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Quiero ser cómo tú, Gianna. Quiero ser una buena persona.

Rosé Thomas: Parte I.

"Suficiente."


[...]

Desde que nací, solo una palabra fue la que escuché, en toda mi vida, me acople a ella a la perfección, tratando de seguirla paso a paso, tratando de cumplir las expectativas.

" Suficiente. "

" Suficiente. "

" Tengo que ser suficiente. "

Pero nada de lo que yo hacía parecía importarles a mis padres. Ellos, no eran el tipo de persona que ejerciera abuso físico o maltrato en mi. Pero, por supuesto, su mayor defecto era que cualquier cosa siempre estaba por encima de mi.

No era algo que me afectara, yo había crecido así, los únicos momentos en los que mi corazón dolía era cuándo tenía eventos ya sean de la escuela o de mis actividades extracurriculares, ellos nunca estaban, ni siquiera eran el tipo de "Te prometo que iré" no, ellos ni siquiera me miraban.

Aunque yo me esforzara.

Aunque yo tratara.

Siempre de alguna manera, era invisible.

Era horrible envidiar a esas niñas que tenían padres amorosos, que las abrazaran y que sobre todo; les demostrarán su amor.

Yo también quería amor.

Lentamente y sin darme cuenta, me convertí en un fantasma solitario en mi casa. Nunca tuve a alguien a quién pudiera querer con pasión cómo decían todos, no tenía amigos, no era nadie.

Suficiente no implica conseguir lo que deseas aunque des todo por ello.

Hubo una etapa de mi infancia en la que desarrolle una fuerte obsesión para que mis padres me notaran, al punto de volverme el ser humano más competitivo y así, perder muchos amigos, nunca me importó. Por supuesto, nunca sirvió para nada, mis padres no admiraban nada de mi.

Adoraban presumir a sus compañeros sobre mis logros.

Pero no me presumían a mi.

Habían creado a una superficial, a una chica que al verse al espejo no se veía a ella, veía todos los defectos que debía mejorar para que sus padres pudieran darse cuenta de que era igual de útil que las cosas que valoraban a su alrededor. Quería que me vieran, quería que me quisieran, o tal vez, solo quería que me notaran. No importaba si era de buena o de mala manera, quería que supieran que tenían una hija de la que debían hacerse cargo.

Pero la única dañada fui yo, ellos siempre se mantuvieron indiferentes.

Todo dejó de importarme lentamente, y eso, me parecía bien.

"Los restos no te pertenecen a ti."

[...]

Doce años de edad.


La lluvia se pronunciaba aquella tarde de tormenta. Las gotas, llenaban los vidrios y se deslizaban con lentitud, los autos estaban en una tremenda fila enorme, mientras yo veía desde el segundo piso del hospital, aburrida.

Mi tía abuela se había enfermado, pero a mi ni siquiera me había importado en absoluto. Pensaba incluso, que estar en aquel lugar era una perdida de tiempo. Si moría o si vivía, no tendría algún cambio significativo en mi de todas formas.

La Casa de Los Pecadores. Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora