CAPÍTULO 26: HERMIONE GRANGER

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"Y así seguimos adelante, como botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado".

-EL GRAN GATSBY- F.S. FITZGERALD

Hermione despertó incorporándose de golpe, jadeando de horror y con la sangre golpeando fuerte en sus oídos. Las imágenes del sueño se sucedían una tras otra en su cabeza: sus padres, sus días de Hogwarts, Draco frente a ella, impidiéndole avanzar... Su camisa tiñéndose de sangre, y aquel desgarrador "lo siento". No era la primera vez que tenía ese sueño, ahora recordaba. Pero ya hacía mucho tiempo de eso, antes de que nada entre ella y Draco ocurriese, como un eco de advertencia que no quiso oír.

Apoyó los codos en sus rodillas y hundió el rostro entre sus manos para dar tiempo a sus ojos de acomodarse a la oscuridad. Aún no amanecía y por el ruido que producía el agua golpeando contra su ventana, supo que había comenzado a llover. ¿O llovía ya antes de llegar a casa? Su memoria vagó por los últimos recuerdos retenidos, y eso, unido a la sensación de una calidez inhabitual de un lado de la cama, trajo consigo el peso de todo lo ocurrido.

Draco.

Draco estaba ahí.

Draco había pasado la noche ahí, con ella.

Y por un breve instante, al contemplar su rostro dormido, tal cual lo recordaba de otro tiempo, algo muy dentro de Hermione se llenó de la desproporcionada felicidad del que encuentra aquello largamente buscado. Era la dicha infinita del reencuentro con aquel rostro que la cautivó con su silencio en un tiempo que no había espacio para cosas bellas. El protagonista de su primer beso memorable, y de tantas otras primeras veces. El mismo que arriesgó su vida por ella cuando nadie esperaba que lo hiciera y que accedió a ser lo que nunca quiso ser ante Voldemort, con tal que ella viviera. Las macabras marcas de su antebrazo daban testimonio de ello, evocando aquellas horas de dolor y miedo que ella quería olvidar.

El mismo que aquella mañana en que aún eran ignorantes de la tragedia en que naufragaría su amor, le había pedido que huyera con él. ¿Qué habría pasado de haberlo hecho? ¿Serían más felices? ¡Cuántas veces se había hecho esa pregunta!

Pero no importaba la respuesta porque no podía cambiar el pasado. No mientras la verdad existiera.

Su mano, que suspendida en el aire inmediato a la pálida piel del joven buscaba reiniciar el contacto con ese cuerpo amado, se detuvo en su avance. Y retrocedió con espanto por todas aquellas razones que hacían de aquello algo incorrecto. Todas esas razones que convertían lo de aquella noche en algo detestable.

De golpe dejó la cama, como si un resorte la obligara a hacerlo, y se encerró en el baño por interminables minutos. A llorar, colocando una toalla sobre su boca, a fin de enmudecer sus gritos. Su estómago se revolvía con rabia. Rabia contra ella, contra lo que había hecho. Y contra él, por haber estado ahí cuando no debió estarlo. Era su culpa más que suya, o al menos de eso intentaba convencerse. ¿No era más fácil culparlo a él?

Lo oyó, a través de la puerta, moverse sobre la cama y dentro del cuarto. Salir del cuarto y regresar a él. ¿Colectaría su ropa? ¿Se vestiría? ¿Se iría sin decir más?

¿Y si no se iba? ¿Y si se quedaba eternamente a esperar quién sabía qué? ¿A explicar cosas que no podían ser explicadas? ¿A poner a prueba su débil convicción de no volver con él? Y los minutos pasaban sin que ella se atreviese a salir, hasta que dejó de oír ruidos. ¿Se habría vuelto a dormir?

Se sintió ridícula. Patéticamente ridícula. ¿Qué clase de Gryffindor se escondía de ese modo en el baño? Debía salir, no importaba cómo y lo sabía. ¿No había sido acaso la valiente heroína de una guerra?

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