Mariposas y Temblores

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Hoy desperté con una sensación extraña en el pecho. Era un nuevo día, pero los nervios no me dejaban en paz después de lo que Alan me había confesado. Sentía esas famosas mariposas en el estómago, algo completamente nuevo para mí y, al mismo tiempo, desconcertante.Al llegar a la escuela me di cuenta de que Alan no había asistido. Mi corazón se encogió un poco. Busqué a Amalia y, con la voz temblorosa, le confesé:—Amix... creo que me está gustando Alan.



Ella me miró con una sonrisa tranquila, como si ya lo supiera todo.


—No te preocupes —me dijo—. Tal vez tú también le gustas. Por algo te contó eso.

Sus palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza. ¿Y si era verdad? ¿Y si Alan sentía lo mismo? No quería ilusionarme ni aferrarme a la idea de que podríamos ser algo. Tenía miedo de crear una historia que solo existiera en mi mente.Durante la clase no logré concentrarme. Mi cabeza estaba llena de preguntas sin respuesta, pensamientos que iban y venían sin llegar a nada claro. Sabía que debía prestar atención, pero mi corazón estaba en otro lugar.En el recreo me quedé con Raquel. Su risa, siempre contagiosa, me hizo olvidar un poco todo. Entre plática y plática me dijo algo que me dejó helado:—Alan siempre habla de ti cuando está con su amiga.Sentí un calor recorrerme el cuerpo. Justo entonces noté una mirada intensa. Era Josué. Me observaba con algo parecido al rencor, rodeado de sus amigas. Preferí no darle importancia y me fui a la cafetería a comprar unas papas.


Ahí aproveché para preguntarle a una amiga de Alan por qué no había ido a la escuela.—Se le hizo tarde —me dijo—, ya no alcanzó a llegar.Suspiré aliviado. Por un momento pensé que le había pasado algo. Me di cuenta de que empezaba a preocuparme demasiado por él, y eso me asustó. Nunca me había enamorado. Nunca me había gustado nadie de verdad. ¿Sería este mi primer amor? ¿Algo bonito o algo doloroso?La última clase se me hizo eterna. Pensaba si debía mandarle mensaje por la tarde o esperar. No quería parecer insistente ni intenso, así que decidí dejar que él escribiera primero... si es que quería hacerlo.


Al salir de la escuela caminé con mi hermana y le conté todo sobre Alan. Me escuchó con atención y luego dijo:—Tal vez deberías decirle lo que sientes.—Me da miedo —le confesé—. Sería mi primer rechazo.Ella sonrió con picardía.—No te preocupes. A cualquiera que te haga daño, le parto su madre.Reímos. Ese apoyo me hizo sentir más seguro.En casa comí con mi mamá. Entre la plática le dije que estaba conociendo a un chico. Me miró, sonrió y dijo que le parecía bien. En ese tiempo aún le costaba acostumbrarse a mi orientación, pero hoy sé que siempre hizo lo mejor que pudo.Pasaron las horas y no llegó ningún mensaje de Alan. Decidí dormir. Tal vez hoy no quería hablar.Al despertar, vi un mensaje suyo: *"Buenos días"*. Respondí con un *"Buenos días"* y una carita feliz. No le llegaron los mensajes; la señal no era buena en ese tiempo. Me fui a la escuela sin saber qué pensar.Al entrar, alguien me tocó el hombro.—Hey, Agustín. ¿Cómo estás?Era Alan.
—Muy bien —respondí nervioso—, un poco desvelado, pero bien.Sonrió.

—Me da gusto. Oye, ¿te parece si nos vemos hoy a las 10:20 en las escaleras?

Asentí sin pensar. Se fue, y yo me quedé completamente alterado. Faltaban veinte minutos para el recreo. ¿Qué iba a pasar? Las horas se me hicieron eternas.Cuando ya me dirigía al baño, se activó la alerta sísmica. Bajé corriendo. ¿Sería una señal? Entre el alboroto lo vi. Alan me estaba esperando.

—Ya iba a ir —le dije—, pero salió un compañero.

No sé cómo pasó, pero lo abracé. Fue un abrazo torpe, corto, nervioso. Mi mano quedó cerca de su cuello, como un abrazo entre amigos... o algo más. Ambos nos pusimos nerviosos. Para mí era algo completamente nuevo; para él, quizá aún más, pues no estaba acostumbrado a mostrarse así en público.


Después me fui con Raquel y Amalia. Pasamos todo el recreo juntas. Muchos padres llegaron por sus hijos por el miedo al temblor. Al final, me fui con mi hermana.El sismo fue leve, nada comparado con el del 19, pero ese día quedó marcado en mi memoria por algo más fuerte que la tierra moviéndose.Al llegar a casa vi mensajes de Alan. No podía sacarme de la cabeza lo que estaba pasando. ¿Qué significaba ese abrazo? ¿Qué iba a pasar mañana? El miedo y los nervios no me dejaban pensar con claridad.Después de eso ya no hablamos más. Hice mi tarea, pero mi mente estaba en otra parte. Pensaba en cómo volvería a abrazarlo, en si le gustaba, en si yo le gustaba. No tenía respuestas, pero sí una certeza: ya quería verlo.Me acosté con el corazón acelerado. Solo quedaba esperar al día siguiente.No sabía si habría una confesión, una conversación o solo otro abrazo...pero algo dentro de mí me decía que nada volvería a ser igual.

Agustín y Alan Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora