Capítulo 22: La invitación

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Izuku va corriendo por las calles del fuerte hasta las caballerizas, pidiendo permiso con impaciencia al tumulto de gente que se acumula frente a cada tienda. Pero aun en su frenetismo logra identificar la figura alta de Nemuri. Está parada bajo el arco de la plaza principal llamando la atención de todos a su alrededor con su escote generoso y sugerente, sin sentir la menor vergüenza por las miradas descaradas de los alfas, betas y omegas que transitan a esa hora de la mañana. Sus ojos azules se ciernen con elegancia en un mudo asentimiento, para que pueda continuar con su camino casi sin perder el ritmo.

Con la misma brusquedad con que se vio rodeado de gente, las personas desaparecen y puede correr sin despertar ninguna alarma o curiosidad por la avenida. Aún a la distancia, el granero se alza con lúgubres tablas, oscurecidas por los inviernos inclementes. Es viejo y sin florituras, más ninguna astilla podría opacar el alivio que siente cuando regresa a sus paredes donde ningún eco del nuevo mundo alcanza a penetrar el refugio oculto en sus entrañas.

Ni siquiera el grupo de personas congregado fuera de sus puertas, merma su breve alegría porque son los peones que ya conoce. Su corazón se alivia cuando ve la pequeña mata de cabello negro asomándose más allá de las puertas, pero Kota no lo ha visto todavía. Va enojado, de brazos cruzados y la mirada afilada de esa forma que no entiende de dónde sacó y atrás de él aparece Inasa con su voz potente, hablando aceleradamente mientras Kota le quita la mirada, ignorándolo con tozudez.

Pero, de pronto, el niño da un pequeño salto en su lugar cuando lo reconoce, su gesto se desarma, luego se tuerce en una mueca triste, con los ojos húmedos listo para llorar. Inasa retrocede un paso con culpa, como si hubiera roto un vaso o algo peor hasta que por el rabillo del ojo nota la cabellera verde que pasa como un borrón bajo la forma de una capa negra demasiado grande.

Izuku saluda brevemente al alfa mientras disimuladamente se quita la capa de Katsuki, preocupado de que él valla a reconocerla. Kota comienza a llorar con más fuerza, pero su mamá lo alza en sus brazos al tiempo que lo lleva devuelta al fondo donde el lecho solitario es ahora un nido de retazos de tela y mantas viejas. Toman asiento y el olor reconfortante se libera cubriendo todo el espacio.

– Lo siento ¿Tarde mucho en llegar? Vine corriendo, lo juro – murmura abrazándolo con fuerza. No se suponía que tardarían tanto en relevarlo y ahora tendrá que pensar en algo para las siguientes noches, porque esta es una oportunidad demasiado buena para dejarla ir, incluso si Katsuki sigue viniendo.

– Izuku. – llama el alfa más joven, siguiéndolo con cierta impaciencia. – ¿Dónde estabas? – pregunta en tono confuso, afectado por las feromonas maternales que van aplacando parte de las emociones que lo asaltaron cuando abrió el granero e Izuku no estaba dentro.

– Estaba trabajando...En los túmulos de carbón. – informa empujando la capa entre las colchas de su nido para luego recostar a Kota de vuelta a la cama. Algo en Inasa es diferente, su mirada se afila de forma penetrante, con sus facciones tensas y peligrosas. Es un rostro que nunca le ha dedicado antes y sólo por eso intuye que esta no es una conversación que Kota debería escuchar.

En ese momento, Izuku toma un atado de hierbas y lo sacude liberando un olor penetrante y medicinal, luego lo abandona dentro de la olla, para llenar un balde de metal con paja y madera, pero nada de ese tiempo comprado es suficiente para que Inasa se calme y mientras acurruca a Kota entre las mantas con la promesa de regresar pronto, el alfa lo sigue hacia la entrada del granero casi pisándole los talones. Izuku se para frente a las puertas abiertas, detenido por el brazo de Inasa que echa un breve vistazo hacia el exterior, pero no hay nadie afuera por el momento. No quiere que nadie los escuche discutir y él intuye porqué: hizo lo mismo que todos los demás, suponer. Pero, aunque duela, no puede culparlo.

Hijo del esteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora