Conocer su mundo

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Faltaban solo tres días para la fiesta de su hermana y yo estaba hecho un manojo de nervios. Nunca había tenido una cuñada, y mucho menos en una situación así. Lo único que me tranquilizaba era saber que ella también era lesbiana; de algún modo, pensé que eso haría todo más fácil. Aun así, la idea de no caerle bien me rondaba la cabeza. ¿Y si no me aceptaba como el novio de su hermano? ¿Y si me rechazaba antes siquiera de conocerme?


Ese jueves, tres días antes de la fiesta, hablé con mis amigas. Raquel fue directa, como siempre, pero sin perder su toque divertido:—Mira, Gus —me dijo—, no sé mucho de esto porque eres mi primer amigo gay, pero llega formal y amable. Eso habla bien de ti.Amalia no tardó en intervenir con su voz dulce:—Exacto, Agus. Eres un chico lindo, humilde. Solo sé tú mismo y verás que todo saldrá bien.Sus palabras me tranquilizaron un poco. Los nervios seguían ahí, pero sentir su apoyo me ayudó más de lo que ellas imaginaban. Les agradecí y traté de concentrarme en la clase, aunque el maestro ya nos pedía silencio.


En el recreo vi a Alan con sus amigas. No quise interrumpir; él también necesitaba su espacio. Mientras caminaba con las mías, sentí unas miradas fijas sobre mí. Volteé con discreción y ahí estaba Josué, mirándome con odio, acompañado de sus amigas. No entendí por qué. No me conocían. Decidí ignorarlo y seguir mi camino.


Mis amigas se me perdieron entre la gente y, cansado de buscarlas, me senté en las escaleras a esperar el timbre. Cuando tocó, fui hacia el edificio de los segundos. De pronto sentí un golpe: Josué pasó a mi lado y me dio un codazo. Me miró con burla y siguió caminando.Solo me reí. Se suponía que él era mayor, el "maduro". Pero ya había quedado claro quién lo era realmente. Llegué al salón y ahí estaban mis amigas, también buscándome. Nos reímos de no habernos encontrado.


Aun así, no dejaba de preguntarme por qué tanto odio hacia mí. No le había hecho nada. Supuse que simplemente no aceptó que yo no correspondiera a lo que él sentía. Y por primera vez, entendí algo importante: prefería ser juzgado por otros antes que traicionarme a mí mismo. Pensé en Alan, en lo hermoso que era por dentro y por fuera, y eso me devolvió la calma.En la salida nos despedimos y cada quien se fue a su casa. Yo empecé a prepararme mentalmente para el domingo. Aunque faltaban días, quería tener todo listo. En mi cuarto elegí mi ropa con cuidado; según Alan, iríamos a unos XV años, así que debía verme elegante. Cuando revisé mi teléfono, Alan me escribió para saber si ya estaba listo. Le dije que sí y se fue a dormir.Yo no pude. Esa noche mi mente voló lejos. Pensé en escribir un libro, algo que en ese tiempo parecía imposible. Hoy, mientras escribo esta historia, me doy cuenta de lo irónico que fue ese pensamiento. Dormí mal, y cuando desperté ya era sábado.


El miedo a que llegara el domingo no me soltaba, así que me mantuve ocupado todo el día. Cuando cayó la noche, los nervios regresaron con más fuerza. Me dormí temprano porque debía levantarme pronto.El domingo me bañé, me arreglé y mi mamá me llevó al punto de reunión. En el camino no dejé de pensar cosas negativas. En el tren, ella me miró y me dijo con calma:—Relájate, todo va a salir bien.Llegamos al centro de Xochimilco y solo quedaba esperar a Alan. Cuando llegó, mi mamá lo saludó y nos dejó solos. Caminamos juntos. Yo le confesé lo nervioso que estaba. Él se detuvo, me miró y me abrazó.—Todo va a estar bien —me dijo—. No te preocupes.Eso bastó para tranquilizarme. Caminamos un poco más y, de pronto, comencé a escuchar música. Ya estábamos cerca. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.En la entrada nos recibió su hermana. Se llamaba Fernanda. Fue amable desde el primer momento. Su novia, Paola, también fue muy linda conmigo. Saludamos al festejado, entregamos el regalo y nos sentamos.


Al principio hubo poco diálogo. Alan tomó mi mano por debajo de la mesa y ese gesto me dio fuerza. Entonces escuché la voz de su hermana:—Agustín, ¿cómo estás?—Bien, gracias —respondí, nervioso.—Me da gusto. Veo que estudian en la misma escuela.—Sí —contesté—. Yo voy en segundo y Alan en tercero.Poco a poco la conversación fluyó. Reímos, hablamos, y el tiempo pasó sin que me diera cuenta. Cuando ya era tarde y debía irme, Fernanda me dijo que después saliéramos, que no me preocupara. Me dio gusto conocerla.En ese momento supe que todo había salido bien. Le había caído bien.Alan me acompañó a la parada del camión. Me abrazó, feliz de que por fin hubiera conocido a su hermana. Me despedí y regresé a casa. En el camino vi una notificación en mi teléfono: una solicitud de amistad de Fernanda. La acepté sin dudar.Todo parecía estar en calma. Todo estaba mejor.Aunque había algo que Alan no me decía.Le pregunté, pero solo respondió:—El martes hablamos de eso... es algo que me tiene preocupado.Y, sin saberlo, ese sería el inicio de una nueva prueba para nosotros.

Agustín y Alan Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora