9. Todos a Acapulco

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¡Autolesiones! No leer si son sensibles a este tema.

Dormí como un idiota asustado y nunca había dormido tantas horas hasta que Elena me despertó.

Seguía muy cansado y no quería ir a la escuela, ni siquiera traté de ser optimista cuando Han me mandó mil mensajes de apoyo, ni de intentar sacarle plática a Mary cuando me fue a dejar el uniforme planchado.

Mary y Elena estuvieron cuando mi papá se enteró de lo del cuadro de honor, no me presionaron en hablar. Me levanté yendo a bañarme una vez salieron de mi habitación; no importaba la temperatura, el agua y el gel me ardían en los golpes.

—Puta madre.

El dolor dejó de importarme una vez empecé a secarme, estaba siendo brusco para terminar rápido, no quería ver mi cuerpo marcado.

Respiré hondo cuando terminé de hacer todas mi rutinas y me encontraba listo para bajar. Me ví al espejo y me tragué el nudo en la garganta; iba a costarme mucho.

Ese día estaba siendo muy silencioso, nunca lo era; siempre tenía algo que gritar, algo de qué quejarme. Pero ese día estaba vacío.

Veía las casas con desgano antes de que Roberto me dejara en la escuela, tampoco le hablé a él.

—Lix— Han me abrazó por detrás —¿cómo estás, bebé?

—¿Quieres que sea honesto?

—Sí.

—Siento que me acaban de atropellar cuarenta trailers.

Estaba siendo cortante con él, lo sabía y me sentía mal por ello porque él no lo merecía, pero no estaba realmente seguro sobre qué decir además de la verdad.

Mi día siguió siendo vacío, había pensado estúpidamente que quizá si veía a Hannie quizá me alegraría, pero otra vez fracasé. Y es que eso me frustraba tanto.

En el primer receso decidí no salir y le pedí a Jisung que él se fuera con los demás, porque además de que tenía que rearmar su trabajo con su equipo, yo seguía sintiéndome tan mal.

Estaba volviéndome a sentir solo.

Era como si el tiempo te pasaba y tú ni siquiera te dabas cuenta, se sentían como pisoteadas en el alma.

Yo no me sentía bien, pero tampoco tan mal como para pasarme el día llorando. Me sentía muerto. La idea de la muerte no me asustaba, estaba realmente convencido de que ni siquiera llegaría a los 20, no me podía imaginar siendo un adulto; entonces simplemente me resigné a pensar que moriría pronto y no hacer nada para evitarlo.

Quizá moriría por un accidente de auto, quizá me asesinarían. Realmente no lo sabia.

Aunque por otra parte, no importaba cuántas veces me convenciera de que no me importaba creer lo que creía, siempre estaba afligido pensando en ello. Moriría y quizá Catalina no iría al funeral, o Isabel, o casi nadie que no fuera mi papá. No sólo me sentía solo, también estaba solo. Nunca fui importante en la vida de alguien, ni siquiera en la de mi mamá, así que no podía esperar algo grande en mi funeral.

Moriría con una enorme nube gris sobre mi cabeza.

Cuando era niño mi abuela acostumbraba a decirme que no iba nunca a ser amado si seguía gritando mucho. Hice todo para cambiar, y cuando volvía con mi abuela me daba una razón diferente, las arreglé todas: mi voz, mi risa, mis lágrimas, mi inmadurez, mi actitud, mi personalidad, mi todo y aún así no funcionó, seguía siendo demasiado sentimental a sus ojos. ¿El problema soy yo? Un día le pregunté.

. Era lo que contestaba mi abuela materna, y sonaba tan irreal, porque nunca esperé que me importara tanto lo que alguien me dijera. Mi abuela siempre era tan fría a pesar de que su piel era tan caliente que sentía que me quemaba.

Chicos fresasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora