía ahora mismo. No me di cuenta de que estaba temblando hasta que dejé de hacerlo. Abrí los ojos.
Vega me miraba fijamente con las cejas levantadas mientras Feyra asentía con la cabeza en mi dirección. Miré mis manos, no había chispas en ellas, en su lugar, finas hebras de color blanquiazul recorrían mis venas. Sentía un cosquilleo en ellas, pero no era desagradable. Me di cuenta de que la estancia estaba mucho más iluminada que antes. ¿Era yo? Era yo, desde luego. La luz irradiaba de mi cuerpo hacia afuera e iluminaba el salón sobremanera. Intenté apartar la vista, pero no pude, era impresionante. Aquellas finas líneas de luz me recorrían por completo, calentándome, transmitiéndome una sensación de seguridad y calor muy parecía a la de estar en casa. Me sentía bien. Algo estaba ahora mismo donde debía estar.
Unos golpecitos llamaron mi atención. Feyra golpeaba la burbuja invisible que me rodeaba intentando llamar mi atención. Si me había hablado, desde luego no la había escuchado.
- ¿Cómo te sientes?
Parpadeé varias veces y conseguí despegar mi vista de aquella luz que me envolvía.
- ¿Brillante? - me encogí de hombros. - No sé si es normal, pero... Me siento bien.
Ella asintió.
- Todo está ahora, donde debe estar.
KEILAN
Salimos de la casa y caminamos unos metros por detrás del pozo, donde se extendía el bosque de alrededor. Nos internamos en él por un rato.
- Déjame adivinar... ¿Un portal? - comenté impacientándome.
- Já, ¿Qué tiene eso de divertido?
Graciella apartó una enorme rama del camino dejando a la vista un par de motocicletas negras. No pude disimular el asombro. Ella me miró con una amplia sonrisa.
- Te dije que te iba a gustar.
- ¿Cuándo has dejado esto aquí?
Inspeccioné las motos, estaban nuevas, dos Aprilia RS completamente intactas e idénticas. Algo parecido a unas llamas rojas y amarillas embellecían los costados y el negro relucía. Me quedé embobado mirándolas. Siempre me habían encantado las motos, estaba claro que Graciela no lo había pasado por alto. Se colocó al otro lado de ellas.
- Bueno, sabes que tengo un don ¿Verdad?
La miré de inmediato, asintiendo.
- Pues está claro que no vi lo que iba a pasar con... Con tu padre. - tragó saliva antes de continuar - pero de alguna forma, si vi que tú y yo haríamos un viaje bastante largo. Así que, con tiempo, coloqué estás dos preciosidades aquí, escondidas. Mis visiones nunca son cien por cien seguras, pero por si acaso...
Increíble. Tenía que reconocer que era increíble.
- Esto es la hostia. Gracias.
- De nada. ¿Ves cómo me necesitas?
La vi sonreír y me dolió un poco el corazón. Tantas veces quise corresponderle, y jamás pude hacerlo. Ahora sabía que era por un motivo, después de conocer a Nazet tenía claro que ella era mi destino. Graciela siempre había sido amable de más conmigo, y a pesar de esa soberbia suya que muchas veces la caracterizaba, era una buena persona. Nunca quise hacerle daño.
- Siempre. - contesté. - Pongamos estas máquinas en marcha, tenemos que seguir el rastro de Dyandra y encontrar a Emma antes de que lleve a cabo lo que sea que planea.
- ¿Por dónde empezamos?
- Estoy seguro de que no ha usado ningún portal. Lo sabría. Además, puedo oler el rastro desde aquí, se fueron caminando carretera arriba, deberíamos comenzar por ahí.
- ¿Eres capaz de oler a 120km por hora? - levantó las cejas.
- Te sorprendería.
Ella se rio ampliamente.
- Vamos entonces.
Ambos nos subimos en nuestras respectivas motos. No teníamos cascos, no es que los necesitáramos, pero seguramente si nos topamos con policías tendríamos un pequeño problema. Ahora mismo, no iba a preocuparme por eso... Ya veríamos qué hacíamos si se daba esa situación. Lo que sí que teníamos que hacer era llenar el depósito, pues al encenderla vi que apenas tenía la mitad de gasolina. Necesitaríamos el depósito lleno para el viaje.
- ¿Gasolina?
- Lo siento, no pensé en eso. Debería haberlas llenado.
- Hay una gasolinera unos kilómetros al este, haremos una parada rápida allí.
- La gasolinera... ¿Del viejo loco?
No pude evitar descojonarme.
- ¿Tienes miedo?
Ella frunció el ceño.
- Yo no tengo miedo, es solo que es... Asqueroso.
- Mientras nos llene el depósito, me sirve.
Arranqué la moto y salí disparado hacia la carretera. Ella no tardó en reaccionar y enseguida se puso a mi altura. El viaje debo decir que fue bastante divertido, por un momento olvidé todo lo que acabamos de vivir con mi padre y toda esa mierda que aún teníamos que hacer. Simplemente me dediqué a pisarle a fondo y disfrutar del aire frío rozando mi cara, de los piques con Graciela y de las curvas cerradas. Para cuando el sol estaba en lo más alto, llegamos a la dichosa gasolinera.
El lugar estaba bastante abandonado, era muy antiguo y no se había reformado desde a saber cuándo. Los surtidores seguían siendo aquellos de antes, dónde podías cargar gasolina y pagar después. Algo que no veía factible en los tiempos de ahora, pero estaba claro que no pasaban muchas personas por aquí desde hacía ya un tiempo. La tienda tenía la mayoría de los cristales rotos y tapados con cartones. Desde fuera podía ver la luz de un fosforescente palpitar frenéticamente una y otra vez. Dejé de mirarlo fijamente porque me estaba dando migraña.
Paramos en aquellos surtidores que parecían caerse a pedazos.
- Espérame aquí.
Graciela no dijo nada, pero asintió. Sabía que me agradecía no tener que entrar en aquel antro de mala muerte. A medida que me acercaba a la puerta de entrada destartalada, una sensación extraña me recorrió por completo, no sabría decir qué era, pero no me dio buena espina. Antes de que pudiera avisarla, Graciela ya estaba colocada a mi lado.
- ¿También lo has sentido?
- Desde luego. No consigo ver qué es, pero hay algo... Hay algo aquí que no está bien. Huele a... ¿Podrido?
- Demonios. - afirmé.
- Ni hablar.
Suspiré, acercándome a la puerta y empujándola con cuidado.
El lugar estaba bastante dejado, algo que no sorprendía. Las estanterías medio vacías y las pocas provisiones que quedaban estaban completamente llenas de polvo y telarañas. Desde luego... Si había alguien aquí, o bien ya no estaba hace tiempo, o...
Un gorgojeo me puso los pelos de punta. Me enderecé e instintivamente coloqué a Graciela tras de mí. La oí chistar, pero no me importó. Aquel ruido venía de cerca del mostrador. Detrás del mismo podía ver una puerta entreabierta.
- ¿Ves algo?
- Nada. Lo he intentado, pero no, no tengo ni idea de lo que está pasando...
Los dos nos enderezamos de inmediato al oír un susurro proveniente de detrás de la puerta.
- Ayuda... Por favor.
Una voz apenas audible pedía ayuda detrás de aquella puerta. Algo me olía mal, pero si había alguien ahí que necesitaba ayuda iba a ayudarlo. No me lo pensé demasiado y salté el mostrador.
- ¡Espera!
No hize caso de la advertencia de Graciella, cosa de la que me arrepentí inmediatamente. En cuanto atravesé la puerta esta se cerró tras de mí, dejándome encerrado dentro. Pateé la puerta con fuerza pero esta no tembló. Escuchaba como ella hacía lo mismo del otro lado. Cuando me disponía a darle el golpe de gracia para derribarla, aquella voz volvió a pedir ayuda. Me giré escudriñando el interior de lo que parecía ser un almacén. Estaba completamente lleno de mierda, pude ver hasta cucarachas paseando a mi alrededor, correteando por las estanterías llenas de polvo y excrementos de rata. Supuse. Estaba oscuro, una pequeña claraboya en el techo era la única iluminación del lugar, me tensé a la espera de la sorpresa. Desde luego, que la puerta se cerrara así no era casualidad, ni de broma. Metí la mano en mi calcetín izquierdo. Sí, lo sé, algo tópico, pero era el mejor sitio dónde guardar mi pequeño tirachinas. Evidentemente no era un tirachinas convencional, bueno el tirachinas sí, pero no los pequeños perdigones que podía lanzar. Mi padre los había fabricado especialmente para mí, pequeñas bolitas recubiertas de una pócima que paralizaba al demonio más fuerte que se pudiera cruzar en mi camino. Su efecto era relativamente corto, pero me bastaba para cortarle la cabeza a cualquiera que se interpusiera en mi camino.
- Graz, hay una claraboya en el techo.
- Entendido. Voy.
Mientras Graciela intentaba colarse por arriba, tenía que ganar algo de tiempo. Afilé el oído en busca de la voz que pedía auxilio, ahora mismo sólo era capaz de oír una respiración acelerada y un gorgojeo. Me asomé por las estanterías de metal intentando no tocar nada, era asqueroso. Bidones que contenían algún tipo de sustancia rancia y podrida bloqueaban el camino hacia el fondo de la estancia. Me asomé y alcancé a ver unos pies descalzos y magullados en el suelo. Intenté respirar por la boca, el hedor del lugar estaba empezando a nublarme los sentidos. Aparté los bidones tocando lo mínimo posible sin dejar de observar a mí alrededor, algo me decía que no era la única persona allí conmigo. Cuando pude acercarme un poco más al cuerpo que había tendido en el suelo, no pude contener mi asombro. El cuerpo estaba completamente desnudo y lleno de lo que parecían ser arañazos y moratones. La piel oscura se había vuelto rosada y roja por todas las heridas que tenía en él. Me acerqué un poco más apartado con los pies las cucarachas que revoloteaban a mi alrededor, y entonces observé su rostro. Por unos segundos me faltó la respiración, aquella cara redonda y esos ojos verdes me miraban intensamente. Una cicatriz cruzaba su mejilla, aún más grande y abierta de lo que yo recordaba. Greg. Me cago en la puta, era Greg.
Me agaché de inmediato y le sostuve la cabeza, su boca sangraba como la mayoría de las partes de su cuerpo. Lo habían hecho pedazos literalmente, le faltaban dedos en las manos, una oreja... No me atreví a mirar mucho más. Se me revolvió el estómago.
Escuché un golpe encima de mí y vi como Graciela estaba intentando destrozar la claraboya para entrar. Deseé desde luego que no lo consiguiera, ver a nuestro amigo así no iba a ser nada fácil.
- Greg, tranquilo. Estoy aquí. Aguanta.
Me cogió del brazo mientras abría los ojos como platos, sabía que era una advertencia, pero me importaba bien poco. Mi prioridad era ayudarle inmediatamente, no iba a dejar que muriera aquí desangrado. Rebusqué en mi bolsillo en busca de la pequeña bolsa que me había dado mi padre antes de partir con Naz la última vez que lo había visto con... Vida. La encontré enseguida. Gracias a los ángeles, él nunca fallaba. Saqué unas hojas de coca, con una piedrecita cercana la trituré como pude en mi mano y se la tendí a mi amigo.
- Mastica como puedas, por favor. Esto te aliviará tío, vamos a salir de aquí. Te lo prometo.
- Qué conmovedor.
Una voz familiar salió de detrás de la estantería más cercana. Me giré y escondí como pude a mi amigo tras de mí en un burdo intento de protegerlo de quién quiera que estuviera allí. La sangre se me congeló en las venas al instante. Una figura bajita y regordeta asomó enseguida. Llevaba el pelo castaño recogido en un moño, sus pequeños ojos negros me miraban con lo que parecía ser diversión y su sonrisa era realmente... Irónica.
- Silvia.
- Volvemos a vernos guapetón.
- Tienes que ayudarnos, Greg es amigo mío, no sé qué ha pasado, pero...
- ¡Silencio!
La miré con los ojos desorbitados.
- No lo entiendes, grandullón.
Dos figuras deformadas, alargadas y negras con unos ojos rojos aparecieron detrás de ella instantáneamente. Intenté cubrir mejor el cuerpo de mi amigo y no mirar hacia arriba, esperaba que no supieran que Graciela estaba allí también, esperaba que no la hubieran descubierto antes que a mí. Con suerte... Ella lo habría visto venir de ante mano, o al menos eso esperaba.
- Creo que ya lo voy entendiendo.
Se carcajeo de una forma asquerosamente desagradable. Era una risa profunda y malvada. Debí suponerlo... Una vez más, debí haber estado más atento. Esta hija de puta había estado siempre en nuestra contra, y no me había percatado. Factor sorpresa. Increíble. Nuevamente me la habían colado.
- Suéltalo. Me tienes a mí ahora, estoy seguro de que soy de más valor que él. Suéltalo, e iré contigo sin rechistar.
Su sonrisa se hizo más profunda, creí percibir que hasta los demonios que la escoltaban sonreían. La ira hervía en mi interior de forma descontrolada.
- Ya lo hemos soltado, no sobrevivirá. Lo sabes. Y a ti... Bueno, a ti, ya te tengo.
Chasqueó los dedos y un par de demonios más aparecieron detrás de los ya presentes, el simple olor que desprendían ya me generaba mal estar. Tenía que luchar, iba a luchar, pero... Recordé a Nad de inmediato. No podía abandonarla, no podía dejarla sola... Esto estaba mal. Tenía que idear un plan en el que pudiera mantenerme vivo, tenía que encontrarla y tenía que desviar la atención de estos hijos de puta. Pensé en ganar algo de tiempo.
- ¿Por qué Silvia? ¿Por qué haces esto?
Ella se cruzó de brazos e hizo un gesto para que los demonios no atacarán. Me miró con una media sonrisa, estaba claro que podría ganar tiempo jugando con su ego.
- ¿Por qué Silvia? ¿Por qué haces esto? ¿Dónde están los demás? Dímelo o te juro qué...
Ella se cruzó de brazos e hizo un gesto para que los demonios no atacarán. Me miró con una media sonrisa, estaba claro que podría ganar tiempo jugando con su ego.
- Me juras, me juras... Ay Keilan, no debiste infravalorarme nunca. Pobre Silvia, siempre detrás de la estúpida de Vega... Pues ya ves, simplemente fue un medio para un fin. - se arregló cuidadosamente la camisa que llevaba puesta. - Esa estúpida zorra nunca se dio cuenta de nada, al igual que el resto. Pero tú sabes mejor que nadie, que la oscuridad es capaz de filtrarse por cualquier rendija... ¿No es así?
- Cállate. - Estaba a punto de cerrarle la boca con mis propias manos, tenía claro que después los monstruos que la custodiaban me harían pedazos, pero iba a sentirme de puta madre después de borrarle esa estúpida sonrisa de la cara.
- Oh, ¿He tocado una fibra sensible quizás?
Sonrió abiertamente y juro por lo que más quiero que tuve que controlarme desesperadamente para no arrancarle la cabeza de cuajo.
- ¿Dónde están?
- ¿Quiénes cariño? No sé de qué me hablas. A este miserable me lo encontré ya así. Bueno... Así quizás no, yo le he dado mi toque personal.
La rabia estalló dentro de mí y me levanté de golpe. Silvia alzó una mano y chasqueó los dedos, justo a su lado apareció uno de sus demonios custodios con Graciela agarrada por el cuello. Esto se estaba saliendo de madre y ahora me tenía pillado por los huevos.
- Ni se te ocurra. O le partiré el cuello a la pequeña zorra.
Graciela daba bocanadas en busca de aire, podía distinguir unas ojeras moradas debajo de sus ojos y el rojo en su retina. Me volví a agachar y bajé la cabeza mientras apretaba los puños. Me había metido el tirachinas por la manga de la chaqueta, esperaba que no se dieran cuenta.
- Así me gusta. Tú - se dirigió al demonio que sostenía a Graciela en el aire - afloja. No la mates todavía, nos va a venir bien la puta estúpida. Llévatela.
No pude evitar rechinar los dientes, sabía que, si se la llevaba, lo más probable es que no volviera a encontrarla. No sabía cómo podía evitarlo, no tuve tiempo, con un chasqueo de dedos, volvieron a desaparecer los dos de mi vista.
- ¿Dónde la llevas? ¿Qué es lo que quieres? Pídemelo, y te lo daré. Déjales irse.
- ¿Palabras mágicas?
Silvia seguía sonriendo mientras se ponía la mano en la mejilla a modo de burla. Dios, si me hubieran dicho hace unos años que sería capaz de soportar semejante situación no me lo habría creído. Pero tenía que hacerlo, por mí bien, y por el bien de Greg y Grazie.
- Por favor.
Su carcajada resonó por toda la estancia. Intenté controlar el temblor de mis manos ante la impotencia de la situación, mientras ella seguía riéndose de mí, sujetándose el estómago. Debía ser gracioso doblegarme así.
- No. - siguió riendo - el gran Keilan pidiéndome por favor. Deberías repetirlo de nuevo, creo que podría acostumbrarme.
Me tensé en el lugar donde estaba, hacía rato que no escuchaba la respiración de Greg y me temía lo peor, disimuladamente apoyé una mano sobre su pecho descubierto y noté debajo su respiración, era sutil, pero ahí estaba. Temía que le quedara menos tiempo del que esperaba.
- Por favor, libéralos.
Ella se puso sería de golpe y volvió a cruzar los brazos por debajo de sus pechos.
- No. ¿No me has oído? Ahora sois míos, y vendréis conmigo. No se te ocurra hacer ninguna tontería... Ni con tu estúpido poder. No podrías, no contra mí.
No puse resistencia cuando dos de aquellas asquerosas criaturas me agarraron por ambos brazos arrastrándome detrás de Silvia, hasta que vi que su idea era dejar a Greg ahí abandonado para morir. En aquel momento no pude contenerme más, no iba a permitir que los dejarán ahí muriendo, sufriendo y solo como un perro. Me zafe del agarre de los demonios y arranque la cabeza de uno con mis propias manos, el otro no tuvo tiempo de reaccionar cuando agarré la suya para hacerle lo mismo. De golpe un calor abrasador me subió por el estómago, tiré la cabeza del demonio hacia atrás y me miré el estómago. Silvia estaba frente a mí, con una daga en la mano atravesando completamente mi estómago, me flojearon las piernas y caí de rodillas.
- Te lo dije, no podrás contra mí. - limpio el cuchillo con la parte baja de su camisa salpicada con mi sangre. - No seas dramático... Te curas rápido ¿No? No mereces tal don.
Me pegó una patada en la misma zona donde me había apuñalado tirándome hacia atrás. No pude mover ni un músculo de mi cuerpo.
- No lo intentes, el cuchillo estaba envenenado. ¿Me crees estúpida? No podrás moverte en un buen rato, y te aseguro que el viaje, se te va a hacer largo... Has manchado mi camisa favorita.
Las otras dos criaturas que la custodiaban volvieron a cogerme, esta vez por los pies, y me llevaron a rastras tras ella. Ahora ni siquiera sentía el dolor de la herida sangrante en mi estómago, estaba perdiendo la visión y un sudor frío me recorría la frente, antes de que pudiera ver a dónde nos dirigíamos, caí en la nada.
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La profecía
Teen FictionCuando Naz conoce a Keilan toda su vida cambia por completo. Después de un trágico suceso que marcará un antes y un después en su vida para siempre, Naz descubre por primera vez quién es y a qué se enfrenta. Con una misión que cumplir y un libro que...
