Oribe no respondió. Lo miró con esa expresión altanera, pero sus ojos no se alineaban con la boca. Había algo contenido en cada gota de sangre. Algo que el cuerpo no puede esconder, aunque las palabras lo intenten. Un ligero temblor en sus dedos. Un tic en la mandíbula.
-¿Qué? ¿Te quedaste sin argumentos? - Lionel dio un paso hacia él.
Oribe avanzó. El eco de sus botas golpeaba contra el mosaico viejo, como un reloj que marcaba el tiempo de una pelea inevitable. La risa que soltaba era hueca y venenosa.
-¿Y tú quién eres para venir a dar discursos?- escupió, mientras sacaba de su chamarra un encendedor y jugaba con el entre sus dedos -¿Un enamorado despechado? ¿Otro de los que cree que Guillermo es un pobre niño incomprendido?-
-Prefiero ser eso que un cobarde que golpea a alguien entre cuatro- replicó Lionel con voz grave, apenas temblorosa, conteniéndose para hacer un movimiento que le costará días en recuperación.
-No le tengo miedo a nadie- masculló Oribe, dando otro paso. Quería imponer miedo, pero está vez alguien estaba siendo más inteligente que él con las palabras. -Y mucho menos a tí, argentino de pacotilla-
-Cuando estés en el hospital, hablamos de quién le tuvo más miedo a quién- rugió Lionel. Dio un paso firme hacia él, los ojos brillándole con una furia incontrolable. No sabía que pasaba con él y el odio tan fugaz que estaba sintiendo por ese hombre que tenía frente a él. Era mortal.
El pasillo se quedó en silencio por un momento, apenas acompañado por el zumbido de una lámpara a punto de fundirse. Oribe se quedó quieto, mirando a Lionel con una mezcla de desprecio y odio. Su ego estaba siempre tan presente que sabía que ese tipo no podría contra él, o bueno, eso él creía. Tal vez no esperaba que lo enfrentara así. Tal vez no esperaba que alguien estuviera dispuesto a empujar la verdad hasta donde doliera.
-Tú sabes algo, Oribe. Algo más. Tú y tus amiguitos sabían lo que pasó esa noche. Alan no se fue, ni desapareció como por arte de magia. Y tú- señaló con el dedo firme -tú fuiste el último en estar con él- Y vaya que la psicología es grandiosa. Sin pensarlo, sin saberlo, sin estar avisados. Lionel estaba jugando con las piezas del tablero de manera estratégica. Estaba aplicando el Gaslighting (o luz de gas), algo que se provoca gracias a que la mente es muy moldeable, y cuando una se repite muchas mentiras o historias falsas, el cerebro puede construir una memoria falsa.
Oribe se puso tenso. Dejó de jugar con el encendedor y bajó la mirada, por un segundo. Fue apenas una fracción de duda, pero Lionel lo captó.
-¿Qué hiciste, Oribe? ¿Qué le hicieron?- insistió Lionel, dando un paso más, acortando la distancia.
-¡Cállate!- explotó Oribe, empujándolo. -No sabes nada. No estabas ahí, ¡no viste nada!-
Lionel retrocedió un par de pasos con una sonrisa de lado. Se acomodó con lentitud la camiseta y lo miró con desprecio. Su respiración era profunda y difícil de entender.
-¿Y tú sí? Porque parece que viste demasiado. O hiciste demasiado. Y ahora andas como si no pasara nada, jugando a acusar a quien se te cruza, golpeando a quien no puede defenderse- soltó sin algún miedo.
Oribe estaba rojo, como si cada palabra de Lionel lo empujara contra una pared invisible. Tragó saliva y alzó la mano, tal vez para soltar un golpe, pero se contuvo. Lionel no se movió. Estaba preparado ante cualquier mínimo movimiento de Oribe.
-¿Y sabes qué es lo peor de todo esto?- dijo Lionel, en voz baja pero firme -Que tú vas a caer primero. Porque los cobardes siempre caen antes que los monstruos-
Oribe dio un gruñido de impotencia, giró sobre sus talones y se fue por el pasillo a grandes zancadas. Lionel se quedó solo, respirando agitado, el corazón latía tan fuerte que parecía golpearle en las sienes. No era miedo lo que sentía. Era otra cosa, tal vez poder, tal vez adrenalina, algo parecido a una furia silenciosa. Tal vez a una desesperación inmortal sobre sus venas.
Cuando dio la vuelta, se encontró con alguien más. Andrés. Estaba ahí, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una mirada temblorosa y asombrada.
-No sabía que tenías ese tipo de agallas -comentó, acercándose.
-No sabía que vos eras el que protegía a Rafael- replicó Lionel, aún agitado.
-No lo protegía. Lo cuidaba– suspiró. –Y es orden de alguien- dijo Andrés con un tono extraño, cansado -Y no porque fuera débil... sino porque estaba atrapado con la peor gente que uno puede tener cerca-
-¿Guillermo, no?- preguntó Lionel de golpe.
Andrés miró al piso. -No lo entiendes aún... lo que ocurrió esa noche creo fue más grande de lo que parece-
-Entonces dímelo. Porque vos estabas ahí. Dime qué pasó, Andrés. ¿Qué carajo le pasó a Alan y a Cristal?-
–Lionel, estás perdido en la contienda–
Andrés se llevó la mano a la nuca, igual que la primera vez que leyó el cartel de Alan. Sus ojos estaban velados por la incertidumbre. –Yo ya no tengo ningún tipo de interacción con aquellos– evitaba decir los nombres.
Agregó con miedo. -Lo único que te puedo decir es que Alan estuvo jugando con fuego. Y alguien no tardó en darle su karma-
-¿Jugar con fuego? ¿De qué karma hablas, Andrés?-
Soltó un suspiró agotador. -De hacer cosas que ni siquiera ahora me atrevo a repetir en voz alta-
Lionel se quedó helado.
-¿Estás diciendo que Alan está... muerto?-
Andrés no respondió. Su silencio fue una condena en sí misma.
-¿Y Guillermo tuvo algo que ver?-
-Todos tuvimos algo que ver, Lionel. Pero sólo algunos van a pagar- Andrés le sostuvo la mirada un segundo más antes de alejarse, dejándolo solo en aquel pasillo que olía a polvo, culpa y silencio.
Estaba siendo un laberinto de respuestas. Todos decían mucho, pero a la vez nada. Todos sabían algo, pero dudaban de su juicio de aquel día. Son embargo, Lionel hizo un movimiento en jaquemate, Guillermo solo tenía que seguir moldeando hasta que Oribe perdiera la cordura. Y su corazón fuera algo más podrido entre los cementerios. Comida nueva para los insectos.
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𝐑𝐮𝐞𝐠𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐞𝐥𝐥𝐨𝐬
Fanfiction𝔈𝔫 𝔩𝔞 𝔟𝔲𝔩𝔩𝔦𝔠𝔦𝔬𝔰𝔞𝔰 𝔠𝔞𝔩𝔩𝔢𝔰 𝔡𝔢 𝔐é𝔵𝔦𝔠𝔬, 𝔯𝔢𝔠𝔬𝔯𝔯í𝔞𝔫 𝔭𝔞𝔫𝔠𝔞𝔯𝔱𝔞𝔰 𝔠𝔬𝔫 𝔲𝔫 𝔯𝔬𝔰𝔱𝔯𝔬 𝔱𝔢𝔪𝔦𝔡𝔬. 𝔘𝔫𝔞 𝔰𝔢𝔯𝔦𝔢 𝔡𝔢 𝔡𝔢𝔣𝔲𝔫𝔠𝔦𝔬𝔫𝔢𝔰 𝔥𝔞𝔟í𝔞𝔫 𝔰𝔦𝔡𝔬 𝔞𝔩𝔢𝔯𝔱𝔞 𝔯𝔬𝔧𝔞 𝔭𝔞𝔯𝔞 𝔩𝔞 𝔭𝔬𝔟...
