Capítulo 7

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Una vez terminada la comida y merienda con mis padres fui a visitar al vecino que acababa de fastidiarme la argucia que había montado con mis padres. Si esa chica no hubiera salido al patio estos no se habrían enterado de que tenía que compartir el piso con nadie. Y me hubiera ahorrado cientos de reproches de mi querida madre. Y llamadas diarias a partir de ese momento.

–Creo que me debes una explicación –solté antes incluso de que terminara de abrirme la puerta.

–Pues yo creo que no. Lo siento por no haber cumplido mi parte pero pensé que ya habríais terminado de comer siendo las seis de la tarde, y no me acordé de decirle que no saliera al patio. Y ya fue demasiado tarde –argumentó.

–Ya, pues ahora, gracias a ti, mis padres van a estar como locos pensando que tengo a un completo desconocido a mi lado. "Eso de compartir patio no es negociable, ahora mismo vamos a buscarte un piso para ti sola, no vaya a ser que sea un proxeneta que quiera ganar dinero a tu costa". Y eso son palabras textuales suyas. Tu numerito del enfermero les ha tocado la fibra –achiné los ojos. Un rico olor me llenó las fosas nasales y me crucé de brazos, esperando que me contestara para irme. ¿Es que ese chico no sabía cocinar mal? Y yo que lo odiaba...

–No creo que "entrenador de gimnasio" sea una tapadera para ser proxeneta, pero allá vosotros con vuestros pensamientos. No es mi problema que estéis enfermos de la cabeza y os penséis que una persona nueva en el pueblo tenga que ser sicario a sueldo o cosas así.

Y claro que tenía razón, pero estaba enfadada con él por no haber cumplido su parte del trato.

–Me da igual lo que hagas en tus tiempos libres siempre y cuando respetes mis derechos como vecina –le estampé en el pecho la norma que había buscado en internet para que las tuviera en cuenta, además de algunas que había decidido incluir por mi cuenta. –La hora legal para hacer ruido en casa es de ocho de la mañana a nueve de la noche, y los sábados hasta las nueve y media. Por lo tanto vas a tener que empezar a desayunar tostadas para que no te multen porque, date por enterado, que voy a hacerte la vida imposible a partir de este momento –le señalé con el dedo. Él se quedó con la boca abierta, sorprendido por mi capacidad de búsqueda en internet sobre leyes entre vecinos y haberme tomado la molestia de hacerle una lista de todas ellas para que no las infringiera. –Por otro lado, y dado que no hay ninguna separación entre nuestras zonas del patio, he establecido que si alguno de los dos cruza la línea se considerará allanamiento de morada y dará derecho a la otra persona a pedir algo a cambio. Además he establecido que mientras que uno esté en el patio el otro no estará presente, un día tú y un día yo, te dejo elegir, mira si soy simpática.

–¿Has hecho todo esto solo porque tus padres se hayan enterado de que compartes el patio conmigo?

–Tú, aún, no me conoces, chaval. Así como yo tendré que aguantar las llamadas diarias de mis padres preocupados por tu culpa yo te haré pasar por algo similar. Prepárate, porque esto es la guerra. Firma el contrato y todos contentos, si no, vas a lamentar el día que decidiste mudarte.

Le tendí un boli y le dije que debía firmar en ambos papeles, uno me lo quedaría yo y otro él, para que recordara bien todas y cada una de las normas pactadas. O bueno, obligadas, pero si firmaba ya no había vuelta atrás. Él, aun sorprendido por mi actitud, tomó el boli y con una sonrisa en la cara firmó en los dos papeles.

–No sabes lo que acabas de hacer –sonrió con suficiencia. Le imité.

–Y tú tampoco.

Al día siguiente, cuando iba a salir para ir al trabajo, me di cuenta de que no había sido la mejor idea del mundo eso de declararle la guerra a mi vecino. El coche, ya bastante viejo y usado, no arrancaba. Y yo iba justa de tiempo, para variar, aunque ese día había salido un poco antes ya se me había complicado la situación. Por lo que la única solución que se me ocurría era pedirle que intentara ponerme las pinzas con su coche para arrancar el mío.

Dado que había vuelto a usar la batidora, solo para fastidiarme, a las ocho en punto de la mañana, di por hecho que ya estaba despierto, por lo que decidí usar eso como excusa.

–Has vuelto a despertarme haciendo tortitas, ¿recuerdas que cada vez que lo hicieras me debías un plato? –me crucé de brazos.

–Sí. Pero no recuerdo haber firmado nada de eso, creo que solo ponía que podría hacer ruido a partir de las ocho, y he esperado pacientemente hasta esa hora. De nada.

–Bueno, pues dado que vamos a intentar respetar las normas entre vecinos venía a pedirte un favor.

–Vaya, un día me declaras la guerra y al siguiente ya quieres firmar la paz... muy cuerdo.

–No tengo tiempo para eso. Llego tarde a trabajar. Necesito que mires a ver si puedes hacer que mi coche arranque. Creo que es la batería.

Suspiró, y di por hecho que le había convencido para ello. Realmente no tenía mucho tiempo y mis padres habrían tardado más en llegar de lo que nosotros tardaríamos en ponerle las pinzas. Además de que no me apetecía nada llamarles.

–Pues parece que no arranca.

–Eso ya te lo he dicho yo –mastiqué las palabras. ¿Qué se creía, que era tonta?

–Voy a por mi coche e intentamos ponerle las pinzas.

Minutos después volvió con el mismo coche que yo había rayado con el carrito en el supermercado, y maldije interiormente. Y sí, aún tenía el rayón y todo. Qué graciosa situación. Él pareció darse cuenta de mi cambio de estado de ánimo, pero le dije que estaba nerviosa porque llegaría tarde al trabajo y se lo creyó.

–Pues ya está.

–Gracias, ya me estaba rayando... digo preocupando por no llegar a tiempo. Te debo un ray... favor, te debo un favor –y me monté en el coche rápidamente, antes de que pudiera encajar las piezas del puzle y descubriera que ese precioso arañazo lo había hecho yo. 

Patio compartidoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora