VIII

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Para la mujer que ardía con la intensidad del sol enfurecido.

La mujer de planes rojos no confía ni en su propia sombra,
Un secuestrador que afirmó ser padre le extendió un lado de su alma,
El otro se lo arrancó para que no se enterara que a su enfado le debía descargos.

Ella no creía en canciones ni vida después de la muerte,
Decía que el destino estaba hecho para el presente;
Aunque tuvo morada la carne,
Su cabello cobrizo le recordaba que ella era fuego,
Pero distorsionó el significado del pecado y el incendio se le hizo metálico.

La sangre que escurrió del hombre la bañó en reposo,
Fue descalza por el mundo,
Esperando que su mirada quemara más que el remordimiento.

Blandió alabardas para proclamarse reina,
La llamaron tirana pero cosió las malas lenguas;
Convertirse en villana no sonaba a desperdicio,
Entendió que para estar en los carteles de búsqueda mejor era aspirar a la gran pantalla.

Un nombre que nadie escuchó,
Un llanto que se secó,
Vino un grito de regreso para hacerse entender que su valor estaba por encima de cualquier experimento.

Entonces una flauta adormeció los pesares,
Entendió que matar iba acorde con sentirse viva;
Ofreció su mano a los huesos pulverizados,
Le aseguró que a su lado el viento se volvería su esclavo.

Su fuego no cesó pero aminoró por primera vez;
El rey de las sonatas le hizo ver que para gobernar también hay que aprender a querer.


Miró a quien proclamó como su hijo y juró proteger,

Sus deseos,
Los de él,
Y encender las calles para no ser apresada otra vez.

El Llanto de los Perdidos en el InfiernoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora