Devilish

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En el momento en que llegaste a su apartamento, los ojos estaban puestos en el uno al otro.

Cerró la puerta de golpe y te empujó contra ella. Tu piel brillaba debido a la neblina sudorosa que cubría el club en el que acababan de estar. Te levantó con fuerza, presionando tu espalda contra la puerta. Sus manos frotaban todo tu cuerpo, ansioso por follarte sin sentido.

- ¿Ahora qué quiere el diablito esta noche? ¿Un truco o un trato? - la frase cursi se escapó de sus labios, sonando sexy como siempre - todo depende de si eres una niña buena o una niña traviesa.

Gemiste cuando sus labios presionaron tu clavícula expuesta, dejando un rastro por todas partes, dejándote temblar de emoción.

- Bueno papi, no sé cómo comportarme - sonreíste - Creo que deberías darme una lección.

Sus pensamientos instantáneamente fueron a cuántos hombres deben haber estado mirándote esta noche, tu diminuto disfraz exponiendo todas tus características más sexys. Su muñeca, de nadie más.

- Creo que podría - la sonrisa diabólica cayó sobre su rostro. En un instante volvió a besar tu cuello, lentamente comenzando a chupar hasta que escuchó pequeños gemidos salir de tu boca. Alejándose para revelar su obra maestra. Un racimo de malva, arrastrándose desde detrás de tu oreja hasta tus senos. Sin duda, este sería el tema de conversación la próxima vez que vieras a Suzy y Aspen. A Sebastian no le importaba, era su forma de etiquetarte como suya.

Te levantó de la puerta, te llevó a la habitación y te recostó boca arriba en la cama. Mirándote boquiabierto por un momento, luego fue a buscar algo en su tocador y sacó un puñado de cosas.

- Cierra los ojos gatita - murmuró desde el otro lado de la habitación.

Sentiste que levantaba tu cabeza y colocaba una venda sobre tus ojos, la emoción corría por tus venas, haciéndote sentir débil de placer.

- ¿Estás bien con el dolor? - Preguntó, apretando tu muslo.

- ¡Qué! - te sentaste comenzando a quitarte la venda de los ojos.

Antes de que pudieras, te empujó hacia abajo con una de sus manos, usando la otra para vendarte los ojos nuevamente. Inclinándose, presionó un beso en tus labios, asegurándote que no te preocuparas.

- No voy a lastimarte... a menos que tú quieras que lo haga.

- ¿Qué quieres decir Sebastián?.

- Quiero experimentar contigo - se lamió los labios, mordiendo el de abajo con los dientes - una vez dijiste que querías que alguien fuera tu dominante, pero no haré nada con lo que te sientas incómoda.

Tomas una respiración profunda, recordando que querías esto, saber que él también lo quería te hizo sentir un poco menos nerviosa.

- Está bien, si te digo que te detengas, ¿tu te detienes de acuerdo?.

- Cualquier cosa por ti, cariño.

Salió de la habitación y regresó poco después. Te sentías nerviosa con lo que te iba a hacer, pero emocionada al mismo tiempo. Tomó tus manos y las sostuvo sobre tu cabeza, ató una cuerda alrededor de ellas y las sujetó a la cabecera. De vez en cuando te preguntaba si estabas bien a lo que asentías.

Escuchar el traqueteo del vidrio y temblar cuando sentiste que algo frío tocaba tu pecho. Sostuvo un cubito de hielo en su boca, arrastrándolo a través de tus senos y dejando que se acumulara en el pequeño hueco en tu cuello.

La frialdad del hielo era un tipo de dolor tan placentero que retenías el sonido para gemir, solo para enojarlo. Notó que tus muslos se apretaban mientras negabas la forma en que te hacía sentir. En lugar de agarrar otro cubo de hielo como había planeado, buscó lo único que sabía que te haría gritar. Dejándote en la oscuridad, esperaste con impaciencia su próximo movimiento. Te gustaba la emoción de no saber qué iba a pasar a continuación. Guió algo hacia tu abdomen bajo, al escuchar el ruido supiste exactamente lo que era. El patrón pulsante se hizo más y más intenso a medida que llegaba a tu clítoris.

Gemiste muy levemente, dejando ir a la mocosa dentro de ti. Esta vez quería provocarte, alejándose para que te quedaras con ganas de más.

- Estaba tan cerca - te quejaste, tu respiración resoplando rápidamente.

- Te correras cuando yo te lo diga, o te seguiré molestando como la niña traviesa que eres.

- Está bien, lo prometo.

La vibración comenzó una vez más en tu clítoris, haciendo temblar todo tu cuerpo a medida que te acercabas más y más para correrte. Toda la situación te estaba poniendo al máximo, pensamientos sucios corriendo por tu mente a mil millas por hora. Si tan solo pudieras verlo, la forma en que su rostro se concentraba mientras te miraba retorcerte. Pero amabas el no saber.

Se dio cuenta de tu necesidad de liberación, presionó un botón, lo que permitió que una vibración más rápida te volviera loca. Se puso duro en sus pantalones. Una sonrisa traviesa se apoderó de su rostro, le encantaba jugar con su muñequita.

Yes Sir | PROFESSOR STANDonde viven las historias. Descúbrelo ahora