La distancia

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Habían pasado ya casi tres semanas desde que salimos de vacaciones. Últimamente Alan y yo no hablábamos mucho. Traté de convencerme de que era normal, de que seguramente estaba nervioso por los resultados de la escuela en la que se quedaría. Faltaban menos de seis días para saberlo. Aun así, decidí no darle demasiada importancia. Pensé que, como siempre, él me escribiría... y si no, yo podría preguntarle si todo estaba bien.Pero el día pasó y lo veía conectado, sin escribirme. Y cuando lo hacía, era seco, distante. No entendía qué estaba pasando, y eso empezó a preocuparme. Apenas llevábamos tres semanas sin clases y ya sentía que algo estaba cambiando. Pronto le darían los resultados, y de eso dependía si estaríamos cerca... o muy lejos.


Esa noche intenté dormir temprano. No quería que mi cabeza se llenara de ideas que solo me hacían daño. Me repetía que él tenía que escribirme, que yo siempre era el atento, el que estaba ahí.A la mañana siguiente desperté con un mensaje suyo:"Buenos días, que tengas un lindo día."

Nada más.

Tan frío que no respondí hasta una hora después. Luego vi una historia suya: había salido. Sentí celos, algo raro en mí, porque yo no era así. Me di cuenta de que necesitaba calmarme y entender qué estaba pasando antes de sacar conclusiones.


Le pregunté si quería salir. Me dijo que sí. Acordamos vernos en el parque de siempre al día siguiente. Aceptó sin problema. Esa noche no dejé de pensar en cómo decirle que me sentía incómodo, que lo notaba distante, que ya no lo sentía igual.Busqué consejo en Amalia. Le conté todo y ella me dijo:—Si te ama, va a estar contigo. No te hagas ideas sin saber qué le está pasando, porque si malinterpretas las cosas, todo se puede salir de control.Tenía razón. No quería cargarlo con reclamos. Así que empecé a pensar cuidadosamente mis palabras. Incluso escribí una carta. Lo sé, suena raro, pero en ese momento no sabía cómo hablar con mi pareja. Todo era nuevo para mí. Tener un novio, sentir tanto miedo a perderlo.Pasé horas hablando conmigo mismo, repitiéndome que todo iba a salir bien. Aun así, tenía miedo. Mucho miedo de que se alejara, de que dejara de estar en mi vida. Lo amaba, y no sabía qué sería de mí si se iba.


No me di cuenta de la hora hasta que mi mamá entró a mi cuarto. Eran casi las dos de la mañana. Me dormí porque, si no, al día siguiente no podría levantarme.Al despertar, me cambié rápido y corrí a verlo. Ya había llegado. Se me hizo tarde, pero cuando lo vi no pude contener las ganas de abrazarlo. Lo hice. Él me abrazó de vuelta. Eso me dio un poco de tranquilidad... pero aún necesitaba saber por qué se estaba comportando así.Caminamos juntos y platicamos sobre lo que habíamos hecho durante las vacaciones. De pronto me detuve y, con voz seria, le dije:—Alan, ¿qué pasa? Te has estado comportando muy seco conmigo.Me miró preocupado y respondió:—Amor, estoy nervioso... tengo miedo de no quedarme cerca de ti.No supe qué decir. Justo cuando iba a hablar, él continuó:—Yo te amo. Me da miedo estar lejos de ti porque ya casi no podríamos vernos.Nos abrazamos. No hubo más palabras. Lo acompañé hasta su casa, sabiendo que esa noche conocería sus resultados. Todo dependía de eso. Aun así, sus palabras me dejaron inquieto. Mi mente empezó a traicionarme: *¿y si lo dice porque hay alguien más?*Antes de irse le dije que estaría pendiente en la noche. Le di un beso y se fue. En el camino a casa sentí un nudo en el pecho. No quería que llegara la noche. No tenía pensamientos positivos. Tenía ganas de llorar.


Tengo miedo, me dije. Miedo de que encuentre a alguien más en su nueva escuela. Él es mayor que yo; a mí todavía me falta un año para llegar a la prepa. Ese pensamiento no me dejaba en paz.Llegué a casa y me encerré en mi cuarto. Lloré hasta quedarme dormido. Soñé cosas bonitas: una vida juntos, una familia, un amor sin discusiones. Ese sueño jamás lo olvidaré, porque hasta hoy sigo queriéndolo igual.Me desperté y ya eran casi las diez de la noche. En media hora revelarían los resultados. Estaba muy nervioso. Bajé a cenar para distraerme un poco.Cuando terminé, revisé mis redes sociales. Todos subían estados diciendo en qué escuela se habían quedado. De Alan no había nada. Pasó una hora... y entonces llegó su mensaje. Era un audio. Estaba llorando.


—Amor... me quedé en el Bachilleres 116. No sé qué hacer. No estoy cerca de ti.Sentí que el corazón se me rompía, pero le respondí:—No te preocupes, amor. Ya veremos cómo nos organizamos. No te sientas mal.No respondió después de eso. Pensé que necesitaba su espacio. Decidí dormir. No quería presionarlo, no quería verlo triste.Antes de cerrar los ojos me hice una sola pregunta:*¿Qué va a pasar ahora?*Solo esperaba que, pasara lo que pasara, nada cambiara entre nosotros.

Agustín y Alan Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora