7. Estarás mejor

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Por fortuna o por desgracia, desperté a la mañana siguiente, o sea el día de regreso de vacaciones, con la nariz congestionada a pesar de no estar haciendo tanto frío.

No fui a la escuela ese día y a pesar de que se sumó a la interminable lista de los días más monótonos de mi vida, no tuve que ver a Hyunjin. Lo cuál era un alivio pero una tortura al mismo tiempo, no tenía de quién reírme en mi casa. Creo que era lo único rescatable de Hyunjin: a diferencia de todas las personas que me rodeaban, él no se molestó en estar bien conmigo, que por muy malo que sea, había sido entretenido tener algo de drama que remplazara la apatía por molestia.

Era mejor sentir algo desagradable a sentirse muerto.

—¿Cómo va su vida, señora Mary?

—Nada fuera de lo común, patrón— se limitó a responder. Odiaba que me dijeran patrón; parecía sacado de película mexicana cliché donde un rico casado se enamoraba de la hija de sus sirvientes y decide mandar a la mierda a su esposa para estar con alguien de "espíritu libre" que le enseñaba que para el amor no había diferencias de clases.

Decidí no contestar, me dolía la garganta y llevaba toda la mañana tratando de hablar con alguien y siendo olímpicamente ignorado por las tres personas que estaban en mi casa. Jisung me llamó desde que le envié el mensaje de que estaba enfermo y por eso no fui, había conseguido escaparse al baño durante una de las clases más estrictas solo para preguntarme cómo estaba. Me hizo sentir como si yo de verdad podría llegar a importar.

Mi papá por otra parte sólo tenía tiempo para llamar a nuestro médico, el señor Rafael, para que me hiciera un chequeo y me diera píldoras lo suficientemente fuertes como para hacerme dormir al menos hasta que él llegara.

El señor Rafael ya se había ido y me había dejado indicado que debía tomar el medicamento a las 12:30. Que por cierto era media hora después de que Mary y Elena se tuvieran que ir, su horario en días laborales tenía muchos descansos. Entraban a las 10:30 am, se iban a las 12:00 pm, volvían a las 2:00 pm y se irían finalmente a las 5:00 pm.

Estaba a cinco minutos de quedarme solo y Mary estaba dando los últimos toques a mi habitación mientras que yo la observaba sin mucho que decir y sin mucho que pensar porque quizá el dolor de cabeza me dejó sin neuronas. A pesar de que no pudiera entablar una conversación coloquial con ellas, les había agarrado mucho cariño; me cuidaban desde niño y tampoco era muy bueno quedándome solo tampoco.

No me quería quedar solo otra vez.

Justo dos minutos antes de que se acabara su trabajo en mi casa, Elena entró a mi habitación con la bandeja de plata que mi papá, Isabel y yo solíamos usar para llevarle el desayuno a Catalina en el día de las madres, en su aniversario con mi papa o en su cumpleaños. Cosa que ya no pasaba, ahora era una simple bandeja que tenía grabado "Amarte es un placer, mujer". Yo no era una mujer y probablemente nadie me amaba lo suficiente como para dedicarme una canción de Luis Miguel, ni hablar de llevarme serenata con mariachi todos los viernes a las 8:00 de la noche sin falta como lo hacía mi papá.

La bandeja que mi papá cargaba, tenía quesos, frutas y algún jugo que él exprimiera. Mi bandeja tenía todas mis pastillas, un vaso con agua y un post it que decía "estarás mejor".

—Gracias, Elena, eres un amor.

—Las toma a las 12 y media, ¿bien? No se le vaya a pasar.

—Sí, te lo agradezco— mi voz salió constipada dado a que mi nariz estaba literalmente bloqueada.

—Adiós, patrón— se despidieron al unísono mientras salían de mi cuarto, dejando la puerta cerrada.

La habitación se volvió más gris sin ellas. Mi cabeza dolía por la calentura, me lloraban los ojos y estaba inusualmente aturdido. Me retorcí en mi cama y aprisioné una almohada contra mí, buscando calmar la molestia. Gruñí incómodo, me ardía la piel cada que me movía.

Chicos fresasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora