6. Comeback, por desgracia

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Terminamos regresando el jueves de esa misma semana a Monterrey después de ponerme de rodillas ante mi papa con un letrero que decía "Luis Miguel te quiere de regreso en Monterrey" y llorarle porque regresáramos.

Pasé de estar aburrido en Culiacán a estar aburrido en Monterrey porque no podía viajar fuera del país sin el permiso de Catalina dado a que yo seguía siendo menor de edad. Pero estaba a literalmente a un mes de cumplir dieciocho y ni siquiera así me dejarían viajar.

Era un asco.

Había hablado con Jisung un par de veces, no tantas porque no quería desenfocarlo de sus vacaciones. Intenté hablar con Isabel, pero su único tema de conversación eran los métodos de enseñanza en Francia y cómo debería estudiar ahí. Mi papá sólo hablaba de los casos del despacho y Mary y Elena me decían que sí a cualquier cosa que yo dijera o se limitaban solo a responder.

Era popular, social y a mucha gente le caía bien, pero sólo tenía de amigo a Jisung y prácticamente a nadie más. Conocía a Jisung desde que éramos niños, su papá era amigo de mi papá y siempre iban a eventos del otro con sus respectivas familias, incluso cuando mi familia se convirtió sólo en mi papá y yo. En ese preciso instante me sentí como un rechazado social y estúpidamente solo.

Sólo me reducía a hacer una cosa para entretenerme: salir a ver una construcción que quedaba justo en frente del coto donde yo vivía. Eran departamentos y en realidad ya estaban terminando, solamente amueblaban y era algo divertido ver que para cada apartamento tenían un estilo distinto. De verdad no sabían nada de decoración.

Típico de departamentos baratos. Incluso a veces ni siquiera trabajaban, pero yo seguía ahí hasta que oscureciera.

La vista no cambiaba nada cada que un auto pasaba velozmente por delante de la banca donde estaba sentado y terminó volviéndose costumbre ir a ese lugar a ver exactamente lo mismo, todos los días: carros en silencio pasando fría y rápidamente sobre la avenida, muebles feos, gente pasar, niños llorar e interesados en los departamentos que llegaban en carros cuyas marcas ni Dios sabía que existían y que probablemente fueran los más baratos que encontraron.

Eran mayormente familias las que llegaban y cada que las veía recordaba a mi papá y que probablemente estuviera en casa haciendo quién sabe qué completamente solo, y cómo a pesar de que yo también estaba solo, prefería no estar con él. Prefería no comer antes que levantarme para ir a mi casa a pasar una hora entera de pura incomodidad antes de que pudiera levantarme para ir a mi habitación.

Lo hacía porque no quería lidiar con sus preguntas respecto a por qué quise regresar antes, pero a veces me preguntaba si en realidad lo hacía por eso o había otra cosa más, y aunque sabía la respuesta no quería contestarla.

Era una mierda de hijo, y quizás una mierda de persona también; pero yo no estaba dispuesto a admitir en voz alta que el que se aislaba era yo. Porque mi papá nunca estuvo dispuesto a aislarme. Porque mi papá trataba de darse tiempo para pasar conmigo. Porque mi papá recortó su horario después de el divorcio con Catalina para no hacerme sentir solo. Yo nunca podría haber hecho algo así por él a pesar que él sí.

Y pensar en eso me sacaba pequeñas lágrimas que limpié justo un segundo antes de que una camioneta negra, vieja y enlodada con el volumen de estéreo al máximo en una canción que sonaba más de rancho de lo que debería se parqueara en frente de los departamentos.

Eso era inusual. Y naco.

No alcancé a ver quién salió de la puerta del piloto pero de la del copiloto salió una mujer castaña con el cabello hasta la cintura y cara de asco. No me interesaba quién iba atrás porque no tenía el ánimo de seguir ahí, pero hubo algo que me hizo dar una toma doble. Eso era el estúpidamente cabello rubio teñido de Hyunjin. No podía ser cierto, al menos no tan cerca de mí.

—¡Ey, rosito fresito!— sorpresa: sí era él.

Mierda, mierda, mierda.

Pude ver cómo se volvía con los que reconocí como sus papás al ver al señor Héctor y luego ellos se volteaban a mí con una sonrisa gritándome algo que no pude digerir.

No pude ni siquiera notar que Hyunjin se tiraría sobre mí dándome esas clásicas palmadas en la espalda que parecían el código de ley de los ranchos.

Volví en mí cuando intentó abrazarme, rápidamente apartándolo.

—No me vayas a pegar el sarna— esa pudo haber sido la primera frase que había dicho en el día, porque llevaba ahí desde que me desperté y ya eran las 8:00 pm.

Hyunjin rió, a pesar de que no tenía nada de broma. Su risa no me pareció tan desagradable ese día; quizá porque llevaba todos esos días escuchando a gente llorar. O porque mis días habían estado demasiado grises. O porque simplemente las risas me hacían sentir acompañado.

—Siempre eres así, ¿no?— alcé los hombros, no tenía por qué explicarle nada. Iba a irme en ese instante, pero Hyunjin me tomó de los hombros sin nada de cuidado. Pinche ranchero —A la verga, ¿no invitas de la que te fumas? Traes los pinches ojos más rojos que la chingada.

—Qué sofisticado lenguaje— sonreí forzadamente —, y no fumo.

—Ajá.

Me solté rápido del agarre de Hyunjin y me fui a mi casa sin pensar en nada más que no fuera lo mucho que odiaba las cosas que hacía, y su acento, y su vida, y su sarcasmo, y su cabello mal pintado, y su ropa sin planchar. Lo odiaba tanto.

***

Muy corto, lo siento tanto, pero me urgía terminar. Muchas gracias por su paciencia y apoyo.

Siempre tuya,
Michelle.

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