Capítulo 25: Esencia Oracular

39 3 0
                                        


El rescoldo del fuego de la noche sigue emitiendo cierta calidez cuando despiertan esa mañana por lo que no le toma demasiado tiempo iniciar otro fuego para dejar cocinándose el desayuno, mientras abre todas las ventanas del granero.

La mañana es más fresca que otras veces y el cielo un poco menos claro que ayer o día anterior a ese, sin embargo, la rutina sigue y las grandes puertas se abren cuando el propio Inasa quita las cadenas de la entrada dando comienzo a otra jornada más.

Hoy las pilas de grano se amontonan sobre un campo, junto a un tocón de madera que tiene incrustado un machete afilado. Cada saco pesa al menos 20 kilos, pero logra subirlo a sus hombros y llevarlo hasta los depósitos. Con el tiempo, ha aprendido los trucos para cada tarea. Sin embargo, el esfuerzo es tanto que, cuando por fin descansa su espalda adolorida contra un poste, el sol ya arrecia con furia en el mediodía.

El sudor se resbala por sus sienes al tiempo que siente las mejillas acaloradas. Entonces, busca la riñonera para mojarse el rostro y beber un largo trago de agua. A lo lejos, el capataz de turno lo llama con un gesto e Izuku trota en su busca para recibir la nueva orden.

—Cepilla y encilla los dos caballos del corral 4, es el que está cerca del pozo ¿Entiendes?

—Sí señor.

—Bien. Terminas ahí y recoges tu comida. —Izuku asiente, apartándose de su camino pues tan pronto termina de dar órdenes hace andar al caballo.

El corral 4 es el más pequeño de todos, por tanto, suelen usarlo para guardar los caballos de nómades viajeros. Además, es el más cercano a su granero.

Con un silbido agudo los caballos reparan en su presencia, agitando las colas con suspicacia bajo su techumbre al mismo tiempo que la pequeña cabellera de Kota se asoma rápidamente desde el granero, atendiendo el llamado de Izuku. En sus manos, arrastra un barril de madera que Izuku reforzó para que pueda pararse arriba, luego se mete entre las barras del corral teniendo cuidado de no adelantarse a Izuku.

Su madre siempre se presenta a los caballos nuevos liberando una dosis ínfima de su olor natural, pero esta vez solo se quedó parado aguardando por una respuesta favorable en los caballos, consciente de que el sudor en su cuerpo estaba impregnado con sus feromonas estresadas.

Izuku sabe que no es prudente asustar a los caballos, pero no tiene mucho tiempo si quiere obtener una porción decente del almuerzo. Los caballos apenas agitan las colas cuando sus manos tocan el lomo sedoso o cuando sus dedos callosos comienzan a separar las capas de cabello trenzado, demostrando su temperamento, más basta una bocanada desafortunada para que Izuku reciba una carga de feromonas alfa.

Su nariz se arisca y carraspea mientras quita las manos de la crin. Cada trenza interna tenía una clara marca territorial. De esas que dejan un regusto espeso como la melaza, las mismas que ponen en guardia a su omega sin asustarlo...

La enorme gama de mensajes en las feromonas es un punto y aparte en su maduración sexual, uno del que nadie le advirtió y fue horrible. Las mismas feromonas que conoció de toda la vida ahora tienen acentos y tonos que sólo su omega puede entender. Aunque esta es mucho más común.

Katsuki las suelta todo el tiempo mientras se empeña en visitarlo. Pero las suyas no son tan penetrantes, sino cortas, cuidadosamente medidas. Es un olor intencionado, parecido a la ira o "de la misma raíz" ...

Sacudió la cabeza, tratando de despejar sus pensamientos. El almizcle alfa estaba en el aire, fuerte y penetrante, como siempre, cualquier emoción amplificada por esa presencia poderosa. No debería significar nada. No, no debía.

Has llegado al final de las partes publicadas.

⏰ Última actualización: Feb 17, 2025 ⏰

¡Añade esta historia a tu biblioteca para recibir notificaciones sobre nuevas partes!

Hijo del esteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora