¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El martes por la noche programé la alarma para que sonara una hora antes de lo acostumbrado. Nuestro encuentro en la estación Price of Valor sería a las 7:30, cuestión que resultaba un fastidio, porque tendría que madrugar y mi humor era horrible. Para asumirlo, me dormí repitiendo que despertar temprano sería para una buena causa. Además, estaba ansioso por saber quién rayos ganaría la apuesta.
Soñaba con la película que Biyin y yo fuimos a ver al cine, cuando me sentí mecido por una fuerza ajena a mí. En el mundo de mi sueño, una voz distorsionada decía mi nombre... O así parecía, aunque no era parte del sueño. Abrí mis ojos algo descolocado del mundo real hasta que me hallé tendido en la cama, en mi habitación, rodeado de mis cosas y con la expresión desganada, tan característica del primogénito de los Buhajeruk.
Spreen se cruzó de brazos al verme despertar —en estado de shock— de mi letargo y alzó una ceja como si ante sus ojos estuviera un bicho raro y hórrido. Apenas lo vi en mi habitación, agarré la sábana y me cubrí el pecho, cuestión que resultó muy devastadora para alguien que llevaba un pijama que, prácticamente, le cubría hasta las orejas.
Lanzó un bufido displicente y negó con la cabeza.
—No estoy interesado en verte con un pijama tan ridículo, McFly. Créeme que es lo último que me gustaría ver.
—¿Dime qué haces aquí? —exigí saber.
—Vine a despertarte. Tu despertador sonó hace media hora.
Busqué la hora en mi celular. Eran las 6:35, lo que significaba que la alarma había sonado y un Juanito con ganas de seguir durmiendo lo detuvo para volver a sumirse en el mundo de los sueños.
Nuestros padres dormían. Todo estaba en completo silencio. La casa estaba muy oscura y afuera también. Me asomé por el pasillo detrás de Spreen; parecía la típica casa del terror que está en el parque de diversiones. Tragué saliva sintiendo un temor poco común, después de todo era mi casa, nada extraño pasaba, exceptuando a veces el comportamiento de mis padres; cuando les bajaba el «amor», se ponían muy empalagosos, cosa que pocos podían tener el «privilegio» de ver, hablando de manera inocente.
Bajé a la cocina y encendí el hervidor. Spreen había puesto cuatro rebanadas de pan de molde en el tostador y su té con leche ya estaba servido en la mesa redonda donde todos nos sentábamos a desayunar. Su pan tostado no tardó en estar listo, lo sacó rápido del horno y puso las rebanadas sobre la mesa. Alargué mi mano para sacar una, pero las tomó y las corrió lejos de mí para denegar mi acción.
—Estas son mías —advirtió—, tuesta las tuyas.
Me lo esperaba. Que Spreen se preocupara de mí en el desayuno sería una cosa demasiada fantasiosa, tanto como lo fue mi sueño, o digno de un milagro al que enmarcaría como las fotografías de mamá y lo tendría para toda la vida.
Blanqueé los ojos y busqué el pan de molde, saqué dos rebanadas y las metí en el horno. En unos minutos, ambos estábamos sentados en nuestros usuales puestos, desayunando.