CAPÍTULO VI

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Santiago tenía puesta una camisa blanca, su figura se recortaba a contraluz. Cada curva de su cuerpo estaba sugerida a través de los pliegues de la tela fina. Manuel lo observaba de frente. Entonces, comenzó a desvestirlo. Le quitó los lazos y desató los botones para dejar caer la prenda al suelo. La piel de Santiago era tersa pero no se detallaba del todo, como si lo observara a través de un lente empañado. Él mencionaba su nombre y Manuel proseguía a besarle.

Con las manos recorría su cuerpo, tocaba sus piernas, apretaba la carne de los muslos, la de los brazos. Era suave y cálida. Luego, Santiago se agachó para darle placer a Manuel que gemía y le agarraba el pelo o le empujaba suavemente la cabeza de adelante hacia atrás. Santiago también gemía y levantaba la vista para ver a su amante.

Sin embargo, unos momentos antes de acabar, Manuel despertó de su sueño. Se levantó agitado, excitado y, al mismo tiempo, conmocionado. Tocó su frente sudada y notó las sábanas húmedas. Por la ventana observó que aún no había amanecido. Ya no pudo volver a dormir, cada vez que cerraba los ojos veía a Santiago y el corazón se le aceleraba abruptamente.

Ese día se celebraría el baile de apertura de temporada. Había mucho que hacer y solo podía pensar en que vería a Santiago una vez más...

En la mansión de la familia Valiente se respiraban aires festivos. Julieta no se decidía si usaría el vestido rosado o el amarillo, mientras que María usaría uno blanco con lazos azules. Santiago, en cambio, se había recluido en su estudio y leía una edición muy cuidada de Tristán e Isolda.

─Deja de fingir que no te interesa la fiesta de esta noche ─María había ingresado sin avisar y le hablaba con un tono dulce, más agradable de lo habitual ─Si quieres, puedo maquillar un poco tu moretón ─Santiago aún tenía unas marcas medio verdes medio moradas por el golpe que había recibido de Miguel en la mejilla.

─No, gracias. Estaré listo a tiempo. No te preocupes ─Santiago casi no levantó la vista de su libro y pasó una página con cuidado mientras hablaba.

─Bien, te esperaremos en el carruaje ─María se alejó y cerró la puerta tras de sí.

La mansión de los Cabrera era un edificio de estilo colonial, un diseño de planta rectangular. Las ventanas eran simétricas, algunas tenían balcones de hierro forjado. Tenía tres grandes patios y amplias galerías. En medio del patio interior había un aljibe.

Frente a la entrada principal se encontraba una gran fuente circular. En el centro se alzaba una reproducción de Apolo y Daphne en bronce. El portón estaba tallado con una higuera de cada lado. Primaban los tonos ocres. Para la fiesta de esa noche, la servidumbre había encendido centenares de velas, por lo que el ambiente se sentía cálido.

Los carruajes se enfilaban hacia la entrada principal. Los caballos dejaban un rastro de excremento a lo largo del camino. Frente al portón, los cocheros se detenía y daban tiempo a que los pasajeros descendieran.

─Cuidado, Julieta, no vayas a pisar el cagadero de allí ─dijo Santiago mientras extendía la mano a sus hermanas y las ayudaba a bajar. Las señoritas debían sostenerse las faldas para no arrastrar consigo los desechos.

Dentro de la mansión se amontonaban las jovencitas por un lado y los caballeros por el otro. Las mujeres cuchicheaban y miraban de reojo a los varones. Se les sonrosaban las mejillas si alguno le devolvía la mirada o más aún si les sonreían. El aire estaba colmado de risitas sonsas y un aroma a lavanda embriagador.

María tomó el brazo de Julieta con fuerza y se le acercó al oído para decirle algo que Santiago no pudo escuchar. Santiago notó que un joven de cabello dorado miraba a Julieta y le sonreía. Pero luego se dirigía a sus compañeros con mirada maliciosa. Intentó no darle demasiada importancia ya que sabía lo que debían estar diciendo.

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