MALEDICTUS: Una maledictus son individuos del sexo femenino cuya sangre está maldita, lo que les permite trasformarse a voluntad en alguna criatura, aunque con el tiempo las lleva a transformarse en una bestia permanentemente.
Donde Kendra se une a...
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NURMENGARD
AGOSTO 1981
Tras la visita de Lord Voldemort a la casa de los Potter, una vez más tuvieron que ser cambiados de casa, pero esta vez decidieron que sería a una seguridad máxima.
Numengard.
La noche en que los Potter fueron atacados, James envió un patronus hacia la Orden informando el ataque.
Afortunadamente llegaron a tiempo, Sebastian llevó a Kendra hasta San Mungo donde la atendieron rápidamente y a los días la cambió a un lugar más seguro.
Era peligroso que todos supieran que Kendra seguía con vida, era riesgoso.
Nadie sabía si Lord Voldemort continuaba con vida, según los últimos informes todo indicaba que si o de lo contrario, los mortifagos ya hubieran atacado.
— ¿Cómo te sientes? — preguntó Lily entrando a la habitación de Kendra para revisarla.
Tras el ataque, la Orden acordó mudar a varios de los miembros a Numengard, las protecciones eran antigua y no cualquiera podía entrar.
— Igual que ayer — respondió Kendra. — Encerrada.
Lily se acercó para revisar la herida en el cuello de Kendra, una herida que no cerraba del todo al ser causada por una maldición imperdonable.
— Kendra, sabes que no estás encerrada en esta casa — dijo Lily mientras retiraba el vendaje.
— No se siente como una casa ahora — murmuro Kendra.
Lily limpiaba la herida en el cuello de Kendra con cuidado, las dos se mantenían en silencio tranquilas. Kendra confiaba en Lily, y Lily en ella, la pelirroja no iba a mentir si alguien le preguntaba sobre si tenía miedo por la vida de su amiga, por supuesto que lo tenia.
— Kendra...
La puerta de la habitación fue abierta bruscamente por Sebastian quien miraba a Kendra como si estuviera a punto de mandarle un gran sermón.
— Lily, puedes dejarme a solas con Kendra — pidió Sebastián. — Por favor.
Lily recogió sus cosas para dejar libre la cama. — Vendré más tarde a cambiarle el vendaje de nuevo.
La mirada de Kendra y Sebastian era desafiante, como dos espadas apuntó de ser incrustadas en el contrario. Así eran desde niños, mirándose de manera altanera con intenciones de golpearse, pero ambos eran la debilidad del otro.