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Andrew Jacobs: Parte I.

❝ idiota.❞


[...]

Trece años de edad.

Estar frente de ese piano era lo único que me hacía sentir grande.

Un silencio inundaba toda la sala mientras las personas esperaban que iniciara, y aunque era bueno, podía sentir el peso de mil miradas sobre mi, lo que me hacia sentir ese hormigueo en mi cuerpo que me ponía tan nervioso.

Respira...

Lo hice, respiré hondo tratando de regular mi respiración, tratando de ignorar el foco brillante que me apuntaba y resaltaba sobre todos. Pasé mis dedos sobre las teclas recordando todas las veces que había practicado la pieza, sintiendo como latía en mis venas deseando ser tocada. Justo cuándo estuve apunto de tocar, escuché esas voces.

—¡Vamos Andrew!—La voz de mi padre llamó mi atención, lo que hizo brillar mis ojos mientras lo observaba.—¡Sabes que puedes!

—¡Lo practicaste mil veces, vamos!

Mis padres me apoyaban más que a nadie.

Dejé por un segundo el nerviosismo, dejé por un segundo de pensar en las siluetas que estaban en el público, aquellas personas que tal vez me veían cautivados, o aburridos. Lo importante era que estaban justo aquí, respirando el mismo aire que yo, y que en unos segundos estarían sumergidos en el sonido que yo crearía.

Y empecé con la pieza.

Su sonido iniciaba siendo tan suave a los oídos de las personas, y ya no los veía, más bien los percibía. Su atención era una presencia casi física que me impulsaba. Sabía que estaban allí, más que presentes, escuchando cada nota y probablemente juzgandome, pero también, con un poco de suerte, dejándose llevar por la música. Mis dedos se movían con destreza y mis oídos estaban completamente concentrados en la melodía que producía. Desde muy pequeño, había ido a competencias de pianistas, cosa que amaba en el mundo.

Si, era raro. Un chico cómo yo, Andrew Jacobs, sentía que su mundo se reducía a un piano, a la música y a la cantidad de ojos anónimos que me observaban desde la oscuridad. Nunca fui solitario, tenía muchos amigos en la escuela, sin embargo la melodía era todo para mi, nadie lo entendería, pero mi talento era grande.

La música tenía algo que me hacía feliz, algo que sacaba lo mejor de mí.

La música fue...lo último que escuche.


[...]

—¡Eres genial!—Me decía mi madre mientras dejaba un beso en mi mejilla, mi padre caminaba admirando el premio que acababa de ganar en aquella competencia.

—Pero claro que lo es.—Soltó mi padre con un tono egocéntrico.—Andrew es un Jacobs, somos geniales en todo lo que hacemos.

—Lo vas a criar para que crezca siendo un engreído, Jacobs.

—¿Y lo malo?

Me reí cuándo mamá le dio un golpe a papá, yo iba agarrando de la mano a mi hermana pequeña, ella tenía nueve, mientras que yo tenía trece. Nosotros teníamos una buena relación pese a la diferencia, nuestros padres nos habían enseñado a llevarnos bien.

La Casa de Los Pecadores. Donde viven las historias. Descúbrelo ahora