Hola, soy Agustín, y esta historia es fundamental para mí, en el presente y en el futuro. Hace unos años, en segundo de secundaria, descubrí que me gustaban los chicos, pero temía revelarlo. La presión social me abrumaba; esa lucha interna entre ser yo mismo y el temor al juicio ajeno era constante. Un día, sin la compañía de mi mejor amigo armando, decidí abrirme a Fernanda, una compañera de clase. Con una sonrisa y palabras de aliento, me recordó que la sociedad estaba cambiando. Ese día, también conocí a una nueva compañera que se convertiría en una gran amiga.
Amalia, una chica encantadora y dulce, se unió a nuestra clase tras el daño sufrido por su escuela en un temblor. Pronto, nos volvimos grandes amigos; le compartí que era gay y, a pesar de su fe, lo aceptó con una sonrisa. Al llegar a casa con mi hermana, recibí una solicitud de amistad de Josué, un chico de mi escuela que aparentaba ser más maduro, cursando el tercer año. Me comentó que solía verme pasar. Nuestras conversaciones se hicieron amenas hasta que la noche llegó y, cansado, me preparé para descansar antes del nuevo día escolar.
El día que llegué a la escuela, todo parecía un torbellino de cambios. Después del sismo que había dañado nuestro edificio, la llegada de un nuevo rostro ya no era sorpresa, pero aún así me intrigó. Raquel era su nombre. La vi entrar, con su cabello rizado y una sonrisa amable. Ella también había sido afectada por la tragedia, y decidimos darle la bienvenida a nuestro pequeño grupo, que ahora contaba con tres integrantes. Yo, emocionado, le compartí a Raquel que me gustaban los chicos. Su respuesta fue amable y reconfortante; me dijo que Dios ama a cada uno de nosotros tal como somos y que no hay lugar para el odio en su corazón.
La verdad es que no soy particularmente religioso, pero su perspectiva me hizo sentir un poco más ligero. La conversación fluyó de una manera natural y, en medio de risas y confidencias, fortalecimos el lazo que empezaba a formarse entre nosotras.
En el recreo, mientras disfrutábamos de la calidez del sol y nuestros pequeños momentos de libertad, vi a un chico que me había llamado la atención desde hace un tiempo: Josué. Era alto, de piel morena y unos profundos ojos cafés que irradiaban una genuina amabilidad. Se acercó a mí con una sonrisa y, con una voz suave, me preguntó si podía ir a buscarlo a la clase de música.
Sentí cómo las mariposas en mi estómago comenzaron a revolotear. Aunque mi timidez se apoderó de mí, le respondí que sí. Sin embargo, el nerviosismo me jugó una mala pasada y, cuando llegó el momento de ir por él, la inseguridad me detuvo. En lugar de avanzar, me quedé paralizado, la mente llena de dudas. Finalmente, decidí no ir.
Al final del día, salí de la escuela con mi hermana, con una mezcla de emociones en mi interior. Había una nueva amistad en ciernes con Raquel, y había dejado pasar la oportunidad de acercarme a Josué. Sentí que, a pesar de mis miedos, era el comienzo de algo grande.
Al llegar a casa, noté que Josué me reclamaba por no haber ido a buscarlo. Me disculpé sinceramente, explicando que no había sido mi intención. Él, tratando de restarle importancia, me dijo que la próxima vez sí me esperaría. Sin embargo, percibí un cambio en su actitud; se volvió más distante y seco, pero decidí no darle demasiada importancia y seguí con mi día, haciendo tarea y volviendo a acostarme.
A la mañana siguiente, al llegar a la escuela, vi a Josué, pero él no me saludó. Su enojo era palpable, y me hizo cuestionar si realmente le había molestado mi ausencia el día anterior. Aunque lo consideré comprensible, la timidez me frenaba a acercarme y ofrecerle mis disculpas nuevamente. Durante el recreo, una de sus amigas me instó a hablarle, sugiriendo que no fuera un cobarde, que él no tenía por qué esperar a nadie. Quedé paralizado por su comentario, incapaz de responder, y decidí refugiarme con mis amigas, dejando que el tiempo pasara sin enfrentar la situación.
Al llegar al salón, una nube de dudas me envolvía. ¿Qué había hecho mal? ¿Realmente necesitaba ayuda? Decidí ignorar mis pensamientos y, al bajar, me dirigí al baño. Allí, mientras me lavaba las manos, me encontré con él. Entre risas nerviosas, me hizo un cumplido: "Eres muy lindo y me gustaría conocerte más". Sus palabras sonaban genuinas, pero había algo extraño en su tono, como si las pronuncieara con prisa.
A pesar de la confusión, respondí que sí, que estaría encantado de seguir conociéndolo, con la emoción de que esto sería algo nuevo para mí. Era un primer encuentro lleno de posibilidades; nunca había dado un beso ni había estado con un chico antes.
Sin embargo, esa ilusión se desvaneció rápidamente. Esa tarde, cuando me envió un mensaje, noté su falta de interés; sus respuestas eran secas y distantes. Al poco rato, lo peor ocurrió: me eliminó de sus amigos en redes sociales. La decepción se instaló en mí, recordándome que el amor a veces se siente como un juego que no se juega.
Al llegar a la escuela, ya era viernes y los ecos del día anterior todavía resonaban en mi mente. Josué, ese chico que había despertado en mí una chispa de interés, había pasado de largo, saludándome con indiferencia. Había sido un encuentro extraño, ya que un día me invitó a conocernos y al siguiente me ignoró por completo. Me sentí mal, pero decidí no darle más importancia. ¿Quién sabe cuándo encontraría a alguien que realmente me amara?
Durante el recreo, mis amigas charlaban animadamente sobre su fin de semana. Yo, distraída, noté que un chico me observaba. Su mirada intensa me hizo dudar, pero rápidamente descarté la idea de que me prestara atención. Cuando anunciaron que la semana siguiente habría firma de boletas, me sorprendí. A pesar de la pequeña emoción, la ansiedad invadió mi mente; en primero de secundaria, había tenido que enfrentar un extraordinario en geografía, una materia en la que nunca había destacado.
En medio de la conversación, Amalia nos presentó a una chica de tercero que, al parecer, tenía un amigo llamado Alan. Su actitud era juguetona y burlona, y me molesté un poco por su forma de mirarme, como si me preguntara "¿y tú quién eres?". Ignoré su presencia, pero justo al irnos, Amalia me susurró que Alan había estado preguntando por mí. La curiosidad me picó, pero decidí seguir mi camino sin darle más importancia.
Al llegar a casa, algo impresionante captó mi atención y me quedé atónita. Detrás de un viejo árbol en mi jardín, un destello brillante surgía entre las hojas, como si guardara un secreto esperando ser descubierto. Era el comienzo de algo inesperado, tal vez el primer paso hacia un amor que ni siquiera sabía que estaba buscando.
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Agustín y Alan
RomansaEsta historia es basada en un sueño , como poder salir del clóset y ayudar aquellos que el amor es para todos ❤️🏳️🌈
