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—¿Una que? —Preguntó Suguru mirando a sus amigos.

—Una scape room, que como su nombre indica debes escapar de una habitación ¿No? —Explicó Allinq mientras buscaba la aprobación del albino.

—Correcto. Busqué "planes para hacer en Tokyo con amigos si estás aburrido" y me salió este como una de las primeras opciones. —Ante la mirada acusatoria de las dos mujeres finalmente suspiró. —Bien, me salieron muchos más antes, pero me gustó la idea.

—Yo digo que si, que vayamos. Debe ser divertido. —Shoko sacó un cigarro y lo encendió tras llevárselo a la boca.

—Bien, pero sin usar rituales. —La albina miró a Gojo. —Ni invocar maldiciones.—Se giró hacia Geto. —Ni rituales inversos. —Volteó hacia Ieri. Estos tres rieron y asintieron.

—Entonces, nada de usar rituales, ni invocar, ni rituales inversos, ni menos cortarte. —Suguru se fue acercando cada vez más conforme iba diciendo. Se agachó levemente hasta quedar a la altura de sus ojos y sonrió lanzándole un beso.

La de ojos morados apartó la mirada algo sonrojada, lo empujó mientras iba a la escuela, debería cambiarse si irían como civiles. Llegó a su habitación y tras ponerse algo cómodo de ropa salió. Estos ya estaban allí cambiados.

—Que rapidez... —Dijo al verlos. —¿Vamos en coche?

—Sería lo suyo. Aunque... Podríamos ir en un paseo. —Gojo los miró. Allinq lo miraba con mala cara al igual que Shoko. Mientras Geto había pasado del de ojos azules y había ido a buscar el coche. —Bien, pues en coche.

Minutos más tarde un coche negro apareció en la entrada de la escuela y todos subieron a este. Gojo había empujado a la albina que iba a subirse en el asiento del copiloto.

—Maldito poste de luz... ¿Porque siempre tiene que ir delante? —Murmuró mientras se subía al coche. Se puso el cinturón de seguridad y Suguru condució bajo las indicaciones de Satoru.

Una vez llegaron los cuatro bajaron del vehículo y observaron el antro. Dejaba mucho que desear. El albino miró la hora y tocó al timbre. Una risa tenebrosa sonó dentro del establecimiento.

—Ya... Yo creo que me voy a alejar...—Allinq, que era la que más cerca estaba de la puerta fue arrastrada hasta dentro en cuanto se abrió y volvió a cerrarse. —¡Esto no tiene gracia! ¿¡Porque cojones soy yo la que siempre encierran en sitios!? —La puerta volvió a abrirse y sus amigos entraron tranquilamente. Ella carraspeó su garganta mirando a otro lado algo avergonzada.

El lugar parecía un hospital abandonado. Al menos la persona que estava frente a ellos vestido de médico les hacía creer aquello.

—Buenas tardes. Supongo que ustedes son el equipo médico ¿No? —La albina se giró a mirar confundida al más alto y este asintió indicando que era parte de la historia.

—Asi es. Llevo 8 años estudiando medicina y 12 ejerciendo. Neurocirujano Satoru Gojo. Un placer. —Sonrió mientras acomodaba sus gafas de sol.

Tanto ella como Suguru lo miraban negando, no podían creer que fuera tan extrovertido.

—Esta es Ieri Shoko, 17 años ejerciendo, médico forense. Por aquí tenemos a Suguru Geto 20 años ejerciendo, es cardiocirujano. Y la última es nuestra pequeña Allinq Inumaki, apenas lleva 2 años ejerciendo. Ella es... —Se quedó pensando unos momentos. Ella se cruzó de brazos esperando una respuesta. —Es pediatra. —Abrió la boca sorprendida.

—Cirujana pediátrica. —Rectificó mientras le daba la espalda.

—Cuanta información... —Murmuró el actor. —Os hemos llamado porque necesitamos que consigáis la cura de un virus que está acechando al hospital. ¿Os lo ha explicado el ministro?¿Como era su nombre?

—¿Tarō Kono? —Ayudó Geto.

—No... Es otro... Ay... ¿Como era? —Fingia recordar.

—¿Yoshimasa Hayashi? —Esta vez fue Shoko. El volvió a negar.

—Katsunobu Katō. —Dijo ella con obviedad. Si hablaban de un equipo de médicos y un ministro era lógico que se trataba del ministro de sanidad del país.

—¡Ese! Gracias por la ayuda. —Abrió una cortina para que se adentraran al lugar. —Suerte. Tenéis 75 minutos.

Los cuatro se adentraron al lugar. En fila índia, cogiendo los hombros de la persona de delante. Pasaban por un pasillo lleno de habitaciones. La luz del techo parpadeaba lo que le daba un aspecto más siniestro. De pronto un golpe sonó en una de las habitaciones, lo que hizo que uno de ellos soltara un grito demasiado agudo.

—No tengas miedo Allinq, yo os protejo. —Dijo Suguru mientras caminaba a esa habitación.

—Ha sido Satoru. Yo no grito así.

(...)

La mujer se encontraba caminando con ellos hacia una misión, se ve que habían pasado dos días y ni Mei ni Utahime habían regresado, por lo que los habían mandado a ellos. Al llegar la casa estaba en ruinas y una Utahime bastante molesta salía de entre los escombros.

Ella y Shoko iban por detrás. Por lo que al llegar pudieron ver a la mayor ya fuera del montón de piedras y escombros.

—Utahime-senpai. —Shoko la miró con el cigarro en la boca.

—¡Shoko! —La de flequillo se tiró hacia ella abrazándola. —¡No te vuelvas como esos idiotas! —Se fijó en la mujer que iba con ella. —Ah, también estás aquí. Hola, Inumaki.

—Utahime. —Dijo en forma de saludo. Vió a la mujer de coleta y se lanzó a abrazarla. —¡Mei-senpai! —La mayor correspondió al abrazo con una sonrisa y los ojos cerrados.

—Este abrazo te va a costar dinero.

Ella se separó rápidamente haciendo una cruz con sus brazos mientras negaba.

—No voy a pagarte por un abrazo.

Seguido de eso los estudiantes volvieron a la escuela. Unos por unas partes, siendo las mujeres mayores yendo a sus aposentos y los cuatro menores a un pabellón.

Suguru cogió un balón de baloncesto y comenzó a botarlo con calma mientras hablaba con Gojo algo que no le interesaba en lo más mínimo. La castaña había cogido las gafas de este último y se las estaba probando.

—Te quedan bien. Déjame las. —Las cogió y se las puso. Comenzó a bajarlas hasta el puente de su nariz y miraba fijamente a la mujer. Le guiñó un ojo a la castaña, la cual fingió que había recibido un disparo al corazón tirándose al suelo. —Mmm... Suguru. —El azabache la miró e hizo lo mismo que con Shoko. El se limitó a sonreír y mirar a otro lado mientras tapaba sus mejillas.—Es el poder de más gafas...

—Es el poder de que eres guapa, las gafas no hacen nada. —Se las quitó el albino. —Te pasa como a mí. Soy guapo, y la gente reacciona igual con o sin gafas. Estamos condenados a esta vida, Allinq.

Rodó los ojos al escucharlo y volvió con la castaña, se tiró encima suya abrazándola. De pronto Geto invocó una maldición, por lo que ambas decidieron salir corriendo mientras reían antes de ver la pelea de los mejores amigos.

Medio HechiceraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora