Capítulo 9

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Para dos días después de la inauguración, aún D'Chenniel se mantenía en contacto con el chico a través de Giuseppe.

Sus pies estaban cruzados entre sí. —D'Chenniel. Primo; mmm... ¿qué haremos con este... chico? Pregunta Giuseppe. Antes bebí un sorbo de mi café y dejé mis gafas de sol encima de la mesa.

Terminó de navegar entre los mensajes de su móvil, para girar a su primo. Que por encima de su vestimenta se le veía lo de estar intranquilo, quizás por lo hecho y ordenado por el mismo D'Chenniel y, más que su padre don Mateo, no tiene ningún conocimiento sobre esto.

—¡Bueno ya!, cálmate de una puta vez. Giuseppe. ¡Haré que ese imbécil se vuelva mi perrito! Y venga a mí con el rabo entre sus patas cada que yo quiera. ¿Entendiste? Ahora cálmate de una buena vez. De carrerilla habló D'Chenniel. El mismo agudizó su voz al estar dirigiéndose al chico vinculado con don Boniffel.

Ahí se quedaron los primos, sentados en las mesitas de la plataforma que daba al mar de Polonia.

1 meses y 3 semanas después

En algún lugar de Polonia, Varsovia

Detuve su charla, levanté mi dedo índice y la dedo del medio, rozando, para callarlo. —Tu... tu estúpido bastardo provocó hoy, qué... pudiera haber muerto uno.

—Siento mucho que... les halla cagado su negocio, pero yo no me haré responsable de...

D'Chenniel, ahí, era otro. Hacia atrás su silla fue impulsada y él de breve brincó, encabronado, dio a palma abierta un golpe en la mesa. Señalé a don Boniffel.

—¿Quién te crees ¡dime!? Mmm... sabes que puedo hacer que tu vida se complique. Solo tienta en mi contra y lo verás. ¡Eso te lo aseguró! —dijo D'Chenniel.

Y antes de que siciliano terminará de amenazarle, dos de los hombres de don Boniffel, tras escucharle decir «“tu vida se complique”», éstos se miraron el uno al otro. En sus caras la duda era más que obvia pero la rectitud y carácter de don Boniffel, les hizo recapacitar ante algo que pudieran hacer en las próximas horas, semanas, meses.

Tragó saliva y su fino pañuelo sacó con el cual limpio cada una de las gotas de sudor en su cuello y frente, y sus manos también.

—D'Chenniel, ambos somos hombres de palabra, pero estas cosas son difíciles de controlar y lo sabes.

—Yo no se nada —le señaló—, y sí, seremos hombres de negocios y de palabra. Pero nunca es tarde para faltar a tu palabra. Eso me queda claro.

—Bueno, caballeros. Mmm... busquemos una solución y evitemos otros disgustos —dijo Tomasso, moviendo su cabeza un poco y sosteniendo una sonrisa discreta. D'Chenniel solo clavaba su fría mirada en don Boniffel, terminó Tomasso, y le alzo la ceja.

—¿Entonces... qué hará? Porque espero que halles una solución —fueron las últimas palabras de D'Chenniel. Se levantó y ni espero una respuesta.

Blanco Y NegroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora