Capítulo 4

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—¿Qué? ¿Dónde está? ¡¿D'Chenniel?! Gritó el hombro de traje.

Atravesado lo mira Tomasso, al igual que a sus acompañantes.

El que nombraba a gritos al joven Cattorini, del cuello de la camisa oscura, como la del mismo, tomó a Giuseppe.

Giuseppe mira a la zona V.I.P, la reservada y exclusiva.

Un silbido se escuchó...

Este y junto a sus hombres volvieron a este chiflido. Ahí estaba, D'Chenniel Cattorini; como si nada, bebiendo un sorbo de un trago. Al terminarlo, lo saboreó y el vaso dejó caer desde esa altura...

Cayó y el sonido penetró los oídos de los presentes.

—Michelle. Michelle Bonecio. ¿Me buscabas? Dijo D'Chenniel, relajado, y pegado a él. Lo suficiente, para un forcejeó.

Michelle Bonecio; de estatura baja —el tamañaso del siciliano le superaba considerablemente, al igual que el de sus acompañantes, sus hombres—. De piel blanca —al contrario del que tiene al frente— ojos marrones y su cabello castaño oscuro. ¡Muy oscuro! Y en su mano derecha un tatuaje de un crucifijo y unos números romanos (en forma de fecha de nacimiento) —físico, carácter y otras cualidades, no era rival en un intercambio de puños con el joven D'Chenniel (la diferencia entre ellos era la edad. Michelle era un treintañero. Y D'Chenniel joven, diecinueve años, aunque, luciera mayor "unos 23 o 26 o más") el Cattorini, tenía todas las de ganar contra el y los suyos—.

Michelle. Trague saliva. Verlo delante de mí, tan pegado —tentando y osado—, pero, lo mejor era esa tranquilidad con la que me hablaba, su calma para expresarse y malicia. A la vez. No sé como lo hace, pero tenerlo delante, hizo dudar de mis gritos y amenazas. Solo mirarlo a los ojos, solo veía un infierno ardiendo, un demonio... sediento de ira, qué, consume a todo quien le amenazará y no solo a él sino a los suyos también. Y más si llegarán a ser familiares.

Michelle, volvió a su sí, recompone ese temor de primera vista y dispone en confrontar a D'Chenniel.

—A que esperas. Dijo D'Chenniel, que da un paso más. Por su tamaño, miró a Michelle como una hormiga... cucaracha. Dile a tus sabuesos satos que se larguen de. ¡Una puta vez! Su lengua paso por su labio inferior para luego el superior. Y si vuelves...

D'Chenniel giro a uno de sus hombres que da un pasó, y  llevó su mano a su pistola, la cual se la muestra a este. D'Chenniel solo sonríe ante la osadía de él.

Michelle le gesta con la palma abierta, de forma que se detenga. Sin chistear o contradecir o esperar que se lo dijera a viva voz, aceptó y se mantuvo al márgen.

—Te crees intocable. No será ni la primera ni última vez que me veas. D'Chenniel Cattorini. Advirtió Michelle con arrogancia de su fuerza familiar y su mafia italiana.

Los hombres del capo Cattorini, entraron en una fila. Buscaron su posición, a espaldas del chico.

—Hay. Una frase. Y dice. "Perro que ladra, no muerde". Dijo D'Chenniel palabra por palabra. Y al terminar alza sus brazos en muestra, (de estar mostrando su poder, fuerza, fortuna, todo).

Los guardaespaldas de negro; sus pistolas enfocaban desde atrás de D'Chenniel, al intruso: Michelle Bonecio y compañía. El mismo, ante la situación miró a su espalda. Tomasso y Giuseppe, ambos, apuntando las cabezas de ellos.

—Por ahí está la salida. Señala a la puerta. Tronando los dedos y silbando gestaba. (Haciéndolo ver, como perro al que puedes sacar y luego entrar al mismo sitió). 

Michelle le asentó a D'Chenniel; mueve su mano para la partida y mientras salían aún eran apuntados. Ya fuera. Los hombres bajaron las armas, algunos se dispersaron y otros fueron a custodiar la puerta.

En la barra.

—D'Chenniel, Don Michelle traerá problemas... Advierte Tomasso.

Gire mi cabeza al asesor. Moví la cabeza de forma que fuera detrás de ellos.

Tomasso sin terminarse su trago, toma su iPhone y se marcha.

D'Chenniel; sentado en la silla, volvió a la espalda de Tomasso, aún, sostiene su trago en mano, no antes se bebe un sorbo largo. Lo saboreó y pudo una cara de amargura por el sabor fuerte.

—Sabes como hacerlo. Solo. No falles. Dijo D'Chenniel, se recompone al terminar de hablar.

***

De regresó a casa de dirigían los autos. En uno de ellos, D'Chenniel que a su lado iba el asesor, Tomasso y, en los asientos delanteros su primo y mano derecha, Giuseppe.

D'Chenniel revisaba un par de mensajes en su teléfono móvil, al terminar, la cabeza la deja reposar en la ventanilla oscura. Y con el rabillo del ojo mira a Tomasso. Este; que iba con plena atención a lo que le rodeaba y con una inquietud notable de mirar su teléfono cada qué, éste, lo viera necesario.

Esto no me dejaba tranquilo y el presentimiento me indicaba que tenía algo que ver con lo ordenado por mí…

D'Chenniel paso de estar acomodado en el asiento de atrás, a ponerse con una postura firme, pero, con pies cruzados y su mano izquierda apoyada en el reposabrazos de la puerta a su lado. Mira a Tomasso y sus gafas de sol, se las quito. Con el rabillo del ojo Tomasso lo miró, disimuladamente.

—Dime de una vez. ¿Qué pasó? Tiene algo que ver, con lo que te ordené. Preguntó D'Chenniel sereno.

Y es que; precisamente esa calma al hablar era lo desesperante dentro del coche. Bien saben Tomasso y Giuseppe, qué él, D'Chenniel, tiene esa forma y facilidad para preguntar o hablar o ordenar de manera calmada.

Aunque no siempre sea así. Y es que el mismo es quien se ocupa de los cabos sueltos, sin importar que tan dedicados sean y por muy complejos que se vean.

—D'Chrnniel... Dijo Tomasso.

—¡Dime de una vez! ¿Qué pasa?! Repitió de un alzado de voz. —Giuseppe, ¡debes saber algo! ¿verdad?! Toco el hombro de su primo y le habló con la voz firme y levantada.

En el rostro de Tomasso se podía ver un arrepentimiento —el mismo defraudado, ante él—, pero, Giuseppe sin saber ya sabía su respuesta y la medida que, este, tomaría. Y eso era lo que más le inquietaba.

—Don Michelle... se ha esfumado... Informó Tomasso. —Y lo peor es que abatieron a nuestros hombres que le seguían.

—¿Qué? Y ahora me lo dices. Dijo D'Chenniel de forma de estarlo reprimiendo. Sonríe y su mal genio salio a relucir. ¡Carajo! ¡Mierda! Primero fue un susurró, luego, paso a un gritó y varios golpes lanzados al asiento del chófer y ventanilla.

Mientras seguía D'Chenniel liberando su furia. Tomasso y Giuseppe agacharon la cabeza.

Y para cuando, éste, se calmó un poco tomó su celular y marcó unos números. Habló un par de palabras y colgó.

—¡Mataré a ese hijo de perra! Expresó D'Chenniel. Para cuando termina de maldecir y usar palabras fuertes en contra de Michelle Bonecio, su mano pasó por la frente, luego un soplido. —Acelera más esta maldita máquina quieres...

Blanco Y NegroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora